Ya
nunca se volvió a abrir aquella ventana.
La
reja, mandada a fabricar por Micaela, la hija de los propietarios de
la casa, tenía esas filigranas que la distinguían de la sobriedad
reinante en el pueblo. Esa fue siempre la ventana del Flequillo, así
la nombraba Joaquín, el pretendiente de Micaela: Esta noche, a
las diez, en el Flequillo. ¡No faltes! Desde aquel
momento, Micaela vivía el resto de los días pensando en que
llegarán las diez de la noche.
Ella,
tampoco faltaba nunca al Ángelus, algo que hacía por agradar a su
abuela, doña Purificación.
Y
después, y ya sin el crucifijo en las manos, se ahuecaba la media
melena y se iba a la librería de sus padres. El Último Siglo,
se podía leer en un letrero sobre la puerta de entrada.
Allí
estaba su padre, don Ernesto Pérez de los Olivares, de mediana edad,
siempre pareciendo mayor, con su traje oscuro, casi negro, el pelo
ensortijado y sin gomina, algo que no gustaba a las mujeres de la
familia, salvo a Micaela. Ella siempre decía que su padre tenia una
cabeza libre. Nunca supo la verdadera libertad de su cabeza, bueno lo
sabría años después, pero eso ya no es de esta historia.
Durante
tres largos años, la ventana del Flequillo, fue testigo del amor de
dos jóvenes. Hasta que un día, tras cerrar la puerta de la
librería, el alguacil apartó al padre de Micaela hacia un lado y le
contó… Aquella tarde, se cerró la casa y la librería y la
familia salió cuando la noche se había convertido en aliada. A las
diez, como era costumbre, la ventana del Flequillo no se abrió,
tampoco al día siguiente, ni al otro, ni en un mes, ni en años.
Cierto
día, cuando el pueblo andaba en fiestas, se volvió a abrir la
ventana del Flequillo y las gentes del pueblo chismorrearon: ¿Quien
habrá venido? ¿Serán de la familia? ¿Habrán
vendido el caserón?...
Solo
un hombre, ya rondando los cuarenta, se acercó frente a ventana, su
corazón acelerado parecía que le iba a romper los botones del
estrecho chaleco.
De
pronto, tras la reja, alguien estaba abriendo la vieja contraventana
de cuarterones de madera. Allí estaba Micaela, con su melena negra y
una camisa de satén, azul turquesa.
—Papá,
papá, que dice mi hermano que tenemos que ir Ferial, que allí nos
espera mamá y los abuelos —En ese momento, los recuerdos se
agolpaban en su cabeza y su hijo, el más pequeño, le tiro de la
chaqueta—. Papá, no nos oyes.
Micaela,
en la ventana, tan solo dijo: —Monsieur, soyez prudent...
Joaquín
cogió las manos de sus hijos y fue camino del ferial.
Aquella
noche solo se hablaba de que había vuelto Micaela, y sobre todo, que
vestía pantalones y le acompañaba un extranjero...
Ventanas
inspiradoras, vistas por la ruta.