domingo, 21 de diciembre de 2025

La abuela Ángeles

 

Ángeles, entró en el centro comercial; lo hizo con la ilusión de quien por vez primera va a un estreno de teatro.
Todo estaba iluminado; le había costado llegar, había perdido uno de los autobuses que le acercaban hasta el centro de la ciudad, pero allí estaba, dispuesta a cumplir el deseo de su única nieta.
Sobre la acera, una alfombra roja, desgastada. La inmensa cristalera de entrada la custodiaban dos enormes macetones; en cada uno de ellos, unas pequeñas coníferas adornadas con lazos.
Ángeles, de forma instintiva, tocó el bolso que llevaba colgado en bandolera, comprobó, una vez más, que la apertura estaba hacia dentro. Al acercase a la puerta, esta se abrió sola.
Dentro, la temperatura cambió drásticamente; desapareció el frío helador de esa tarde.
Las dependientas vestían sin chaqueta, solo con camisa; eso sí, bien metida por la cintura de las estrechas faldas.
Ángeles miró a uno y otro lado; eran muchas las luces, mucha la cantidad de carteles, mucha la oferta de regalo perfecto.
Sin dudarlo, y como si ese fuese un lugar que ella recorriera a diario, avanzó por el pasillo central, se acercó a las escaleras y, muy decidida, subió el primer tramo. Luego de subir cuatro tramos más, estaba en la sección que buscaba. Leyó:
Quinta planta, juguetería.
Se encontraba en el lugar perfecto. Casi no sentía la artrosis de sus rodillas.
Avanzó y pasó por el primer pasillo. Las cajas de puzzles pareciera que eran gremlins, gremlins desobedeciendo reglas, que hubiesen bebido agua por la noche y se hubieran reproducido de forma incontrolada. Puzzles de 100 piezas, de 500, de 5000, de castillos, de playas, de coches, infantiles, de adultos.
Pero no, allí no estaba el regalo que buscaba; aún tenía que seguir un poco más.
Llegó donde las estanterías estaban llenas de juegos educativos, de juegos de mesa, de magia y, justo enfrente, el pasillo que buscaba.
Sacó del bolsillo de su abrigo, el abrigo de paño que estaba guardado para las ocasiones especiales; esta lo era, un papel donde alguien había escrito con letras muy grandes y casi ilegibles: “Muñeco reborn y carrito”.
Se alzó, se agachó, miró detenidamente los letreros de las cajas que contenían muñecos y ¡nada! No leía en ninguna que pusiera lo que buscaba. Con cierto apuro, preguntó a una de las trabajadoras del establecimiento.
—¡Por favor! Señorita. ¿Podría ayudarme? Estoy buscando esta muñeca —mientras lo decía, le enseñó el papel—. No la encuentro. Es para mi nieta. ¿Sabe? Le hace mucha ilusión.
—Vamos, señora, acompáñeme; acompáñeme a encontrar esa muñeca.
Ambas caminaron entre peluches; muñecas vestidas de bebé; muñecas delgadas con vestido de última moda; muñecas de trapo y, ¡allí estaban ellas! Las muñecas reborn, ocupando un lugar casi privilegiado.
—Señora, estas son las muñecas que busca; como verá, son como bebés de verdad.
—¡Válgame el Señor! Pero, si es verdad, son como niños recién nacidos. ¡Son muy feas! Pero, en fin, si esto es lo que quiere mi nieta.
—¿Quiere que le baje alguna en concreto? Así se hace mejor a la idea.
—No. Entre usted y yo, son todas iguales. La que usted crea que le puede gustar. ¡Total! Ninguna es bonita.
Ambas mujeres comenzaron a reírse; la dependienta vio cómo Ángeles sentía que cumplía con el deseo de su nieta y se dispuso a bajar la que para ella era la mejor relación calidad-precio.
—Mire, yo creo que esta muñeca es perfecta. ¿Le gusta?
—Sí, señorita, me parece bien, pero, gustarme, no. Me gustan más aquellas. Mientras lo decía, señalaba unas muñecas con vestidos de colores, con trenzas, con tirabuzones.
—¿Y por qué no lleva usted alguna de esas muñecas? Al fin y al cabo es su regalo.
—No, hija, mi hijo me ha dicho que es esto lo que quiere mi nieta.
Así fue como Ángeles se decantó por "el bebé" que le había bajado la dependienta. Al escuchar el precio, casi tuvo que contener la respiración; no entraba en sus planes que un muñeco costase más de la mitad de su pequeña pensión de viudedad. Aun así, no lo pensó y la compró.  Acababa de cobrar "La extraordinaria". Eso sí, para comprar el carro no le llegaba. Tenía que apartar dinero para pagar "los muertos" y un pequeño seguro de la casa.
Según envolvía el paquete la dependienta, Ángeles recordó los reyes de su infancia, la mandarina, algunas castañas. Y, un año hasta una muñeca de trapo; la hizo su madre con la tela que le sobró de hacer un vestido.
La mujer recorrió el camino inverso y bajó las escaleras mecánicas, buscó la salida y caminó entre pasillos con estuches de colonia y cremas, bolsos muy caros y joyas...
Avanzaba poco a poco; los espacios, junto a los mostradores, comenzaban a estar muy llenos de gente; casi no podía abrirse paso con la gran bolsa de la muñeca.
