Aquella mañana el agua transmitía calma y, entonces, me fijé en las flores, esas que celebran y recuerdan.
Pensé entonces en unos pinceles dibujando aquello que yo miraba; imaginé a Kandinsky, allí estaba el color amarillo, tal como él pensaba, empujando y expulsando a cualquier otro elemento que no aportara, que tan solo restara.
Y hoy, al volver a ver esa fotografía, cierro los ojos; los cierro fuertemente, deseando que existieran muchas flores amarillas para empujar hacía fuera tanto bulo y tanto odio.
Ana Pose.

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