Al viajar, me gusta buscar ese enfoque que se convierta en símbolo del lugar vivido y visitado. Y en días como hoy, cuando el termómetro no sube de los -4 grados, esas fotos son ventanas al recuerdo. Fotos que me susurran el momento vivido y subrayan detalles. El cartel que informa del restaurante me hace intuir que el pueblo, aún pequeño, tiene visitantes. Y claro que tiene visitantes, miles al año. Es lo que tiene estar entre los más bonitos de Francia
Canalones ceñidos a tejados puntudos me chivan que llueve y el bosque, el que veo a lo lejos, me lo confirma. Y recuerdo la tarde que recorrimos el camino de Sirga, un sendero robado a la roca y paralelo al cauce del Lot. Las enredaderas se encargan de engalanar y cubrir fachadas; lo hacen con límites de tijeras podadoras. Vegetación convirtiendo altos muros de casas y tapias de jardines en cuadros murales. Si fuese moderna, diría que estoy ante un jardín vertical. Y las flores, es el símbolo que nos describe a vecinos cuidadosos del entorno y amantes del detalle. Y me viene a la cabeza Andrè Breton y otros artistas que allí tuvieron casa. Y también veo la rúbrica de pueblos franceses. El empedrado, las casonas y las estrechas calles me sitúan en la ambigua Edad Media. Y me martillea el apellido Cardaillac y su señorío. La soledad y el silencio que me arropan me hacen saber que elegí la mejor fecha para la visita; huyendo del calendario más saturado de turistas.
Hoy, con la leña calentando mi casa, cuando aún veo desde la ventana tejados vestidos de la blanca cencellada, he recordado los días pasados en Saint-Cirq-Lapopie. Así saben mejor los cafés de primera mañana.

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