Y ese día me fijé en el ventano.
Allí debe estar desde hace años.
Junto a su lado he pasado muchas veces y, nunca, nunca me fijé en él.
Y ese día, le descubrí. Granito, escondiendo su belleza bajo un manto de cotidianidad.
Parada ante aquella piedra perfectamente agujereada, pensé: ¡Cuánto habrían dado en O Cebreiro para que ventanuco tan perfecto fuese parte de sus pallozas milenarias!

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