Salió a la acera; la noche había ganado el pulso y la calle estaba completamente engalanada de luces. Mientras caminaba, llegó hasta la fachada de una famosa cafetería. Recordó cómo en ella merendaban ella y sus amigas cuando, alguna vez, se llegaban al centro de Madrid.  Pensó en entrar; por unos instantes lo dudó; al final siguió camino; total, se ahorraría un dinero. ¡Falta le iba a hacer apretarse el cinturón!
Era viernes, sonó el teléfono.  Ángeles no tuvo que levantarse del sillón; en la mesa camilla tenía siempre el teléfono; siempre esperaba una llamada. Mientras hablaba con su hijo, bajó el volumen de la televisión, su única compañía en las largas tardes de invierno, se recostó para lo que ella creía que iba a ser una charla, pero no, su hijo solo alcanzó a decir:
—Mañana te recojo a las seis de la tarde. ¡Por favor! No me hagas esperar. Y, madre, acuérdese del regalo de Andrea. Quiero tener una Nochebuena tranquila.
Ángeles asintió. Al colgar, levantó las faldas de la mesa camilla y sintió en su cara el calor que desprendía aquel brasero eléctrico.
Ya de noche, la pereza ganó el pulso al hambre, al frío que sentía al ir a la cocina.  Toda la casa estaba helada, salvo ese pequeño cuarto. El jornal, como ella llamaba a su pensión, no alcanzaba para muchos lujos. Solo podía encender aquel pequeño brasero unas pocas horas por la tarde. Y si hacía mucho, mucho frío, algún día cuando comía.
Al día siguiente, ella estuvo preparada a la hora pactada, incluso se había puesto el abrigo; esa tarde, como no iba a estar en casa, no había encendido el brasero y no sobraba la prenda. ¡La casa estaba helada!
Cerca de las siete de la tarde, sonó el timbre del portero automático. Escuchó a su hijo; le recriminaba que no estuviera esperando ya en la acera.
—¡Madre, con lo tarde que es y aún no está preparada! Mire que se lo dije.
Ángeles, perdonó el retraso de una hora y bajó con la ilusión de vivir una Nochebuena en familia. Sin ganas de quitar la razón a su hijo, se montó en el coche y colocó la caja de la muñeca junto a ella. Según avanzaba el coche, ella la acariciaba y pensaba que ella sí estuvo puntual a la hora pactada.
La cena transcurrió como todas las cenas en estas fechas Llegó la hora más deseada por Ángeles; quería ver la cara de su nieta al ver la muñeca.
Andrea comenzó a abrir cajas; algunas eran de sus abuelos maternos que no vivían en la ciudad. Tocó el turno de la suya.
La niña, nerviosa y con gestos decididos, quitó el papel de regalo, abrió la caja y allí estaba, la muñeca con cara de recién nacido.
Por un momento, solo alcanzó a dar gritos de alegría.  En seguida fue a dar un fuerte abrazo a Ángeles y le preguntó.
—Abuela, ¿Y el carrito? ¿Me habrás comprado el carrito? ¿Cómo quieres que lleve a la muñeca sin carrito? ¡Díselo a tu mamá! Dile que necesito el carrito. ¿Para qué quiero un bebé sin carrito?
Por un momento, Ángeles no supo qué decir, miró a su hijo y este le dijo.
—Madre, ¿no nos digas que no has comprado el carrito? Te lo dije, que tuviéramos una noche tranquila.
Mientras, Ángeles sentía cómo sus ojos se llenaban de lágrimas; vio cómo su nieta tiraba la muñeca y seguía abriendo cajas y más cajas.
Su hijo, su nuera, no dijeron nada más. Solo le dieron una caja en la que ponía: Abuela.
Ángeles la abrió con gesto de sorpresa, aun sabiendo lo que en ella se escondía; como cada año, eran el mismo modelo de zapatillas de andar por casa.
Al poco, su hijo le dijo que estaría cansada, que sería hora de llevarla a casa; Ángeles aceptó y se despidió.
El día de Navidad, alguien llamó a su puerta; como cada año llamaban las nietas de su vecina, querían felicitarla las Pascuas.
—Ángeles, que nos ha dicho mi abuela que hoy come con nosotros. ¡Comemos en familia!
—Vuestra abuela, que tiene ganas de cargar conmigo. Pero, antes, mirar lo que dejó Papá Noel anoche en casa.
Las nietas de su vecina abrieron los pequeños paquetes; lo hicieron con gestos de ilusión. En uno había un pintalabios; en el de la otra hermana, un esmalte de uñas. Las dos la abrazaron y le dieron mil y un besos de agradecimiento.
Desde siempre había habido en ambas casas un regalo para los niños de la vecina.
—¿Y a usted, señora Ángeles, qué le trajo Papá Noel?
—A mí, me ha traído la amistad que, a veces, es más importante que la familia.  Bueno, y unas zapatillas para estar por casa calentita.
Ángeles, después de comer con su vecina de toda la vida, abrió el regalo que allí le esperaba. Era una foto enmarcada de ambas amigas, merendando en una cafetería una tarde de Navidad, cuando juntas compraban regalos. Cuando sabían que los regalos se abrirían con cariño, sin reproches ni exigencias.
Ambas amigas se miraron y solo alcanzaron a decirse: GRACIAS.
 
En otra casa, la de su hijo, la discusión subía de volumen.
—¿Cómo que no está tu madre en su casa? ¿Y cómo vamos a ir a la comida? Pero, ¿tú no le dijiste que tenia que quedarse con Andrea?
—Supongo que se lo dije, pero, como no me hacías más que señas para que la llevase a su casa, ahora no lo recuerdo. Volveré a llamar…
Ana Pose

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