Al árbol caído, apartado en el camino, convertido en elemento, en desapercibido.
Alguna vez alguien, en su paseo, le recuerda grande y protector, el árbol perfecto para esconder el primer beso.
El viejo árbol se ha convertido en una silueta cotidiana; para la mayoría está olvidado.
Él, él no se resiste a ese olvido. Sigue siendo generoso.
En su silencio reivindica que un día fue pueblo.
Él dio sombra en tardes de procesiones.
Él, el viejo tronco, duerme y llora el olvido y, si alguien se para, le rodea; él brinda generoso una segunda mirada. El encuadre escondido

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