domingo, 25 de enero de 2026

La frase del abuelo


Y allí estaba Obdulia, sentada en el costado de la iglesia, donde el viento ya no era invencible. Su cuerpo era corpulento; de la edad, no sé muy bien qué decir. Bien pudiera ser una mujer que se conservase maravillosamente, pero también una mujer más joven y muy castigada por el paso del tiempo. Por mi parte, caminé despacio, tanto que aún no estaba en el foco de atención de aquella mujer. De repente, mi sombra advirtió de mi presencia. Aquella mujer me miró, quizás buscando un saludo; yo, al menos eso entendí. Enseguida me excusé por haberla interrumpido. Su respuesta fue escueta, tan solo dijo: ¡Quia!, nadie interrumpe a quien nada hace. Después, sin perderme de vista, sacó de la manga izquierda de su jersey jaspeado un pañuelo, de tela, eso sí; después se sonó la nariz, mientras su mirada se mantenía fija en mi persona; finalmente, con un gesto como de prestidigitación, cambió el pañuelo de mano y, tras engurruñar aquel trozo de tela, hasta parecer una pequeña pelota, volvió a colocarlo dentro de la manga de su jersey; eso sí, se aseguró de que se sujetase bien con el elástico.

¿Qué de paso por el pueblo? —La pregunta de Obdulia me resultó la invitación perfecta para charlar con ella. Le conté que andaba viajando y, sobre todo, que me había llevado hasta su pequeño pueblo. Claro que antes me presenté y, tras un inicial intercambio de frases, donde yo aún me mantenía en pie, aquella mujer hizo el gesto de golpear el banco de piedra, orillado en la fachada más cálida de la iglesia, invitándome a sentarme junto a ella. Hoy tengo la sensación de que estuvimos horas allí sentadas.

Comenzó a contarme, a grandes rasgos, su vida; en principio muy parecida a la vida otras muchas de mujeres de su edad, porque sí, era una mujer entrada en años, pero su aspecto y constitución robusta le hacían parecer más joven.

Ella marchó del pueblo siendo aun una adolescente. Su destino, servir a unos señoritos del pueblo cabeza de partido. Allí estuvo por cinco años, en lo que ella llamó su cárcel. Compartía no solo habitación, también cama, con otra de las sirvientas; Dolores, me dijo que se llamaba. Después, su relato me pareció tan cruel que aun hoy, cuando me he decidido a describir aquel encuentro, me sigue hiriendo el recuerdo de lo escuchado:

En aquella casa, el día comenzaba para nosotras, para las sirvientas, a las cinco de la mañana. A esa hora, teníamos que encender la bilbaina; como yo era más fuerte que Dolores, era la encargada de llegarme hasta la carbonera y cargar con los dos primeros cubos de carbón. Mientras aquella cocina cogía temperatura, las dos encendíamos una, la estufa de la salita, y otra, la chimenea del salón. Después, y con nuestros raídos abrigos rendidos al frío de la madrugada, íbamos, una vez una y otra vez otra, a casa de Paco el lechero; a esa hora ya nos tenía guardados tres litros de leche para los desayunos y las meriendas. Ya de vuelta, siempre se coincidía con Petra; ella era la cocinera de la casa. Como estaba casada y tenía hijos, dos varones y una jovencita, iba a dormir a su casa. Y nunca mejor dicho lo de dormir; ella entraba al alba en aquella casa y no se iba hasta bien entrada la noche. Los señoritos siempre podían pedir un café a deshoras, un caldo para templar, que solía decir la señora, sentada frente a la chimenea por horas. 

Una vez cada diez o quince días, bien un hermano de Dolores, bien mi padre, nos traían algo de matanza, poco, pero lo estirábamos; también nos traían algún queso, que teníamos que esconder fuera de la casa. Porque un día, la señora de la casa entró en nuestra habitación y nos acusó de haber robado el queso que teníamos guardado. De nada sirvieron las explicaciones; aquel día nos abofeteó la cara y nos amenazó con denunciarnos al cuartelillo. Cuando había sido ella quien nos arrebató nuestra comida. En aquella casa, tan solo podíamos comer las sobras, pero nunca sobraba carne, ni pringada, si acaso algo de caldo al que no le quedaban ni una sola judia, tampoco un mísero garbanzo. Al menos teníamos el pan duro que íbamos guardando en una vieja lata. También nos bebíamos algún huevo que nos regalaba el lechero, de sus gallinas. Pero estábamos bien avisadas; mejor tomarlos antes de llegar a la casa de los señoritos.

