Ángeles, entró en el centro comercial; lo hizo con la ilusión de quien por vez primera va a un estreno de teatro.
Todo
estaba iluminado; le había costado llegar, había perdido uno de los
autobuses que le acercaban hasta el centro de la ciudad, pero allí
estaba, dispuesta a cumplir el deseo de su única nieta.
Sobre
la acera, una alfombra roja, desgastada. La inmensa cristalera de
entrada la custodiaban dos enormes macetones; en cada uno de ellos, unas
pequeñas coníferas adornadas con lazos.
Ángeles,
de forma instintiva, tocó el bolso que llevaba colgado en bandolera,
comprobó, una vez más, que la apertura estaba hacia dentro. Al acercase a
la puerta, esta se abrió sola.
Dentro, la temperatura cambió drásticamente; desapareció el frío helador de esa tarde.
Las dependientas vestían sin chaqueta, solo con camisa; eso sí, bien metida por la cintura de las estrechas faldas.
Ángeles miró a uno y otro lado; eran muchas las luces, mucha la cantidad de carteles, mucha la oferta de regalo perfecto.
Sin
dudarlo, y como si ese fuese un lugar que ella recorriera a diario,
avanzó por el pasillo central, se acercó a las escaleras y, muy
decidida, subió el primer tramo. Luego de subir cuatro tramos más,
estaba en la sección que buscaba. Leyó:
Quinta planta, juguetería.
Se encontraba en el lugar perfecto. Casi no sentía la artrosis de sus rodillas.
Avanzó
y pasó por el primer pasillo. Las cajas de puzzles pareciera que eran
gremlins, gremlins desobedeciendo reglas, que hubiesen bebido agua por
la noche y se hubieran reproducido de forma incontrolada. Puzzles de 100
piezas, de 500, de 5000, de castillos, de playas, de coches,
infantiles, de adultos.
Pero no, allí no estaba el regalo que buscaba; aún tenía que seguir un poco más.
Llegó
donde las estanterías estaban llenas de juegos educativos, de juegos de
mesa, de magia y, justo enfrente, el pasillo que buscaba.
Sacó
del bolsillo de su abrigo, el abrigo de paño que estaba guardado para
las ocasiones especiales; esta lo era, un papel donde alguien había
escrito con letras muy grandes y casi ilegibles: “Muñeco reborn y
carrito”.
Se alzó, se agachó, miró detenidamente
los letreros de las cajas que contenían muñecos y ¡nada! No leía en
ninguna que pusiera lo que buscaba. Con cierto apuro, preguntó a una de
las trabajadoras del establecimiento.
—¡Por favor!
Señorita. ¿Podría ayudarme? Estoy buscando esta muñeca —mientras lo
decía, le enseñó el papel—. No la encuentro. Es para mi nieta. ¿Sabe? Le
hace mucha ilusión.
—Vamos, señora, acompáñeme; acompáñeme a encontrar esa muñeca.
Ambas
caminaron entre peluches; muñecas vestidas de bebé; muñecas delgadas
con vestido de última moda; muñecas de trapo y, ¡allí estaban ellas! Las
muñecas reborn, ocupando un lugar casi privilegiado.
—Señora, estas son las muñecas que busca; como verá, son como bebés de verdad.
—¡Válgame
el Señor! Pero, si es verdad, son como niños recién nacidos. ¡Son muy
feas! Pero, en fin, si esto es lo que quiere mi nieta.
—¿Quiere que le baje alguna en concreto? Así se hace mejor a la idea.
—No. Entre usted y yo, son todas iguales. La que usted crea que le puede gustar. ¡Total! Ninguna es bonita.
Ambas
mujeres comenzaron a reírse; la dependienta vio cómo Ángeles sentía que
cumplía con el deseo de su nieta y se dispuso a bajar la que para ella
era la mejor relación calidad-precio.
—Mire, yo creo que esta muñeca es perfecta. ¿Le gusta?
—Sí,
señorita, me parece bien, pero, gustarme, no. Me gustan más aquellas.
Mientras lo decía, señalaba unas muñecas con vestidos de colores, con
trenzas, con tirabuzones.
—¿Y por qué no lleva usted alguna de esas muñecas? Al fin y al cabo es su regalo.
—No, hija, mi hijo me ha dicho que es esto lo que quiere mi nieta.
Así
fue como Ángeles se decantó por "el bebé" que le había bajado la
dependienta. Al escuchar el precio, casi tuvo que contener la
respiración; no entraba en sus planes que un muñeco costase más de la
mitad de su pequeña pensión de viudedad. Aun así, no lo pensó y la
compró. Acababa de cobrar "La extraordinaria". Eso sí, para comprar el
carro no le llegaba. Tenía que apartar dinero para pagar "los muertos" y
un pequeño seguro de la casa.
Según envolvía el
paquete la dependienta, Ángeles recordó los reyes de su infancia, la
mandarina, algunas castañas. Y, un año hasta una muñeca de trapo; la
hizo su madre con la tela que le sobró de hacer un vestido.
La
mujer recorrió el camino inverso y bajó las escaleras mecánicas, buscó
la salida y caminó entre pasillos con estuches de colonia y cremas,
bolsos muy caros y joyas...
Avanzaba poco a poco;
los espacios, junto a los mostradores, comenzaban a estar muy llenos de
gente; casi no podía abrirse paso con la gran bolsa de la muñeca.
