domingo, 17 de agosto de 2025

Se acabó el baile

 

En la inmensa mayoría de los pueblos, cuando agosto pasa su ecuador, desaparecen de sus plazas los escenarios y de sus calles la vida. Los bailes, las charangas, los festejos pasan a ser recuerdos. Se refugian las vivencias en la memoria de los que disfrutaron las noches más animadas, no solo del verano, las más animadas del año. Se acaban los días de escribir en diarios las miradas cómplices, las caricias escondidas, el primer beso. Se van acabando los juegos, las carreras, los gritos propios de la chiquillería, las risas nerviosas, el último paseo apurando la hora de llegada a casa. Se terminan los paseos por alamedas; se aparcan bicicletas y triciclos; se guardan las sillas que agrupaban vecinos, combatiendo el calor en noches de estrellas y cantos nupciales de grillos. Los coches van dejando espacios vacíos; se despeja el escenario que acogerá el baile libre de las primeras hojas caídas; ellas rubricarán lo que todos saben: el verano acaba. Los abuelos vuelven a sentir las ausencias y los silencios. La rutina se impone en comidas y cenas, en la mayoría de los casos, por compañía de televisores, vomitando noticias.

Vecinos de pequeños pueblos saben que se acercan los días donde las estrechas calles se convierten en grandes avenidas. Difícil ofrecer un saludo.

Pueblos de montaña donde, en pocos días, se agradecerá sentarse al carasol a la espera del vecino con quien compartir una charla, amigable la mayoría de las veces.

Pueblos con ríos que volverán a dejar correr libres sus aguas, ahora remansadas. Cuando los nietos se vayan, se llevarán con ellos las tardes de baños, meriendas y alegrías.

Los pontones volverán a dejar de ser el lugar elegido para salvar los ríos saltando y cantando.

Pueblos que se van vaciando y, a la misma vez, con la misma intensidad, vuelve a ellos la nostalgia, la tristeza y la espera, que se van pegando al adobe y la piedra de sus caseríos.

Banderines colgados, testigos mudos de noches de fiestas en plazas y calles que unos días estuvieron llenas.

Pueblos.


miércoles, 13 de agosto de 2025

Se llamaba Olvido y fue minera

 

Olvido (Foto de Google)

El otro día leí sobre una mujer, se llamaba Olvido, fue minera; lo fue por obligación.

Su marido había enfermado hasta el punto de no poder trabajar; era el año 1962. Ese año en que los mineros asturianos comenzaron la que se llamó "la huelgona", también conocida como la huelga del silencio, duró dos largos meses. Sus consecuencias, mucho tiempo más... Olvido criaba hijos, atendía la casa y cuidaba a su marido.

En aquel año, Olvido "La Minera" se remangó sus faldas y comenzó a picar carbón, con el coraje que le ayudaba a esconder su pena bajo el color negro que tiznaba su cara. Sentía como las lágrimas ya no brotaban por el esfuerzo y el dolor; no se podían desperdiciar; las necesitaba para hacer más llevaderas las penas.

Una mujer minera y "fantasma", porque cuando Olvidó preguntó al patrón de las minas de Fabero si ella podría sustituir a su marido para que el jornal siguiera entrando en la casa, el patrón aceptó, pero con la condición de que ella no apareciera en los papeles de la mina, ni un mísero recibo de jornal a su nombre. Sería su marido el que seguiría figurando en los papeles de la mina.

Y Olvido, día a día y durante 8 años, picó y picó carbón como un minero más.

Bueno, a diferencia de sus compañeros Olvido, un día picando carbón, rompió aguas, en pocas horas nació el sexto hijo de Olvido "la del cestu".

La minera que no aparece en los papeles de las minas de Fabero, pero que dejó su sudor, sus lágrimas y hasta sus dolores de parto entre el carbón que se sacaba de sus entrañas.

lunes, 11 de agosto de 2025

El viejo castaño de Las Médulas

 


Y, ¿qué decir de este ejemplar?

Nada crece delante de él, como si la naturaleza quisiera respetar al inmenso árbol, ahora muerto. El tiempo ha esculpido en el viejo tronco una inmensa boca, que pareciera que grita: CUIDADO.

