Hoy en mi caminata no hubo flores, tampoco insectos, ni variedad de árboles, solo algunas encinas y otra mariquita dormida para siempre entre sus jóvenes y punzantes hojas. Y me encontré frutos que se niegan a caer al suelo, aferrados ya sin color y arrugados a una rama que casi no sostiene su peso. Encontré cardos y algún despistado brote, también espinas y hierbas verdes.
Hoy el día estaba frío, muy frío, pero el paseo me brindó otra perspectiva y encontré, en lo menos propicio para ser considerado ni tan siquiera estético, algo que fotografiar, algo para recordarme el día más frío de este invierno.
Allí estaban las latas viejas y aplastadas; curiosamente, el óxido unificó el color de todas ellas. Han perdido su colorido, sus etiquetas y hasta sus formas, pero, si un día las tuviste entre las manos, las reconoces. Un spray mata insectos, una lata de sardinas, de anchoas, un bote de melocotón y quizás una lata de aceite ya casi desaparecida de tanto estar aplastada. Lo cierto es que ellas, las latas, siguen aquí, seguramente sobreviviendo a quien un día se deshizo de ellas.
Y hoy latas viejas, frutos muertos y remolones han puesto en mi caminata una variedad de fotografías para el recuerdo.

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