miércoles, 25 de febrero de 2026

Pinceladas Mingorría #01

 



 

Durante meses —quizás más de un año— el viejo saco, ya desasido, ha permanecido en el mismo lugar, reafirmando su presencia.

La hierba, disciplinada, aún respeta sus contornos, como si reconociera en esa forma caída un territorio provisional. Sabe —porque la tierra siempre sabe— que llegará el momento en que lo absorberá sin violencia, convirtiéndolo en fértil cuna desde la que expandirse.

El objeto que perdió sus asas ha perdido también su función, pero no su sentido. En su quietud hay resistencia. En su desgaste, una forma distinta de permanencia.

Hoy el encuadre me robó la mirada.


miércoles, 11 de febrero de 2026

Cielos de Sayago

 


 

Nubes infladas, esponjosas, con mil matices de color inapreciables, logrando que unas ruinas cobren un protagonismo irrepetible en otros parajes.

Eugène Boudin, el pintor normando y conocido como El rey de los cielos, al ver aquel paisaje en Sayago, no hubiese dudado en sacar su caballete y pintar la comarca zamorana. Aquel día, su paleta de colores serían semejante a cuando pintaba los cielos de Normandía, su tierra.

lunes, 9 de febrero de 2026

La parra chivata

 

 


El verano está acabando, así nos lo chiva la parra que ya nadie guía; su crecimiento, en libertad, desafía a la ventana de esa habitación, que ya nadie abre. Parece que las retadoras ramas solo respetan una estrecha puerta; bien sabe la parra que el carro hace años que ni entra ni sale de la portalada.

Ha comenzado la tarde el vertiginoso descenso hacia la oscuridad de la noche y el frío se nota; ya agoniza agosto, aunque recostados en la pared de su casa, la pareja que la habita se siente protegida; aún les puede la pereza para entrar en la cocina.

Ella ha dejado la labor parada, como descansando la vista, pero mirando a quien la mira. Él cruza sus brazos como esperando a que el forastero se presente, que diga a quién conoce en este pueblo y a qué se dedica, que le da tanto dinero. Hasta cámara de retratar tiene colgada al cuello y seguro llegó en coche porque él sintió un motor hace una hora, más o menos. Allí se mantiene sentado, estirando sus piernas para dejar claro que esa, esa es su casa y si quiere, que se presente el forastero.

Las gallinas que presienten también la hora de recogida se acercan a Jacinta; bien saben ellas que ese mandil que gasta y que se lo recoge ella con maestría es el que guarda los granos que salen y que ellas esperan al acabar el día.

Y ¡qué listas son las gallinas! Cada una sabe en qué casa le darán el sustento y hasta algunas sobras.

Mira Jacinta de frente, pero desconfiada y esquiva, como queriendo pasar desapercibida, como siempre hizo, humilde sin nunca alzar la voz; su mayor maldad, amenazar a alguno de los cinco hijos con la alpargata, que no siempre se usaron zapatillas; algún pecado sí, pero poca cosa, aunque el cura la mandase rezar como si hubiese incumplido todos los mandamientos.

El forastero se va y ellos dos hablan, se preguntan, y Jacinta sentencia: ¿Cómo íbamos nosotros a preguntar a un señorito?

Porque durante siglos, durante años, el humilde no preguntaba, contestaba cuando le preguntaban. Ya estaban los señores para saber de todo, y los humildes para callar por todo. Así pensaba Jacinta, aunque sabía que su hombre era de trabajar mucho, sí, pero también de decir basta. Ella siempre le repetía: Lleva cuidado con lo que dices, que algún día no vuelves a hacer más “cuelgas” para los hijos.



Foto cedida por Benito Pellitero


Ventanas inspiradoras

 

 


Ya nunca se volvió a abrir aquella ventana.

La reja, mandada a fabricar por Micaela, la hija de los propietarios de la casa, tenía esas filigranas que la distinguían de la sobriedad reinante en el pueblo. Esa fue siempre la ventana del Flequillo, así la nombraba Joaquín, el pretendiente de Micaela: Esta noche, a las diez, en el Flequillo. ¡No faltes! Desde aquel momento, Micaela vivía el resto de los días pensando en que llegarán las diez de la noche.

Ella, tampoco faltaba nunca al Ángelus, algo que hacía por agradar a su abuela, doña Purificación.