Y si nos fijamos, descubrimos que ese grito de advertencia será para los que a su lado se hacen fotos. El suelo barrido nos cuenta, sin palabras, que son muchos los turistas que junto a él se sientan.

Yo le miré y quise llevarme su historia. Porque este viejo tronco, un día fue un maravilloso castaño.

En tiempo de romanos llegaron los primeros ejemplares y ahora, envejecidos unos y enfermos otros, siguen ocupando el lugar que les corresponde.

Y este tronco pareciera que tiene antenas para conocer y descifrar lo que ya no entiende.

Pareciera que el tiempo le ha cicatrizado un ojo, pero le ha dejado otro.

¿Qué verá?

Son estos detalles los que convierten el recorrido de un lugar en nuestro paseo más íntimo.

Nos llevamos para siempre la imagen de un amigo que ya en su vejez nos cuenta, que hubo tiempo en que dio sombra y quitó hambre. Ahora nos dice, muy bajito:
Gracias por no tocarme, por respetarme. Gracias por elegirme hoy como símbolo de un paseo por las #Médulas.

Disparos y olvido

Disparos y olvido

Ana Pose

La estancia era oscura; tan solo cuando se interactuaba en el lugar, de eso hacía ya mucho, todo el espacio se iluminaba. El resto del tiempo, solo había oscuridad. Pero, aun así, a pesar del olvido en que se habían sumido quienes allí estaban, había comunicación. Se intercambiaban opiniones y hasta reproches. Aquella tarde, quizás debido al calor —era mes de julio— o quizás a que desde aquel espacio sin acción sí se observaban movimientos cercanos, los ánimos comenzaron a caldearse.

El puente de Rialto, sin duda, es imprescindible. Bien es verdad que había mucha gente, demasiados turistas, pero ella estaba allí; había viajado para ver el lugar, para verme. ¿Qué la hizo cambiar de opinión? ¿Por qué me olvidó?

¡Hombre! Según tengo entendido, fueron varios los disparos. Y no hubo resultados positivos. Vamos, la prueba eres tú. Fijaos, está como para ser enmarcado —las carcajadas no dejaron escuchar al aludido—. Pero, tranquilo, que lo mismo alguna vez recuerda el viaje y te busca.

Pues creo que te ha olvidado, y para siempre; por muy de Venecia que seas, vamos como a mí, y eso que soy de Valencia de Alcántara —esto lo decía un hombre sentado a la solana, con el sol remarcando las arrugas de su rostro y un inmenso puente a sus espaldas—. No sé, creo yo que estaría nerviosa, que la cosa no salió como esperaba. Pero, es verdad, no llego a comprender qué les pasa por la cabeza. Porque son capaces de recorrer mil kilómetros, aguantar a miles de turistas y, luego, olvido.

¿Y eso lo dices tú, viejo? Porque, según nos has contado otras veces, en tu caso fue solo un disparo, pero fue tu hija quien lo hizo. ¿Me equivoco? Y también andas por aquí, como el resto, olvidado. Ya nadie te busca. Así pues, tiene que existir otra explicación para tanta olvidanza.

Aquella afirmación le dolió bastante al anciano; su semblante, que siempre transmitía serenidad, quedó inexpresivo. Él se sabía viejo y cansado, muy cansado y dolido. «Porque los huesos duelen», solía decir, cuando aún vivía en su pueblo, a quien paraba a echar un cigarro o, simplemente, a saludarle. En ese momento seguro que pensaba que duelen los huesos y la ironía mal usada. Él bien sabía por qué estaba allí, postergado. Quien disparó también debió morir, entonces, ¿quién me podría recordar?

A la conversación se sumó la voz femenina que todos esperaban; ella era la que la mayor parte de las veces imponía cordura:

Pienso que hablar así a un anciano no está bien. Estar aquí ya nos debería unir; estamos en la misma situación. Sufrimos los mismos castigos: abandono y olvido.

