Aquel día, en unos de mis paseos más cotidianos, me llamaron la atención unas amapolas, esas frágiles florecillas, inseparables de los campos cerealistas; parecían estar entablando batalla con un cielo de mirada torva.
Allí estaban ellas, las amapolas, agrupadas junto al camino, mecidas por un viento que quizás presagiaba agua, pero de momento las hamacaba.
Y allí estaba yo, quieta, mirando el paisaje e hipnotizada por el cielo.
No me extraña que el cielo sirva de inspiración, y si es un cielo como el que vi aquel día, seria obligado pintarle, que todo el mundo pudiera admirarle. Y pensé, ¿quién mejor para deslizar los pinceles por un lienzo pintando aquellas nubes que Boudin, “el rey delos cielos”? Segura estoy, que de haber pasado aquel día por ese camino, habría pintado ese paisaje, ese cielo.
Yo, aquella mañana paseando por los campos de Mingorría, tan solo pude fotografiar el momento. Un momento mágico, que me invito a pararme, a disfrutar de lo que me rodeaba, a sentirme muy, muy afortunada de poder sentir la luz y el movimiento. ¿Para que más?
Y de regreso a casa recordé a Delibes cuando decía que el cielo en Castilla es tan alto, porque lo miran mucho los castellanos. Aquel día, no hubiese escrito lo mismo, el cielo parecía muy bajo, demasiado bajo, presionando el cereal y los caminos secos

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