Cuando los días comienzan a menguar como si un aguacero los encogiera, es el momento en que llega el otoño. Lo hace agazapado, sorprendiendo. Pareciera que nos asalta, impetuoso, enérgico. Llega altivo, silbando, soplando. Sabedor de su fuerza, nos acorta los días.
Entonces, se cierran sombrillas y reaparece la suave manta como una aliada en momentos de lectura.
Las bicicletas guardan la felicidad del ayer. Cuando los nietos aún cubrían de alegría los pueblos.
Ahora, con el silencio adueñándose de las calles, con las casas cerradas hasta el próximo verano, ahora llega el momento de la nostalgia. Y reaparece hiriente.
Ya en septiembre, las lágrimas, guardadas en las despedidas, recorren libres sus caminos, se hunden en repliegues que atesoran vida. Lloran los abuelos las ausencias.
Lloran los pueblos el abandono.
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