Tienes razón. Además, tu caso es de los más crueles; estamos hablando, nada más y nada menos, que de la Torre Eiffel. Y según nos has dicho, más de una vez, en tu caso no fue el número de disparos, ¿verdad?

Verdad. En mi caso fue la luz. La maldita iluminación del cambio de siglo. Aquel año 2000, todo el mundo quería admirar el París de noche. Recuerdo que en Trocadero se agolpaban al atardecer cientos de personas, o quizás eran miles. Lo único cierto es que yo solo recuerdo un disparo, luego nada más. Quedé encerrada; nadie me recuerda desde aquel día. ¡Nadie! —La voz sonó desgarradora.

Venga, venga, ya estáis como cada día. ¿Cuándo vais a terminar de asumir que sois tan solo un número? ¡Que algunos de nosotros ni nombre tenemos!quien hablaba era un joven que siempre estaba subido a un monopatín.

La pregunta del joven se repetía una vez más, y la respuesta, como cada día, era siempre la misma: silencio. Todos sabían que tenía razón. El Puente de Rialto, la Torre Eiffel, la Sagrada Familia, la estatua de Fernando Pessoa en Lisboa… El disparo fue certero, les dio de lleno, pero después, ¿quién era culpable de su encierro y abandono? Bueno, no, la afirmación correcta es que las circunstancias del disparo eran las culpables.

De pronto, se escuchó una voz temblorosa; hablaba por otras muchas: Por las compañeras de trabajo, por la vecina de la abuela, por los niños de aquella obra de teatro, por el primer día de playa… Hablaba también por la casona desvencijada, por la puerta remendada, por el trillo desempedrado, por las calles famosas: Sierpes, Larios, Gran Vía, Quinta Avenida…

Me vais a perdonar, yo, como muchas de vosotras, también fui olvidada. Y mi pena, como la de todas aquellas a las que represento en este momento, es doble, nos olvidaron por dejadez. En muchas ocasiones ni recuerdan el lugar donde nos dispararon. Nadie, casi ni nosotras mismas, recordamos ya quiénes somos, dónde estábamos el día del disparo.

En ese instante, un ruido inesperado impuso el silencio; la conversación se detuvo. Y, de pronto, la luz. Una luz ya olvidada, cegadora, acompañó a lo que parecía un movimiento sísmico; una tras otra parecían ir tomando vida. Y se escuchó una voz fuerte, distinta, una voz desconocida. Pero, enseguida, alguien la asoció a los disparos y susurró su nombre; la incertidumbre se apoderó del lugar. Era verdad, era ella, la que siempre disparaba. ¿Qué se proponía? Hacía años que no la veían. Y si ahora pretendía hacer desaparecer su obra. De pronto la escucharon; hablaba sola:

Aquí están. ¡Cuántos recuerdos! Venecia, ¡madre mía! ¿Cómo se llamaba? Sí, ya recuerdo, era el Puente Rialto. Y aquí está la Torre Eiffel… ¿Y esta? ¿Dónde era? ¡Ah! Sí, había un centro que se llamaba Casa de los Lobos, por las maravillosas gárgolas, ¡un edificio precioso! Si no recuerdo mal, del siglo XIII. Sí, ya recuerdo el momento de esa foto y esa calle; llevaba a la Plaza del Mercado —y tras un momento, surgió una pregunta—: ¿Por qué la olvidé? Si ahora hasta recuerdo el inmenso crucifijo en su iglesia, de una sola pieza de madera, casi seis metros medía, una obra de un ruso. Y también recuerdo de qué hablaba mientras paseaba aquella calle. La recuerdo estrecha, con la iglesia al fondo, con el farol rompiendo la verticalidad; estábamos en Caylus, en el valle de Bonnette. Fue el año que hicimos la ruta «Francia sin autopistas».

De repente, aquella calle fue separada del resto de fotografías, apartada en otra carpeta. Se le dio un nombre: Caylus2018.jpg. En seguida se encontró a más conocidas; iban llegando, también renombradas.

De pronto, una sacudida se sintió en aquel rincón abarrotado de fotografías olvidadas. Era un espacio desordenado, sin fechas, sin nombre de lugares y una de ellas era rescatada. La incertidumbre y el deseo de ser la siguiente se apoderaron de aquel espacio.

