Fue ver la ventana y saber que iba a necesitar expresar aquello que me estaba susurrando desde lejos. Estaba convencida de que aquella ventana sería fuente de inspiración para decorar cualquier estancia en la celebración de la importada fiesta de Halloween.
Yo de niña era de escuchar o ver en fechas de difuntos a D. Juan Tenorio; recuerdo aquella célebre frase:
—¡Cuál gritan esos malditos! Pero, ¡mal rayo me parta si en concluyendo esta carta no pagan caros sus gritos!
Por cierto, ese vividor llamado Juan Tenorio fijaba su interés en una nueva víctima. Esta vez, la apuesta es alta y la elegida es una joven y guapa novicia. Un hombre que cuando le preguntan cuántos días emplea para enamorar a las mujeres, contesta engreído: Uno para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas y una hora para olvidarlas. Anduvo Zorrilla fino a mediados del siglo XIX para reconvertir al mujeriego. La última apuesta le saldría cara, tanto que, al conquistar a quien iba para monja, la enamoró...
Lo cierto es que, aun pudiendo ser escenario de película, esa ventana tenía vida, me susurraba algunos secretos. Quien cerrara la casa por última vez dejó los visillos resguardando los secretos allí vividos. Como intentando que nadie pudiera ver lo que llevó a que fuese una casa vacía.
Yo me imaginé una casa donde hasta con el color de las sillas se comunicaba la alegría. A ellos, a los que allí vivían, seguramente, les gustaba acomodarse en lo que llamaban la salita. Una estancia con dos paredes cubiertas de estanterías llenas de libros. La puerta de entrada a esa estancia ocupaba, con sus dos hojas acristaladas, la mitad de una pared esmeradamente empapelada, como también lo estaba la pared donde se situaba la coqueta ventana, "su ventana". El serio caoba se dejaba para estancias de visitas.
Allí vivían ellos, una pareja con sus dos hijos, en una ciudad de provincias. A ella le gustaba sentarse junto a su ventana; allí pasaba horas haciendo labores de punto de cruz. La silla azul era algo más que su compañera; llegó a ser su confidente.
Se marcharon los hijos y, en la rutina de dos, descubrió que el amor también había abandonado aquella casa. A lo mejor hacía años que ya no existía, pero las obligaciones de madre no le dejaron tiempo para darse cuenta. Ahora, en la soledad de su silla azul, cuando en la casa por días solo estaba ella y su fiel ama de cría, supo que él abrazaba otros cuerpos, besaba otros labios; hacía meses que la había abandonado. Y dejó de sentarse en la silla azul, comenzó a sentir el vértigo del silencio y del abandono hasta que un día, limpiando aquella sala, sintió curiosidad por un libro. Se dejó caer sobre un sillón tapizado con una fuerte y colorida cretona y no pudo dejar de leer hasta que terminó. Su fiel ama vio cómo no atendió a la llamada del almuerzo; la cena tampoco la quiso. Cuando vio salir a su señora del salón, pensó que volvía a ser la de antes. La joven princesa que ella crió.
La silla azul volvió a ser su compañera, pero ahora de lecturas.
Y tras el cristal, al ver cómo las golondrinas ya revoloteaban, pensó que había llegado el día. Se marchaba al viaje soñado durante el mejor invierno de su vida.
Dejó la casa cerrada, los visillos corridos por si un día volvía. Su silla quedó junto a su ventana donde vivió años de una disimulada cárcel y meses de planear su verdadera aventura.

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