Y de pronto allí estaba el espectáculo. Era el momento mágico de los colores crepusculares.
Es esa una hora donde la poesía no necesita de fonemas, tan solo de siluetas tomando el control de la escena.
Allí quedaba dibujada la vieja ermita; parecía que jugueteaba con la luna convertida en cometa.
Lugares cercanos rubricando momentos únicos para ser guardados.

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