Ahora sí, parecían pensar los cientos, incluso miles de fotografías que allí se encontraban, ahora sí que nos van a sacar del olvido. Entre unas y otras había miradas cómplices. Cada una de ellas esperaba volver a ser la foto con nombre que la identifique. Todas, todas querían volver a ser el recuerdo, a dejar de ser las olvidadas.

En aquella carpeta, donde iban todas a parar, no para ser guardadas, sino para liberar espacio, llevaban años. Pasaron de ser la captura del momento a ser, simplemente, un estorbo que llenaba una memoria.

Y, de pronto, en algún rincón de aquel ciberespacio, se escuchó a quien sus conocidos llamaban Ricardo; hablaba con quienes parecían familia:

¡Oye! ¿Te fijaste en el decorado de la foto de boda de la abuela Jacinta?

Como para no fijarse, con aquel rosal en el fondo, ¡las ramas tenían más rosas que hojas! —El grupo comenzó a reír como hacía tiempo que no reían.

Mira, fíjate, la novia sentada, de forma muy recatada, las manos recogidas, como rezando, sobre un vestido de color negro y luciendo un pequeño pañuelo de encaje.

El pañuelo tan solo sería de adorno, porque apenas le cubría el cabello que, por cierto, lo tenía recogido en un moño, un peinado que, mira, deja ver unos zarcillos con una piedra de color ámbar engarzada. Luego he visto yo esos pendientes a alguien más de la familia.

Y fíjate en Basilio, el novio —dijo también Ricardo—. Está de pie, muy firme, con su mano derecha reposando sobre el sillón, vestido con pantalón y chaqueta, también de color negro, resaltando aún más el blanco inmaculado de la camisa. El cuello se mantenía cerrado con una corbata tan bruna que hacía pensar que el traje era más bien gris.

Y en esta foto están los invitados —se escuchó decir a una voz femenina—. Creo que es la familia del abuelo; eran de otro pueblo.

Y, fijaos, aquí están las fotos de los bautizos, mira, una, esta otra y esta del más pequeño, de Luisito.

Bueno, y estas de los hermanos ya mayorcitos, sentados en sus pupitres con un mapa de España a la espalda. ¡Qué fuerte! Vaya pintas, mirad las trenzas.

Y ¿te fijaste que junto a las fotos había también postales?

Sí, claro que me fijé. Había una que estaba bordada alrededor de una escena, en la que una mujer se columpiaba en un bosque. Creo que la envió el tío Juan desde la mili.

Sí, esa la recuerdo. Ahora me ha venido a la cabeza otra foto, una de la mili del hijo mayor, de Agustín, creo que era. Se le veía en El Aiún. En medio del desierto.

Tienes razón —afirmó la voz femenina—, estaba junto a algunos compañeros; todos rodeaban una cantimplora y uno de ellos andaba subido sobre otro que iba en busca de agua. A lo mejor era el tío, no recuerdo. Pero se estaban divirtiendo.

En ese preciso instante, cada una de esas fotos, todas de la familia de la abuela Jacinta, sintieron un pinchazo y, de forma súbita, fueron transportadas. Una a una, pasaron a ocupar un nuevo lugar; era amplio, estaba limpio, se respiraba orden. Una vez dentro, fueron renombradas: boda_Jacinta1928.jpg, invitados_bodaJacinta.jpg, bautizoLuisito1942.jpg, primaAdelina.jpg…

De improviso, sintieron que se cerraba el lugar donde habían sido trasladadas. Volvían a quedarse a oscuras. Unas y otras preguntaron y, sí, estaban todas; todas eran familia.

El resto de fotografías pudo ver cómo a aquella carpeta, recién creada, se le ponía el nombre: Abuela Jacinta.

Después vinieron otras carpetas: Italia, Francia, Familia, Vecinos, Madrid…

Poco a poco, aquel lugar se iba quedando vacío; tan solo quedaba un puñado de fotos, no llegaban a cincuenta. Se habían quedado solas, descabaladas y, de pronto, volvió la oscuridad. Por un momento, las que allí quedaron pensaron en lo peor. ¡Nos borrarán! De pronto todas enmudecieron ante aquella afirmación.