Después de los años, salí de esa casa y me marché a Madrid, fui a vivir con unos tíos. Allí me casé con Jacinto; era albañil, muy bueno; hasta trabajó en la construcción de los Nuevos Ministerios; pero un día todo cambió, se cayó de un andamio, en un bloque de pisos en el que trabajaba, a las afueras de la capital, por la carretera de Valencia. Y ni pensión me quedó; resulta que su patrón no había cotizado por él en doce años. Y tuve que abandonar mi casa, alquilar una habitación en una pensión y ponerme a fregar escaleras y portales. Un día, cuando ya había encontrado un trabajo decente, era en un banco, pensé que podría volver a tener mi propia casa y sonreír, como lo hacía cuando estuve casada y arreglaba nuestro humilde piso, pero no fue así.

Una tarde, cuando estaba limpiando aquella oficina del banco, el encargado me llamó a su despacho; antes me había fijado en que había cerrado las puertas de la calle y bajado el cierre, pero claro, no le di importancia, era ya tarde y se acababa de ir el director. Entré en aquel despacho pensando que algo no estaba bien y que lo mismo me iba a despedir, pero no. Me invitó a sentarme, me ofreció hasta un café de aquella Melita naranja que tantos días yo limpiaba y cambiaba el filtro. Para no hacerlo largo, se insinuó; yo estaba atónita, le pedí permiso para marcharme y amablemente me abrió la puerta. Pasaron los días y, al final de la jornada, se repetía la invitación para que me sentara en aquella mesa frente a él para tomar café y hablar, solo hablar. Fue el viernes de la segunda semana cuando aquel hombre no parecía el mismo; sus cariñosas palabras habían desaparecido de su boca, su compostura de días anteriores se había convertido en casi un acoso. Aquella tarde no me invitó a sentarme; al llamarme para que entrase, me estaba esperando junto a la puerta. En ese momento, noté un azote en mi trasero. Mi respuesta fue inmediata; le pregunté qué pretendía. Su respuesta fue tajante: COBRARME.

¿Cobrarse qué? Esa fue mi inocente pregunta. Tan solo respondió: “Tan solo quiero cobrarme por haberte hecho sentir una mujer de verdad y no una triste fregona durante estos días.

Por un momento, mi mente voló a mi infancia. Aquel hombre me rompió la camisa y tan solo dijo: "Veo que no dices nada, eso está bien, se nota que estás de acuerdo". Pero, ¿qué iba a decir yo? Se me había inundado hasta la garganta de las lágrimas que no salían de mis ojos, pero me ahogaban por dentro. Estaba recordando el consejo de mi abuelo: “A los poderosos les gusta vernos llorar y suplicar, es su combustible para sentirse más importantes”.

Cuando todo hubo acabado, salí del banco sin saber qué hacer; tan solo necesitaba el abrazo de alguien, alguna persona que comprendiera el desgarro que en esos momentos sentía.

Llegué a la pensión, me lave y recogí mis cosas y, sin ni siquiera cenar, fui directa a la estación de autobuses; allí estuve por horas hasta que a las siete de la mañana cogí el autocar que me regresó a mi pueblo. Y desde entonces aquí estoy.

Pero no, no me tengas lástima; aquel viaje no fue un regreso, fue un salto adelante. Volví a la casa de mi corta infancia, humilde, pero mía. Comencé a trabajar en el campo; tenía mis propias gallinas, alguna oveja y hasta un cerdo. Ocupé la soledad en crecer por dentro, en formarme, en superar la ignorancia leyendo; estudiando a distancia, saqué el bachillerato, y luego llegó la universidad a distancia. Hasta escribí un libro; bueno, el libro lo firmaba otra, pero la historia era la mía. Crecí como persona y mujer.

De pronto, alguien se dirigió a Obdulia: Ya está en alcaldía el señor Flores; le está esperando.

Pues que espere, que espere, dile que la alcaldesa está ocupada. Esa fue la tajante respuesta de Obdulia.

Ante mi asombro, me chismorreó al oído: "Este Flores es hijo de la mujer que un día me abofeteó la cara por guardar mi propio queso". Pero ya ves, aun siendo alcaldesa, sigo guardándome los pañuelos en la manga. Hay cosas que no se olvidan, o al menos, nadie debería olvidar de dónde viene y quiénes son los suyos.

Pues eso… Feliz final de domingo.





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