Y después, y ya sin el crucifijo en las manos, se ahuecaba la media melena y se iba a la librería de sus padres. El Último Siglo, se podía leer en un letrero sobre la puerta de entrada.

Allí estaba su padre, don Ernesto Pérez de los Olivares, de mediana edad, siempre pareciendo mayor, con su traje oscuro, casi negro, el pelo ensortijado y sin gomina, algo que no gustaba a las mujeres de la familia, salvo a Micaela. Ella siempre decía que su padre tenia una cabeza libre. Nunca supo la verdadera libertad de su cabeza, bueno lo sabría años después, pero eso ya no es de esta historia.

Durante tres largos años, la ventana del Flequillo, fue testigo del amor de dos jóvenes. Hasta que un día, tras cerrar la puerta de la librería, el alguacil apartó al padre de Micaela hacia un lado y le contó… Aquella tarde, se cerró la casa y la librería y la familia salió cuando la noche se había convertido en aliada. A las diez, como era costumbre, la ventana del Flequillo no se abrió, tampoco al día siguiente, ni al otro, ni en un mes, ni en años.

Cierto día, cuando el pueblo andaba en fiestas, se volvió a abrir la ventana del Flequillo y las gentes del pueblo chismorrearon: ¿Quien habrá venido? ¿Serán de la familia? ¿Habrán vendido el caserón?...

Solo un hombre, ya rondando los cuarenta, se acercó frente a ventana, su corazón acelerado parecía que le iba a romper los botones del estrecho chaleco.

De pronto, tras la reja, alguien estaba abriendo la vieja contraventana de cuarterones de madera. Allí estaba Micaela, con su melena negra y una camisa de satén, azul turquesa.

—Papá, papá, que dice mi hermano que tenemos que ir Ferial, que allí nos espera mamá y los abuelos —En ese momento, los recuerdos se agolpaban en su cabeza y su hijo, el más pequeño, le tiro de la chaqueta—. Papá, no nos oyes.

Micaela, en la ventana, tan solo dijo: —Monsieur, soyez prudent...

Joaquín cogió las manos de sus hijos y fue camino del ferial.

Aquella noche solo se hablaba de que había vuelto Micaela, y sobre todo, que vestía pantalones y le acompañaba un extranjero...

Ventanas inspiradoras, vistas por la ruta.

La ventana de la slla azul

 




 

Fue ver la ventana y saber que iba a necesitar expresar aquello que me estaba susurrando desde lejos. Estaba convencida de que aquella ventana sería fuente de inspiración para decorar cualquier estancia en la celebración de la importada fiesta de Halloween.

Yo de niña era de escuchar o ver en fechas de difuntos a D. Juan Tenorio; recuerdo aquella célebre frase:

¡Cuál gritan esos malditos! Pero, ¡mal rayo me parta si en concluyendo esta carta no pagan caros sus gritos!

Por cierto, ese vividor llamado Juan Tenorio fijaba su interés en una nueva víctima. Esta vez, la apuesta es alta y la elegida es una joven y guapa novicia. Un hombre que cuando le preguntan cuántos días emplea para enamorar a las mujeres, contesta engreído: Uno para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas y una hora para olvidarlas. Anduvo Zorrilla fino a mediados del siglo XIX para reconvertir al mujeriego. La última apuesta le saldría cara, tanto que, al conquistar a quien iba para monja, la enamoró...

Lo cierto es que, aun pudiendo ser escenario de película, esa ventana tenía vida, me susurraba algunos secretos. Quien cerrara la casa por última vez dejó los visillos resguardando los secretos allí vividos. Como intentando que nadie pudiera ver lo que llevó a que fuese una casa vacía.

Yo me imaginé una casa donde hasta con el color de las sillas se comunicaba la alegría. A ellos, a los que allí vivían, seguramente, les gustaba acomodarse en lo que llamaban la salita. Una estancia con dos paredes cubiertas de estanterías llenas de libros. La puerta de entrada a esa estancia ocupaba, con sus dos hojas acristaladas, la mitad de una pared esmeradamente empapelada, como también lo estaba la pared donde se situaba la coqueta ventana, "su ventana". El serio caoba se dejaba para estancias de visitas.

