Hoy lo logré mirando hacia el castro.
Entonces me fijé en las dentelladas del tiempo: esas que muerden a víctimas inocentes y solitarias, como este acceso lateral de la ermita.
La madera comienza a descomponerse. Permanecen el tornillo y la tacha ornamental, ya sin cometido en la puerta.
Se yergue, orgullosa, la resquebrajadura que pronto será refugio de insectos y roedores.
Allí dejé la puerta, huérfana de un umbral que la proteja.

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