lunes, 9 de febrero de 2026

Ventanas inspiradoras

 

 


Ya nunca se volvió a abrir aquella ventana.

La reja, mandada a fabricar por Micaela, la hija de los propietarios de la casa, tenía esas filigranas que la distinguían de la sobriedad reinante en el pueblo. Esa fue siempre la ventana del Flequillo, así la nombraba Joaquín, el pretendiente de Micaela: Esta noche, a las diez, en el Flequillo. ¡No faltes! Desde aquel momento, Micaela vivía el resto de los días pensando en que llegarán las diez de la noche.

Ella, tampoco faltaba nunca al Ángelus, algo que hacía por agradar a su abuela, doña Purificación.

Y después, y ya sin el crucifijo en las manos, se ahuecaba la media melena y se iba a la librería de sus padres. El Último Siglo, se podía leer en un letrero sobre la puerta de entrada.

Allí estaba su padre, don Ernesto Pérez de los Olivares, de mediana edad, siempre pareciendo mayor, con su traje oscuro, casi negro, el pelo ensortijado y sin gomina, algo que no gustaba a las mujeres de la familia, salvo a Micaela. Ella siempre decía que su padre tenia una cabeza libre. Nunca supo la verdadera libertad de su cabeza, bueno lo sabría años después, pero eso ya no es de esta historia.

Durante tres largos años, la ventana del Flequillo, fue testigo del amor de dos jóvenes. Hasta que un día, tras cerrar la puerta de la librería, el alguacil apartó al padre de Micaela hacia un lado y le contó… Aquella tarde, se cerró la casa y la librería y la familia salió cuando la noche se había convertido en aliada. A las diez, como era costumbre, la ventana del Flequillo no se abrió, tampoco al día siguiente, ni al otro, ni en un mes, ni en años.

Cierto día, cuando el pueblo andaba en fiestas, se volvió a abrir la ventana del Flequillo y las gentes del pueblo chismorrearon: ¿Quien habrá venido? ¿Serán de la familia? ¿Habrán vendido el caserón?...

Solo un hombre, ya rondando los cuarenta, se acercó frente a ventana, su corazón acelerado parecía que le iba a romper los botones del estrecho chaleco.

De pronto, tras la reja, alguien estaba abriendo la vieja contraventana de cuarterones de madera. Allí estaba Micaela, con su melena negra y una camisa de satén, azul turquesa.

—Papá, papá, que dice mi hermano que tenemos que ir Ferial, que allí nos espera mamá y los abuelos —En ese momento, los recuerdos se agolpaban en su cabeza y su hijo, el más pequeño, le tiro de la chaqueta—. Papá, no nos oyes.

Micaela, en la ventana, tan solo dijo: —Monsieur, soyez prudent...

Joaquín cogió las manos de sus hijos y fue camino del ferial.

Aquella noche solo se hablaba de que había vuelto Micaela, y sobre todo, que vestía pantalones y le acompañaba un extranjero...

Ventanas inspiradoras, vistas por la ruta.

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