Allí vivían ellos, una pareja con sus dos hijos, en una ciudad de provincias. A ella le gustaba sentarse junto a su ventana; allí pasaba horas haciendo labores de punto de cruz. La silla azul era algo más que su compañera; llegó a ser su confidente.

Se marcharon los hijos y, en la rutina de dos, descubrió que el amor también había abandonado aquella casa. A lo mejor hacía años que ya no existía, pero las obligaciones de madre no le dejaron tiempo para darse cuenta. Ahora, en la soledad de su silla azul, cuando en la casa por días solo estaba ella y su fiel ama de cría, supo que él abrazaba otros cuerpos, besaba otros labios; hacía meses que la había abandonado. Y dejó de sentarse en la silla azul, comenzó a sentir el vértigo del silencio y del abandono hasta que un día, limpiando aquella sala, sintió curiosidad por un libro. Se dejó caer sobre un sillón tapizado con una fuerte y colorida cretona y no pudo dejar de leer hasta que terminó. Su fiel ama vio cómo no atendió a la llamada del almuerzo; la cena tampoco la quiso. Cuando vio salir a su señora del salón, pensó que volvía a ser la de antes. La joven princesa que ella crió.

La silla azul volvió a ser su compañera, pero ahora de lecturas.

Y tras el cristal, al ver cómo las golondrinas ya revoloteaban, pensó que había llegado el día. Se marchaba al viaje soñado durante el mejor invierno de su vida.

Dejó la casa cerrada, los visillos corridos por si un día volvía. Su silla quedó junto a su ventana donde vivió años de una disimulada cárcel y meses de planear su verdadera aventura.



domingo, 8 de febrero de 2026

El verraco escondido

 


 

Allí estaba Arvi indicando a unos amigos dónde se encuentra un verraco algo disimulado.

¿Quién les iba a decir a los bravos vettones, aquellos que usaban las ya famosas facaltas, que uno de los símbolos de su cultura se iba a encontrar formando parte del muro de una ermita? Han pasado siglos, muchos desde la Edad del Hierro, que es donde se sitúa la cultura de Cogotas, y ahora vemos a ese verraco, allí en lo alto. Se le distinguen las orejas y, viéndole, una piensa: ¿de quién sería la idea de reutilizarle en la construcción de un muro?

Menos mal que no hubo ninguna construcción cerca de los famosísimos 4 Toros de Guisando. Bueno, un inciso, según se sabe, eran cinco las figuras zoomorfas. Allí junto a ellas se firmó el célebre Tratado de Guisando. ¿Os imagináis que hubiesen llegado allí, Enrique IV de Castilla por un lado, y de otro su hermana Isabel, que iba a ser proclamada Princesa de Asturias, y que los verracos no estuvieran? Que fueran parte de una fachada. Buena se hubiese liado si llegan los firmantes y no hay toros. Los partidarios de Isabel (la Católica) inculpando a los que querían como sucesora de Enrique IV a su propia hija, Juana de Trastámara, la que algunos llamaron Beltraneja:

Que si no queréis que se firme.

Que si vosotros habéis quitado los toros.

Que sí...

En fin. Si venís por Ávila, podéis buscar verracos formando parte del cubo de la mula, en el lienzo este de la muralla, y también en el palacio de los Verdugo, y en... A buscar verracos escondidos.




Cereal con encinas al fondo

 


 

Mirase acá o allá, se veían conjuntos de flores silvestres como si de buqués naturales se tratase. Y las mariposas, siempre tan inquietas, con prisa por vivir, iban y venían; imposible que quedasen dentro.
Los campos de cultivo comienzan a dibujar y pintar de verde el paisaje en Mingorría; comienzan a ser fuente de inspiración.

Seguramente, si Vincent van Gogh hubiese visitado estos campos de Mingorría, si hubiese visto al cereal mecido por el viento, lo hubiese inmortalizado en alguno de sus óleos.

El pintor comenzó a pintar a una edad avanzada, cuando ya tenía 27 años.

Desde ese momento, y durante 10 años, su obra se convirtió en su pasión; pintaba de forma convulsiva.

Algunos estudiosos de su obra cuentan que hubo etapas en que llegó a pintar dos obras por día.

El clima jamás le alejó de los paisajes; en ellos pintaba, desafiando al viento y plasmándole en sus obras con sus pinceladas yuxtapuestas. Esa forma de pintar impulsiva, y sin importarle las inclemencias meteorológicas, era algo que nunca entendió su amigo y gran pintor, Paul Gauguin, en la corta época en que compartieron vivienda. Etapa que coincidió con el momento en que Vincent se cortó la oreja.