Tan solo una fotografía, de un acantilado desde el que se veía una puesta de sol, dijo: «No nos borran, seguro que mañana nos imprimen, somos el recuerdo imprescindible, el primer beso, el viaje de novios… ¿No os dais cuenta? Somos parte de aquella relación».

Y… y de pronto… un mensaje: 

 «¿Confirma que quiere eliminar 47 archivos?».

Publicado en el Diario de Ávila el 10 de agosto 2025

miércoles, 6 de agosto de 2025

Infierno es leerte Alfonso J Ussía

 

Alfonso J. Ussía, ¿qué tal? Supongo que, a lo mejor, estarás descansando. Algo que deduzco por la hora en la que está escrito tu artículo en ABC, las 04:56. Artículo al que quiero contestar. Lo haré tuteándote y espero que sepas perdonar que la respuesta no haya sido inmediata; sí, lo sé, escribiste el día 4 de agosto, tendría que haberte contestado antes, pero ya sabes lo que es el verano, los amigos, las piscina, la lectura; por cierto, te recomiendo La península de las casas vacías, de David Uclés. Claro que también te advierto que son 700 páginas; a lo mejor es mucho.



Lo primero que quiero hacer es darte las gracias por los adjetivos nos brindas a los veteranos en el manejo de las autocaravanas: aventureros, inconformistas, almas libres”. ¿Sabes? Aunque ya peino canas, tienes razón, soy y he sido todas esas cosas y hasta, como también escribes, un poco hippie. Vamos, que frases como “Paz y amor” “Haz el amor y no la guerra” “Quema el sostén, no tu alma” … las he gritado yo.

Pero ya te digo yo que esto de acoplarse a determinadas modas, tal y como afirmas que es el viajar en autocaravana, una moda; exige su tiempo, como se exige en todas las facetas de la vida, hasta en las más simples. Solo es necesario fijarse en, por ejemplo, aquellos ciudadanos que, por circunstancias, las que sean, llegan al mundo del mocasín sin calcetines con 40 grados a la sombra. Al segundo día de recién llegados a esa moda tan pija y moderna, tienen los pies llenos de rozaduras; sus andares se convierten en una invitación a la sonrisa burlona. ¡Vamos! Entre tú y yo, ¿cuánto daría el susodicho por unas buenas chancletas de esas a las que tú desacreditas en tu artículo?

En fin, Alfonso, que no sé muy bien si hablar del viajar en autocaravana, porque noto por lo que escribes que andas un poquito despistado; pensándolo bien, lo mismo es que te has formado una opinión equivocada. Ya te digo yo, las RRSS son muy malas. Es mejor siempre el trabajo de campo, la libreta y el bolígrafo.

Pero un inciso sí quiero hacer, ¿qué ves tú de malo en comprar en un supermercado? Por cierto, te informo por si las necesitas; es posible que algunas mesas plegables tengan instrucciones de uso; lo digo porque te leo un poco, no sé yo... Que estás algo perdido. Por lo que no paso yo tampoco, es en lo del café sin camiseta, pero ni el chiringuito de la playa.

En cuanto a lo de compartir water, no sé qué decirte. Fíjate, hasta si vas, por ejemplo, al prestigioso hotel Villamagna —ahora tiene otro nombre más rimbombante—, en la madrileña calle Castellana, donde algunas de sus habitaciones pueden costar más de 25.000 euros por noche, pues ye, que compartes baño si estás tomando un cóctel en su bar o estás comiendo en el restaurante…¡Qué cosas! En fin, que compartir baños lo hacemos todos en todas partes, incluso en el apartamento de solteros, en esas pequeñas casitas siempre puede llegar una visita. También te informo, a lo mejor te viene bien en caso de apretón, que en museos y bibliotecas, lugares estos muy recomendables, existen cuartos de baños públicos y, por tanto, compartidos.

