Mirase acá o allá, se veían conjuntos de flores silvestres como si de buqués naturales se tratase. Y las mariposas, siempre tan inquietas, con prisa por vivir, iban y venían, imposible que quedasen dentro del encuadre.
Y ahora, cuando la lluvia va dejando de golpear los cristales, cuando el retumbo de un trueno solista va poniendo el punto final a una tarde de aguaceros, en ocasiones de auténticos baldazos, ahora vuelvo a tener ganas de ver el campo, empapado; pero no repetiré aquella frase de Rosalía de Castro: “Te odio, campo fresco…” Muy al contrario, pienso que hoy el paisaje debiera quedar inmortalizado. Ojalá fuese posible jugar con el tiempo, que llegase Claude Monet y lo pintara; eso sí, quizás las tonalidades rojas serían más… ¡Más amapolas! Cosas de sus cataratas. ¡Cosas de la edad!

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