Muchas de sus obras son hoy conocidas por el público. Es el caso de Los girasoles, El dormitorio de Arles, Retrato del doctor Gachet, La Noche estrellada; es esta última obra, de las más famosas. La pintó cuando ya se encontraba en un asilo de Saint-Rémy-de-Provence (Francia).

Allí murió pobre, habiendo vendido tan solo un cuadro de los 900 que pintó.

El gran artista que pintó "Campo de trigo con cipreses", si se hubiese paseado un día de primavera, camino de los Colmenares, hubiese plasmado la escena. Seguramente el título hubiese sido Cereal con encinas al fondo.

En ese óleo, el gran artista holandés hubiera plasmado el paisaje mingorriano como solo él sabía hacer, pintando el paisaje lleno de movimiento.






Buqué de flores naturales

 


 

Mirase acá o allá, se veían conjuntos de flores silvestres como si de buqués naturales se tratase. Y las mariposas, siempre tan inquietas, con prisa por vivir, iban y venían, imposible que quedasen dentro del encuadre.

Y ahora, cuando la lluvia va dejando de golpear los cristales, cuando el retumbo de un trueno solista va poniendo el punto final a una tarde de aguaceros, en ocasiones de auténticos baldazos, ahora vuelvo a tener ganas de ver el campo, empapado; pero no repetiré aquella frase de Rosalía de Castro: “Te odio, campo fresco…” Muy al contrario, pienso que hoy el paisaje debiera quedar inmortalizado. Ojalá fuese posible jugar con el tiempo, que llegase Claude Monet y lo pintara; eso sí, quizás las tonalidades rojas serían más… ¡Más amapolas! Cosas de sus cataratas. ¡Cosas de la edad!


El ventanunco

 


Y ese día me fijé en el ventano.

Allí debe estar desde hace años.

Junto a su lado he pasado muchas veces y, nunca, nunca me fijé en él.

Y ese día, le descubrí. Granito, escondiendo su belleza bajo un manto de cotidianidad.

Parada ante aquella piedra perfectamente agujereada, pensé: ¡Cuánto habrían dado en O Cebreiro para que ventanuco tan perfecto fuese parte de sus pallozas milenarias!



Caminatas de invierno

 

Hoy en mi caminata no hubo flores, tampoco insectos, ni variedad de árboles, solo algunas encinas y otra mariquita dormida para siempre entre sus jóvenes y punzantes hojas. Y me encontré frutos que se niegan a caer al suelo, aferrados ya sin color y arrugados a una rama que casi no sostiene su peso. Encontré cardos y algún despistado brote, también espinas y hierbas verdes.

Hoy el día estaba frío, muy frío, pero el paseo me brindó otra perspectiva y encontré, en lo menos propicio para ser considerado ni tan siquiera estético, algo que fotografiar, algo para recordarme el día más frío de este invierno.

Allí estaban las latas viejas y aplastadas; curiosamente, el óxido unificó el color de todas ellas. Han perdido su colorido, sus etiquetas y hasta sus formas, pero, si un día las tuviste entre las manos, las reconoces. Un spray mata insectos, una lata de sardinas, de anchoas, un bote de melocotón y quizás una lata de aceite ya casi desaparecida de tanto estar aplastada. Lo cierto es que ellas, las latas, siguen aquí, seguramente sobreviviendo a quien un día se deshizo de ellas.

Y hoy latas viejas, frutos muertos y remolones han puesto en mi caminata una variedad de fotografías para el recuerdo.



Realidad artística

 


 

Se dice que una obra de arte es el resultado de la imaginación del artista que la realiza, que es la plasmación de su idea. Además, el arte puede ser y es interpretado por público y crítica. Tanto es así que, hasta hace poco, un cuadro estuvo expuesto en las paredes de un museo al revés durante décadas. Me estoy refiriendo al cuadro pintado por Piet Mondrian, el que fue el padre del neoplasticismo. El cuadro tenía por título New York City I. Un cuadro de líneas geométricas de color, las señas de identidad del artista holandés.