Y, en cuanto a “cal de una derrota”, pienso que no es este el lugar para contestarte; quizás lo haga en otro artículo aparte. ¿En qué pensabas al escribir esta frase tan fuera de contexto? No, no me contestes ahora que no puedo escucharte.



Por cierto, Alfonso, dices en tu articulo de opinión: “…lo auténtico es pasarse medio agosto vaciando un baño químico en un área de servicio mientras finges que eres libre”. Oye, que también te digo, qué obsesión tienes. Mira, sacar, vaciar, limpiar y volver a colocar un water químico en una autocaravana debe llevar, como mucho, un cuarto de hora. Que, oye, equiparar eso con medio agosto, no sé yo. De matemáticas, no andas bien. Claro que, llegando a esa parte de tu artículo, una piensa que estás haciendo méritos para un monólogo, por si lo del periodismo al final como que no. ¿A que sí?

En otra parte de tu articulo dices:

La autocaravana ya no es sinónimo de aventura. Más bien de pesadilla. Y vaya que lo es: la pesadilla de encontrar dónde aparcar sin que un vecino te denuncie, la pesadilla de no morir asfixiado en un cubículo que huele a una mezcla entre ambientador barato y calcetín húmedo... ”

Contestarte a todo no sé, vamos por el principio; solo te diré que las autocaravanas son vehículos clase 1. Ahora añado, es verdad que muchos ayuntamientos costeros, en su mayoría, tienden a hacer caso a determinadas denuncias; paradójicamente, suelen ser propietarios del sector hostelero… Pero vamos, que en esta contestación no voy a hablar de nuestros derechos. Te daré algunas pistas: Instrucción Prot 2023/14, que sustituye a la anterior, Instrucción 08/V-74

Pero a lo que sí te voy a contestar es a tu desinformación, a tu forma tan despectiva al hablar de vehículos, que, por cierto, te diré, su coste nuevo va de los 70.000 euros en adelante. Yo, y por lo que te leo, al contrario que tú, no suelo utilizar ambientadores para quitar olores; acostumbro a limpiar y ventilar. En cuanto al olor a calcetines mojados, no sé qué contestarte. Eso sí, si hablas por experiencia, te recomiendo que, una vez quitados los calcetines, los pongas a lavar; es una práctica que suele combatir el mal olor, oye, y lo hace de una forma muy eficaz.

A lo del tan manido discursillo del gasto, del ahorro, pues no, no voy a entrar en ese tipo de dislates; veo que tú lo hiciste en tu artículo; además, nombrabas a alguna cadena de supermercados. ¡Ay, pillín! ¿No será que tienes alguna compra gratis?

Y sabes, si es necesario hacer o no un tetris para que se acoplen todos los que viajan en un espacio reducido, no debe preocuparte; ya sabes, déjalo pasar. Es más, seguro que la frase de “sarna con gusto no pica” sería afortunada. Eso sí, te recomiendo que te pongas manos a la obra para escribir contra esos que son capaces de alquilar trasteros sin ventana a más de 500 euros al mes. En esos espacios tan reducidos, viven familias, ciudadanos que levantan el país, trabajando en el campo, en las carreteras, en la hostelería...

Y ahora sí, Alfonso, para ir terminando, tu frase de:

«Todo el mundo miente. Muy en especial los que alardean de lo bien que están viajando en autocaravana». Dinos, dinos tú en qué sueles mentir, en qué mienten tus familiares y amigos y, lo más importante, qué razones contrastadas te han llevado a lanzar una frase tan lapidaria.

En cuanto a cómo actúa la policía local de determinados municipios, te digo, como ya hice antes, que la contestación será en otro momento. Por favor, cuéntanos cómo fue su experiencia en autocaravana, la cual le dejó tan marcado que hasta afirmas: «Si una pareja normal soporta el verano en autocaravana, es una señal inequívoca de que debe ser usted el que salga corriendo de esa familia».

