Durante meses —quizás más de un año— el viejo saco, ya desasido, ha permanecido en el mismo lugar, reafirmando su presencia.
La hierba, disciplinada, aún respeta sus contornos, como si reconociera en esa forma caída un territorio provisional. Sabe —porque la tierra siempre sabe— que llegará el momento en que lo absorberá sin violencia, convirtiéndolo en fértil cuna desde la que expandirse.
El objeto que perdió sus asas ha perdido también su función, pero no su sentido. En su quietud hay resistencia. En su desgaste, una forma distinta de permanencia.
Hoy el encuadre me robó la mirada.

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