Pues bien, como dije antes, durante décadas vio el cuadro al revés. Y durante TODO ese tiempo se escucharon y leyeron opiniones sobre el cuadro expuesto. Sobre su belleza, la idea que transmitía el artista, su geometría, su perfección… Fue durante una exposición itinerante en el Kunstsammlung de Düsseldorf, en Alemania, que la comisaria de la exposición se dio cuenta del error. El cuadro se había colgado boca abajo siempre; durante años y años se había interpretado la idea del artista completamente al revés. Todo lo dicho sobre la idea del artista quedaba en entredicho. Ese cuadro, con líneas de coloridas cintas adhesivas, es claro ejemplo de cómo muchos críticos de arte son capaces de buscar las palabras exactas para definir lo que solo ven ellos; nos cuentan lo que imaginan ellos. Por no hablar de ese público "experto" que digiere cualquier obra que se les presente, si tras ella existe una galería X, un interés ajeno al arte o publicidad pagada para crear opinión.

Ayer paseamos Arvi y yo y descubrimos arte. Bueno, Arvi no lo tenía tan claro; hasta se puso gafas para ver mi realidad artística. Mi mirada ayer veía arte en hierros oxidados, partes de un proyecto inacabado. Hierros pegados a la tierra, que han encontrado un fin, señalar la ermita.

Arte que, al ser creado hoy, bien podría pertenecer al dadaísmo, ese movimiento artístico nacido como repulsa a la Primera Guerra Mundial. Hoy también vivimos una escalada belicista que ya muchos adjetivan, abiertamente, como un acercamiento peligroso a una Guerra Fría.

Por cierto, Arvi, con su pose, tapó con una de sus orejas la ermita; fue casualidad. Lo digo así, entre amigos, no sea que venga un crítico de arte a buscar otra explicación a la posición de mi perra y de una de sus orejas.

Paseos de invierno en MIngorría

 


Paseos de invierno por Mingorría.

Hoy, como muchos días, salí a pasear, hoy salí a pensar y, sobre todo, pensarme.

Caminando y pensando, pensando mientras camino.

Mirando el sendero, fijándome en la cosecha que asoma, en el barbecho como herida en la tierra; siguiendo el vuelo de ese milano que hoy, con el viento, no volaba, planeaba.

Hoy me pensé en el presente y me pensé en el futuro, el más amable y el incierto.

Caminé esta mañana y pensé.

Hoy pensé y caminé y busqué un lugar donde descansar y descansé, descansé junto a una encina que me ofreció un repertorio increíble de matices.

Allí encontré el cascabullo solitario y aún sujeto a la rama, mirando con envidia a la bellota que aún se mantenía entera y sujeta.

Y encontré brotes y hasta una mariquita, si, si, allí estaba sujeta a una rama, durmiendo su vida acabada.

Y si salí a pensar y pensarme y a disfrutar de lo cotidiano entre viaje y viaje.


El momento de MIngorría

 

 


Y de pronto allí estaba el espectáculo. Era el momento mágico de los colores crepusculares.

Es esa una hora donde la poesía no necesita de fonemas, tan solo de siluetas tomando el control de la escena.

Allí quedaba dibujada la vieja ermita; parecía que jugueteaba con la luna convertida en cometa.

Lugares cercanos rubricando momentos únicos para ser guardados.


Camino de los Colmenares, Mingorría

 

 


Hoy el camino era una invitación constante a la parada. El propio sendero, remarcado por macizos vegetales, era en sí mismo hipnotizante.

Y me atrapó la imagen de la siembra, convertida en el marco perfecto para la solitaria amapola y donde el cielo azul reivindicaba su importancia. Reparé en la vaguada; me mantuvo quieta el encuadre, aquellas frágiles flores peleando el protagonismo a la fuerte encina. Como los insectos, también me sentí atraída por las pequeñas flores, por sus formas y colores.

Y acompañándome en el paseo, el silencio, convertido en pentagrama; sobre él se han escrito las notas de la primavera: zumbidos de abejas y abejorros, trinos de pequeños y ágiles pájaros, gorjeos de gorriones y algún chillido de rapaces; al fondo, ya cerca de los Colmenares, algunos mugidos y…

Mañanas para pensar y pensarme, para dar gracias.




