El verano está acabando, así nos lo chiva la parra que ya nadie guía; su crecimiento, en libertad, desafía a la ventana de esa habitación, que ya nadie abre. Parece que las retadoras ramas solo respetan una estrecha puerta; bien sabe la parra que el carro hace años que ni entra ni sale de la portalada.
Ha comenzado la tarde el vertiginoso descenso hacia la oscuridad de la noche y el frío se nota; ya agoniza agosto, aunque recostados en la pared de su casa, la pareja que la habita se siente protegida; aún les puede la pereza para entrar en la cocina.
Ella ha dejado la labor parada, como descansando la vista, pero mirando a quien la mira. Él cruza sus brazos como esperando a que el forastero se presente, que diga a quién conoce en este pueblo y a qué se dedica, que le da tanto dinero. Hasta cámara de retratar tiene colgada al cuello y seguro llegó en coche porque él sintió un motor hace una hora, más o menos. Allí se mantiene sentado, estirando sus piernas para dejar claro que esa, esa es su casa y si quiere, que se presente el forastero.
Las gallinas que presienten también la hora de recogida se acercan a Jacinta; bien saben ellas que ese mandil que gasta y que se lo recoge ella con maestría es el que guarda los granos que salen y que ellas esperan al acabar el día.
Y ¡qué listas son las gallinas! Cada una sabe en qué casa le darán el sustento y hasta algunas sobras.
Mira Jacinta de frente, pero desconfiada y esquiva, como queriendo pasar desapercibida, como siempre hizo, humilde sin nunca alzar la voz; su mayor maldad, amenazar a alguno de los cinco hijos con la alpargata, que no siempre se usaron zapatillas; algún pecado sí, pero poca cosa, aunque el cura la mandase rezar como si hubiese incumplido todos los mandamientos.
El forastero se va y ellos dos hablan, se preguntan, y Jacinta sentencia: ¿Cómo íbamos nosotros a preguntar a un señorito?
Porque durante siglos, durante años, el humilde no preguntaba, contestaba cuando le preguntaban. Ya estaban los señores para saber de todo, y los humildes para callar por todo. Así pensaba Jacinta, aunque sabía que su hombre era de trabajar mucho, sí, pero también de decir basta. Ella siempre le repetía: Lleva cuidado con lo que dices, que algún día no vuelves a hacer más “cuelgas” para los hijos.
Foto cedida por Benito Pellitero

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