Salió
a la acera; la noche había ganado el pulso y la calle estaba
completamente engalanada de luces. Mientras caminaba, llegó hasta la
fachada de una famosa cafetería. Recordó cómo en ella merendaban ella y
sus amigas cuando, alguna vez, se llegaban al centro de Madrid. Pensó
en entrar; por unos instantes lo dudó; al final siguió camino; total, se
ahorraría un dinero. ¡Falta le iba a hacer apretarse el cinturón!
Era
viernes, sonó el teléfono. Ángeles no tuvo que levantarse del sillón;
en la mesa camilla tenía siempre el teléfono; siempre esperaba una
llamada. Mientras hablaba con su hijo, bajó el volumen de la televisión,
su única compañía en las largas tardes de invierno, se recostó para lo
que ella creía que iba a ser una charla, pero no, su hijo solo alcanzó a
decir:
—Mañana te recojo a las seis de la tarde.
¡Por favor! No me hagas esperar. Y, madre, acuérdese del regalo de
Andrea. Quiero tener una Nochebuena tranquila.
Ángeles
asintió. Al colgar, levantó las faldas de la mesa camilla y sintió en
su cara el calor que desprendía aquel brasero eléctrico.
Ya
de noche, la pereza ganó el pulso al hambre, al frío que sentía al ir a
la cocina. Toda la casa estaba helada, salvo ese pequeño cuarto. El
jornal, como ella llamaba a su pensión, no alcanzaba para muchos lujos.
Solo podía encender aquel pequeño brasero unas pocas horas por la tarde.
Y si hacía mucho, mucho frío, algún día cuando comía.
Al
día siguiente, ella estuvo preparada a la hora pactada, incluso se
había puesto el abrigo; esa tarde, como no iba a estar en casa, no había
encendido el brasero y no sobraba la prenda. ¡La casa estaba helada!
Cerca
de las siete de la tarde, sonó el timbre del portero automático.
Escuchó a su hijo; le recriminaba que no estuviera esperando ya en la
acera.
—¡Madre, con lo tarde que es y aún no está preparada! Mire que se lo dije.
Ángeles,
perdonó el retraso de una hora y bajó con la ilusión de vivir una
Nochebuena en familia. Sin ganas de quitar la razón a su hijo, se montó
en el coche y colocó la caja de la muñeca junto a ella. Según avanzaba
el coche, ella la acariciaba y pensaba que ella sí estuvo puntual a la
hora pactada.
La cena transcurrió como todas las
cenas en estas fechas Llegó la hora más deseada por Ángeles; quería ver
la cara de su nieta al ver la muñeca.
Andrea comenzó a abrir cajas; algunas eran de sus abuelos maternos que no vivían en la ciudad. Tocó el turno de la suya.
La
niña, nerviosa y con gestos decididos, quitó el papel de regalo, abrió
la caja y allí estaba, la muñeca con cara de recién nacido.
Por un momento, solo alcanzó a dar gritos de alegría. En seguida fue a dar un fuerte abrazo a Ángeles y le preguntó.
—Abuela,
¿Y el carrito? ¿Me habrás comprado el carrito? ¿Cómo quieres que lleve a
la muñeca sin carrito? ¡Díselo a tu mamá! Dile que necesito el carrito.
¿Para qué quiero un bebé sin carrito?
Por un momento, Ángeles no supo qué decir, miró a su hijo y este le dijo.
—Madre, ¿no nos digas que no has comprado el carrito? Te lo dije, que tuviéramos una noche tranquila.
Mientras,
Ángeles sentía cómo sus ojos se llenaban de lágrimas; vio cómo su nieta
tiraba la muñeca y seguía abriendo cajas y más cajas.
Su hijo, su nuera, no dijeron nada más. Solo le dieron una caja en la que ponía: Abuela.
Ángeles
la abrió con gesto de sorpresa, aun sabiendo lo que en ella se
escondía; como cada año, eran el mismo modelo de zapatillas de andar por
casa.
Al poco, su hijo le dijo que estaría cansada, que sería hora de llevarla a casa; Ángeles aceptó y se despidió.
El día de Navidad, alguien llamó a su puerta; como cada año llamaban las nietas de su vecina, querían felicitarla las Pascuas.
—Ángeles, que nos ha dicho mi abuela que hoy come con nosotros. ¡Comemos en familia!
—Vuestra abuela, que tiene ganas de cargar conmigo. Pero, antes, mirar lo que dejó Papá Noel anoche en casa.
Las
nietas de su vecina abrieron los pequeños paquetes; lo hicieron con
gestos de ilusión. En uno había un pintalabios; en el de la otra
hermana, un esmalte de uñas. Las dos la abrazaron y le dieron mil y un
besos de agradecimiento.
Desde siempre había habido en ambas casas un regalo para los niños de la vecina.
—¿Y a usted, señora Ángeles, qué le trajo Papá Noel?
—A
mí, me ha traído la amistad que, a veces, es más importante que la
familia. Bueno, y unas zapatillas para estar por casa calentita.
Ángeles,
después de comer con su vecina de toda la vida, abrió el regalo que
allí le esperaba. Era una foto enmarcada de ambas amigas, merendando en
una cafetería una tarde de Navidad, cuando juntas compraban regalos.
Cuando sabían que los regalos se abrirían con cariño, sin reproches ni
exigencias.
Ambas amigas se miraron y solo alcanzaron a decirse: GRACIAS.
En otra casa, la de su hijo, la discusión subía de volumen.
—¿Cómo
que no está tu madre en su casa? ¿Y cómo vamos a ir a la comida? Pero,
¿tú no le dijiste que tenia que quedarse con Andrea?
—Supongo
que se lo dije, pero, como no me hacías más que señas para que la
llevase a su casa, ahora no lo recuerdo. Volveré a llamar…
Ana Pose
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