Amapolas en Mingorría

 

 

 
Aquel día, en unos de mis paseos más cotidianos, me llamaron la atención unas amapolas, esas frágiles florecillas, inseparables de los campos cerealistas; parecían estar entablando batalla con un cielo de mirada torva.
Allí estaban ellas, las amapolas, agrupadas junto al camino, mecidas por un viento que quizás presagiaba agua, pero de momento las hamacaba.
Y allí estaba yo, quieta, mirando el paisaje e hipnotizada por el cielo.
 
No me extraña que el cielo sirva de inspiración, y si es un cielo como el que vi aquel día, seria obligado pintarle, que todo el mundo pudiera admirarle. Y pensé, ¿quién mejor para deslizar los pinceles por un lienzo pintando aquellas nubes que Boudin, “el rey delos cielos”? Segura estoy, que de haber pasado aquel día por ese camino, habría pintado ese paisaje, ese cielo.
 
Yo, aquella mañana paseando por los campos de Mingorría, tan solo pude fotografiar el momento. Un momento mágico, que me invito a pararme, a disfrutar de lo que me rodeaba, a sentirme muy, muy afortunada de poder sentir la luz y el movimiento. ¿Para que más?
Y de regreso a casa recordé a Delibes cuando decía que el cielo en Castilla es tan alto, porque lo miran mucho los castellanos. Aquel día, no hubiese escrito lo mismo, el cielo parecía muy bajo, demasiado bajo, presionando el cereal y los caminos secos

Lloran los pueblos el abandono

 

Cuando los días comienzan a menguar como si un aguacero los encogiera, es el momento en que llega el otoño. Lo hace agazapado, sorprendiendo. Pareciera que nos asalta, impetuoso, enérgico. Llega altivo, silbando, soplando. Sabedor de su fuerza, nos acorta los días.

Entonces, se cierran sombrillas y reaparece la suave manta como una aliada en momentos de lectura.

Las bicicletas guardan la felicidad del ayer. Cuando los nietos aún cubrían de alegría los pueblos.

Ahora, con el silencio adueñándose de las calles, con las casas cerradas hasta el próximo verano, ahora llega el momento de la nostalgia. Y reaparece hiriente.

Ya en septiembre, las lágrimas, guardadas en las despedidas, recorren libres sus caminos, se hunden en repliegues que atesoran vida. Lloran los abuelos las ausencias.

Lloran los pueblos el abandono.


Campos de Mingorróa

 

 

Campos de Castilla en descanso, esperando acoger semillas en sus entrañas.
Lomas luciendo como recién peinadas, ambientando caminos con olor a tierra meneada; removiendo recuerdos.

Cielos de Mingorría

 



Vuelvo, una vez más, a nombrar a Eugène Boudin, el rey de los cielos. ¿Cómo no hacerlo?

Hace apenas unos días, al regresar de un breve viaje, Mingorría me ofreció su regalo más puro: un paisaje detenido en la calma, un cielo tan increíblemente bello que parecía pintado por la mano misma de Boudin.

Y entonces pensé en el palomar del tío Alfredo, aquel personaje de El camino de Miguel Delibes, guardián de una vida sencilla y plena.

Como él, me descubrí respirando el pulso de la tierra, el rumor del viento entre los campos, la quietud de las horas que no apremian.

Y comprendí que también yo estaba ante un microcosmos: un pequeño universo donde —la luz, el silencio e incluso el viento— encontraban su exacta razón de ser en aquel instante mágico.

Buscando el enfoque

 

 


Al viajar, me gusta buscar ese enfoque que se convierta en símbolo del lugar vivido y visitado. Y en días como hoy, cuando el termómetro no sube de los -4 grados, esas fotos son ventanas al recuerdo. Fotos que me susurran el momento vivido y subrayan detalles. El cartel que informa del restaurante me hace intuir que el pueblo, aún pequeño, tiene visitantes. Y claro que tiene visitantes, miles al año. Es lo que tiene estar entre los más bonitos de Francia

Canalones ceñidos a tejados puntudos me chivan que llueve y el bosque, el que veo a lo lejos, me lo confirma. Y recuerdo la tarde que recorrimos el camino de Sirga, un sendero robado a la roca y paralelo al cauce del Lot. Las enredaderas se encargan de engalanar y cubrir fachadas; lo hacen con límites de tijeras podadoras. Vegetación convirtiendo altos muros de casas y tapias de jardines en cuadros murales. Si fuese moderna, diría que estoy ante un jardín vertical. Y las flores, es el símbolo que nos describe a vecinos cuidadosos del entorno y amantes del detalle. Y me viene a la cabeza Andrè Breton y otros artistas que allí tuvieron casa. Y también veo la rúbrica de pueblos franceses. El empedrado, las casonas y las estrechas calles me sitúan en la ambigua Edad Media. Y me martillea el apellido Cardaillac y su señorío. La soledad y el silencio que me arropan me hacen saber que elegí la mejor fecha para la visita; huyendo del calendario más saturado de turistas.

