A propósito de lo que se lee y se escucha estos días, cuando España y Francia arden, no tengo por menos que afirmar que antes el ignorante callaba porque sabía que ignoraba. Hoy presume de opinar porque alguien le ha prestado una opinión. No es una crítica a quien no sabe —todos ignoramos casi todo—, sino a la desaparición de la humildad intelectual. Confundimos tener acceso a información con haber comprendido algo.
No quise escribir con los sentimientos a flor de piel de los pasados días, he preferido hacerlo cuando he podido reposar la indignación que me produce la situación que vivimos y cómo se maneja por parte de algunos personajes.
Mientras miles de personas luchan contra el fuego, aparecen en redes sociales miles de expertos instantáneos, la mayoría de ellos bots y otras personas que se creen lo que algunos repiten con el ondear de una bandera y un discurso que pretende ser patriótico. Es fácil escoger la explicación que cabe en un titular y más fácil repetirla como si se hubiera trabajado de ingeniero de montes o de agente forestal durante 20 años.
Dijo una vez Bertrand Russell:
El problema del mundo es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes llenos de dudas.
Y en esas estamos, leyendo y escuchando autenticas barbaridades, lo del insulto fácil y el grito de aquellos que son auténticos frugívoros está a la orden del día.
Y no, el cambio climático no es quien prende la cerilla para provocar los fuegos; por cierto, algunos de los más recientes, como el de Guadalajara o el Ávila, son fruto de la negligencia de quienes creen que las leyes no van con ellos. De quienes repiten que a ellos nadie les va a decir que no pueden sacar su maquinaria agrícola en plena ola de calor y en las horas del mediodía, ellos, aunque esté prohibido, pues se ponen manos a la obra. Otras veces son piromanos con o sin intereses económicos los que causan estos desastres. En algunas ocasiones, el fuego comienza, no por negligencia, lo hace por pura fatalidad, es el caso del coche que salió ardiendo cerca de San Martín de Valdeiglesias. Y otras veces el incendio es fruto de una tormenta seca. Así pues, podemos afirmar que el fuego empieza de muchas maneras distintas, pero solo se convierte en una catástrofe cuando confluyen unas condiciones extraordinarias.
Así pues, no, el incendio no lo provoca el llamado cambio climático. Lo que sí hace este cambio en las condiciones climáticas en las que vivimos es conseguir que estos incendios tengan una propagación y voracidad hasta ahora desconocidas. De estos fuegos sin control por días tenemos los ejemplos de Portugal, donde la tragedia de Pedrógão Grande en 2017 marcó un antes y un después. El fuego causó decenas de víctimas mortales. Un fuego con condiciones de 30/30/30, más de 30 grados, humedad relativa por debajo del 30 % y vientos de más de 30 kilómetros por hora. Otro ejemplo de incendio brutal fue el de Grecia en 2023, en Evros y Ática. El más grande registrado en la historia reciente de la Unión Europea, ardió durante 17 días antes de ser declarado controlado. Una chispa inicia un incendio; pero son las condiciones del entorno las que deciden si esa chispa se apaga en unos metros o acaba devorando noventa mil hectáreas durante diecisiete días. Pero hay más ejemplos, también en 2023 Canadá vivió la peor temporada de incendios de su historia. Ardieron aproximadamente 15 millones de hectáreas, más de siete veces la media de los últimos veinte años y una superficie superior a la de Inglaterra. Fueron unos 6.000 incendios forestales, y tal como declaró el Gobierno canadiense, el 45 % de los incendios fueron originados por rayos, pero esos incendios representan el 81 % de toda la superficie quemada, porque suelen iniciarse en zonas remotas, difíciles de detectar y combatir. Aquel 2023, en el mes de julio, fueron casi 170.000 los rayos que impactaron sobre el oeste de Canadá, un 55 % más de lo habitual, coincidiendo con temperaturas entre 37 y 42 °C y una intensa sequía, nada habitual en aquel país. Porque los rayos han caído siempre. Lo que cambia, también en nuestro país, es el escenario sobre el que caen: bosques más secos, temporadas de fuego más largas y condiciones que permiten que un incendio recorra cientos de kilómetros antes de poder ser controlado y dado por extinguido.
Y también podemos recordar el incendio de Los Ángeles, California, cerca de Hollywood, ocurrido en enero de 2025. Se destruyeron más de 16.000 estructuras (viviendas, negocios y otros edificios), convirtiéndose en uno de los desastres más costosos de la historia de California. Por no hablar de que murieron 29 personas y más de 200.000 ‘personas tuvieron que ser evacuadas. La causa de la voracidad fueron la vegetación completamente seca tras meses sin lluvia y rachas de viento huracanadas capaces de transportar brasas a metros de distancia, provocando nuevos focos. Por cierto, mientras el fuego devoraba barrios enteros de Los Ángeles, miles y miles de personas provocaban otro incendio en redes, el de la desinformación.
