Vuelvo, una vez más, a nombrar a Eugène Boudin, el rey de los cielos. ¿Cómo no hacerlo?
Hace apenas unos días, al regresar de un breve viaje, Mingorría me ofreció su regalo más puro: un paisaje detenido en la calma, un cielo tan increíblemente bello que parecía pintado por la mano misma de Boudin.
Y entonces pensé en el palomar del tío Alfredo, aquel personaje de El camino de Miguel Delibes, guardián de una vida sencilla y plena.
Como él, me descubrí respirando el pulso de la tierra, el rumor del viento entre los campos, la quietud de las horas que no apremian.
Y comprendí que también yo estaba ante un microcosmos: un pequeño universo donde —la luz, el silencio e incluso el viento— encontraban su exacta razón de ser en aquel instante mágico.

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