Hoy, con la leña calentando mi casa, cuando aún veo desde la ventana tejados vestidos de la blanca cencellada, he recordado los días pasados en Saint-Cirq-Lapopie. Así saben mejor los cafés de primera mañana.


El árbol caído

 

 


Al árbol caído, apartado en el camino, convertido en elemento, en desapercibido.

Alguna vez alguien, en su paseo, le recuerda grande y protector, el árbol perfecto para esconder el primer beso.

El viejo árbol se ha convertido en una silueta cotidiana; para la mayoría está olvidado.

Él, él no se resiste a ese olvido. Sigue siendo generoso.

En su silencio reivindica que un día fue pueblo.

Él dio sombra en tardes de procesiones.

Él, el viejo tronco, duerme y llora el olvido y, si alguien se para, le rodea; él brinda generoso una segunda mirada. El encuadre escondido

Los paisajes hablan

 

 

Los paisajes hablan; aquel día en la francesa Gruissan, atendí a su susurro.
Aquella mañana el agua transmitía calma y, entonces, me fijé en las flores, esas que celebran y recuerdan.
Pensé entonces en unos pinceles dibujando aquello que yo miraba; imaginé a Kandinsky, allí estaba el color amarillo, tal como él pensaba, empujando y expulsando a cualquier otro elemento que no aportara, que tan solo restara.
Y hoy, al volver a ver esa fotografía, cierro los ojos; los cierro fuertemente, deseando que existieran muchas flores amarillas para empujar hacía fuera tanto bulo y tanto odio.
Ana Pose.

viernes, 6 de febrero de 2026

Bebé elefante

 


Hoy, en uno de mis paseos habituales, iba pensando en el libro "Estudio sobre la ceguera" de José Saramago, su relevancia con todo lo que vivimos; y claro, lo leído volvió a resonar en mi cabeza, aquello que escribió Saramago, la importancia de nuestra propia mirada, de nuestra opinión.
Pero una cosa me llevó a otra y enseguida recordé otro de los libros del autor portugués, "El viaje del elefante".
Entonces, me desvié del camino habitual; quería volver a ver mejor al bebé elefante del berrocal cercano. Allí le encontré, a nuestro Salomón mingorriano, descolmillado y con su trompa baja, quizás también pensativo. Recordando quizás el viaje de aquel otro elefante que, en el siglo XVI, partió desde Portugal, junto con Subhren, su cuidador, camino de Viena. Y una cosa me llevó a otra, me situé otra vez en Austria, volví a sentirme en Demel, la pastelería vienesa, donde se comen las mejores tartas de chocolate...
Porque en esta vida, tal como se nos presenta el hoy, es bonito tener recuerdos, pero también saber vivir el presente. Adaptarse a lo que se puede disfrutar es pura vitamina para sonreír. Hoy tocaba pasear por caminos conocidos, pero no por ello menos inspiradores.

jueves, 5 de febrero de 2026

Dentelladas del tiempo

 Los días ventosos, en lo más alto del pueblo donde vivo, junto a su verraco —o marrano, según quién lo nombre—, se hace necesario esquivar al viento.
Hoy lo logré mirando hacia el castro.
Entonces me fijé en las dentelladas del tiempo: esas que muerden a víctimas inocentes y solitarias, como este acceso lateral de la ermita.
La madera comienza a descomponerse. Permanecen el tornillo y la tacha ornamental, ya sin cometido en la puerta.
Se yergue, orgullosa, la resquebrajadura que pronto será refugio de insectos y roedores.
Allí dejé la puerta, huérfana de un umbral que la proteja.

La reina doña Sancha de León y El Beato de Fernando I y doña Sancha

      La reina Sancha Alfónsez de León (1013–1067), conocida más como Sancha de León, fue fundadora de algunos monasterios, con ...