Fue el 16 de abril de 1838 cuando se desató un conflicto entre Francia y México. Pero lo cierto es que fue la primera intervención de Francia en territorio mexicano. Y el sobrenombre con que fue conocido aquel conflicto, “guerra de los pasteles”, invita a iniciar este “domingo con historia” con la típica frase de:
Hubo una vez un pastelero francés, llamado Remontel y afincado cerca de Ciudad de México, en la localidad mexicana de Tacubaya, donde regentaba su pastelería. Cuentan que en 1832, aquel hombre pidió ayuda a su gobierno porque unos militares mexicanos, después de tomar unos bizcochos, no quisieron pagarlos y además destrozaron el establecimiento.
Lo cierto es que a la reclamación del pastelero se sumaron algunas otras de franceses afincados en México, pero cuesta creer que fuesen solo aquellos, llamémosles desmanes de algunos militares, los que llevaran a un conflicto armado. Bien es cierto que en aquellos tiempos, y desde la independencia de México en 1821, el país vivía una crisis económica que se acrecentaba con las deudas a países extranjeros y con una falta de estabilidad política, por el continuo cambio de gobiernos… Además, entre los años 1824 y 1829, el que fuese presidente del gobierno mexicano se había negado a conceder al Estado francés privilegios en las rutas comerciales.
Sumemos que Francia tenía bastantes ambiciones comerciales y económicas y que, un año antes de la guerra en cuestión, el país galo había bloqueado los puertos de Montevideo y Buenos Aires; la intención era, infligir castigos ejemplares y por tanto que Francia fuese respetada por los estados americanos.
Situándonos otra vez en el año 1838, el gobierno galo seguía sin haber podido firmar un tratado comercial con México y, además, los franceses a través del barón Antoine-Louis Deffaudis mostraron su disconformidad con los acuerdos que habían firmado España y México; en ellos se prohibía atacar un territorio reclamado por un país amigo y se le concederían privilegios especiales. Fue entonces cuando Antonio Luis, castellanizando su nombre, abandonó la mesa de negociaciones y se largó a Francia. Seguramente durante la travesía el cabreo iría en aumento, porque lo cierto es que a la vuelta de unos meses, en su regreso a México, no lo hizo solo; aquel diplomático se hizo acompañar, nada más y nada menos que de diez barcos de guerra. Fondearon en la isla de Sacrificios, que también, vaya nombrecito, y desde allí, Antonio Luis amenazó al gobierno mexicano si este no acataba un ultimátum.
México no acató aquel ultimátum y entonces el francés ordenó el bloqueo de los puertos de Veracruz y también de Tampico; 8 meses de este no bastaron para que los mexicanos acataran los términos del ultimátum. Entonces, a los buques de guerra se sumó una fragata francesa y 20 navíos más. Ojo, que uno de aquellos navíos estaba comandado por el hijo del rey Luis Felipe I, el príncipe Joinville. Todos aquellos barcos para que México pagara; los franceses, sin retrasarse un solo día, atacaron la fortaleza de San Juan de Ulúa, situada frente al puerto de Veracruz, en una isla. Por cierto, aquel bombardeo fue pintado por Horace Vernet. En el lienzo se ve cómo en la proa, el príncipe de Joinville está recibiendo un informe, a la vez que se ven las explosiones en el fondo.
Las tropas francesas desembarcaron después en el puerto de Veracruz y las tropas mexicanas fueron derrotadas. Conclusión: México, tras meses de asedios, el 9 de marzo de 1839, aceptó pagar la indemnización solicitada de 600.000 pesos para resarcir a los ciudadanos franceses, entre ellos al pastelero Remontel, que fue el primero en exigir que se le pagasen los bizcochos y los destrozos, poniéndose fin a las hostilidades y la conocida como “la guerra de los pasteles”. Lo cierto es que no se pagó toda la cantidad solicitada, lo que sirvió para que, pasados los años, más de 20, los franceses, tras la declaración del presidente mexicano Benito Juárez de suspender el pago de deuda externa, volvieran a las andadas e iniciaran otra intervención militar, pero eso será para otro domingo con historia.
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