Actualmente, podemos afirmar que los incendios no son devastadores porque la chispa fuese extraordinaria. Lo son porque encuentran un paisaje preparado para arder: vegetación extremadamente seca por la sequía y condiciones climáticas excepcionales que actúan como un fuelle gigantesco. Porque esa es otra, querer convencernos de que siempre hizo calor, pues no. En nuestro país, no siempre sufrimos olas de calor desde el mes de mayo, una tras otra. Sin embargo, ya no son solo España, Portugal y Grecia quienes sufren estas temperaturas extremas durante días; también son países como Alemania, Bélgica, Países Bajos y Reino Unido los que están superando los 40 grados. Algo inimaginable. Por no hablar de Francia, donde están sufriendo las consecuencias de estas condiciones también con devastadores incendios, donde ya se han quemado 40.000 hectáreas en el incendio de Gironda y unas 3.000 en Las Landas. A día de hoy, ya son cuatro los días que dura el incendio, con más de 200.000 evacuados y decenas de viviendas y infraestructuras incendiadas. Las llamas siguen avanzando porque el bosque, el calor, la sequía y el viento seguían alimentándolo. La chispa dura un instante; las condiciones pueden mantener el fuego durante días. En nuestro país, nunca estuvo el agua del Mediterráneo entre 26 y 30 grados. Un mar tan cálido no provoca incendios, pero sí aporta más energía y humedad a la atmósfera, favorece noches muy cálidas y, en determinados episodios, puede influir en fenómenos meteorológicos más extremos.
Y sí, los incendios pueden que sean más controlables, con condiciones tan extremas, si se hace un trabajo preventivo. Si se construyen cortafuegos, si vuelven a estar activas las torretas de vigilancia, se limpia el monte de forma eficaz, si los caminos se mantienen practicables… Esas labores que pueden hacer los bomberos forestales durante todo el año, no se hacen porque, cuando acaba el verano, se les cancela el contrato hasta el verano siguiente. Las comunidades autónomas, que son a quienes corresponde hacer estas tareas, tienen que comenzar a tomárselo en serio. Por mil aviones que compremos más, no se podrán apagar los fuegos con la rapidez que sería deseada. No solo las horas nocturnas, también los vientos y el propio humo impiden que los vuelos puedan realizarse. Y no, yo no conozco a nadie que le multen por coger piñas secas en el monte, lo que sí se multa es por coger piñas de pino piñonero, por tener un valor económico; normalmente, esos pinares o son privados o mancomunados.
De igual forma, conviene evitar sugerir que recoger ramas secas libremente reduciría el riesgo de incendios, porque la prevención depende de una gestión forestal planificada y a gran escala, no de actuaciones aisladas. Es verdad que cuando los pueblos estaban habitados en su totalidad y antes de que las catalíticas se convirtieran en fuente de calor, los campos estaban limpios de ramas secas. Pero los pueblos comenzaron a ser abandonados en los años 50, muchos se fueron tras el llamado Plan de Estabilización de 1959, cuando en nuestro país la industria comenzó a necesitar mano de obra. Muchos jóvenes vieron un mejor futuro en aquellas fábricas y polígonos industriales y los pueblos comenzaron a abandonarse. Y el éxodo rural dejó sin pastores, sin leñadores, sin resineros y sin carboneros amplias zonas forestales de nuestro país. El resultado ha sido una acumulación gradual de biomasa que, cuando se combina con un incendio y malas condiciones del clima, provoca incendios mucho más intensos que los de hace cincuenta años. Y por cierto, España mantiene uno de los mayores censos de ganadería extensiva de Europa en los sectores de ovejas y cabras, especialmente en Castilla y León, Extremadura, Aragón y Andalucía. Y claro que queremos más pastores jóvenes en los pueblos, pero invirtamos en que las condiciones de vida en el medio rural sean en las mismas condiciones que en el resto del país. Buenos accesos, cobertura de teléfono, posibilidad de médicos y servicios de farmacia, colegios…
Y una pregunta que me surge: ¿Cuándo van a obligar los alcaldes del medio rural a los propietarios de monte privado en sus municipios, que en este país son muchos, a limpiarlo y gestionarlo correctamente? Pues eso.
Este verano han ardido el Levante Almeriense, cobrándose 13 muertos, la Sierra Norte de Guadalajara, la Sierra de San Vicente, Cinco Villas, el Maestrazgo o El Bierzo, el Valle del Tiétar, la Sierra Oeste madrileña. A todas las personas que se han visto afectados el mayor de mi afecto. Porque cuando el fuego alcanza esa dimensión ya no destruye solo árboles; hiere la economía, el paisaje y la memoria de comarcas enteras.
Y no, no es fanatismo climático, es negacionismo e ignorancia. Porque negar que una chispa inicia un incendio es absurdo. Pero negar que un bosque más seco, unas olas de calor más frecuentes y unos vientos extremos convierten esa chispa en una catástrofe lo es aún más.

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