Y en cuanto a la dignidad, esa que sacas a pasear en la frase: “Lo lógico, lo normal, lo esperado, es que si su mujer tiene un poco de dignidad, abandone con premura ese matrimonio, relación o lo que quiera que sea. Pero sospeche si ella está cómoda y a gusto en el periplo caravanero.” Solo decir que es una verdadera pena que tu puesto no lo ocupe un becario. Pretender decir que las mujeres a las que nos gusta viajar en autocaravana no sabemos comportarnos y tampoco nos hacemos respetar es escribir con la pluma de la DESVERGÜENZA. Ahora sí, Alfonso, calzate los mocasines, súbete el cuello del polo, pásate la gomina por tu pelo y mírate al espejo y repítete: ¡Qué machote soy, vaya articulo que he escrito!

El articulo en cuestión

 




lunes, 4 de agosto de 2025

Flotaba

 

 

Flotaba. La luminosidad del cielo lograba traspasar mi piel. Evidenciaba su poderío. Por momentos, en ese azul velado, se dejaban ver unos trazos negros, como brochazos de Tàpies. Se quedaban orillados, permitiendo que el cielo siguiera marcando la intensidad de la luz.

Y seguía flotando. Abrí los ojos y allí estaban los árboles garabateando el horizonte. Me mantenía tumbada. Flotando. Ningún ruido me llegaba de fuera. Nada. Si acaso, en la lejanía, una sinfonía de sonidos que tenían como protagonista el agua. Imaginé que estaba en medio de una bahía, junto a un palafito. Me pregunté: ¿Cómo sonaría allí el baile continuo de una mar serena? Quizás, ¿entretejerían las olas una partitura abierta, disarmónica?

Los trazos del arte povero de Tàpies volvieron al lienzo que conformaban mis párpados. Ahora más marcados. Negros, gruesos, desdibujando su final. El sol seguía traspasando mi piel. Allí estaba el cielo, azul claro, sin una nube. Lo sentía, lo imaginaba sin verlo. Estaba aprendiendo. Flotaba, ajena a lo que pasaba fuera. Tan solo el cielo. El ardor describía la claridad sobre una mirada hermética. Mientras, la oscuridad reivindicaba su lugar con trazos negros. Dejé de flotar; me daba miedo el piélago alejado de la bahía serena. Nadé, ahora sí, buscando la orilla.

domingo, 3 de agosto de 2025

Verdade absolutas. Las hilanderas o La fábula de Aracné

 

Pues sí. Pasa a veces que crecemos creyendo en una “verdad absoluta” y a la que nos descuidamos, ¡ZASCA!, la realidad nos muestra lo equivocados que estaban aquellos que nos hicieron creer su verdad. Aquellos que nunca pusieron en cuestión lo aprendido.

Y esto de revisionar el conocimiento, pasa en todos los ordenes de la vida, tanto pasa que tenemos que reaprender mucho de lo que nos enseñaron. Como ciudadanos, necesitamos actualizar aquello que aprendimos, es bueno plantearse si mucho de lo que nos dijeron que era incuestionable no es tan solo la mirada de aquellos que no se detuvieron en los detalles.

Por eso, además de estar pendiente de la actualidad es también conveniente pensar, poner en cuestión verdades heredadas.

Los que me conocéis ya sabéis de mi afición a la pintura, de mi querencia por el Museo del Prado. Y es allí donde he vistom en varias ocasiones, el famoso cuadro pintado por Velázquez y que todos conocemos por “Las Hilanderas”.

Siendo niña, una de mis primeras visitas al museo fue en una actividad con mí colegio. En aquella ocasión nos acompañaba una de las profesoras, Sara se llamaba. Era muy estricta, recuerdo que para castigarnos nos enviaba al pasillo, como decía ella, “a pensar”. Como si pensar fuese un castigo. Como bien podéis deducir, salí a pensar en muchas ocasiones, sobre todo cuando me atrevía a poner en cuestión su autoridad mal ejercida o a preguntar aquello para lo que ella no tenia respuesta organizada.

¡En fin! Hablando de Las Hilanderas, como me gustaría que hoy aquella señorita Sara, como a ella le gustaba que le llamáramos, estuviera vivita y coleando para poder escuchar que ese cuadro se presenta, por fin,  cómo lo pintó el artista. Mostrando una realidad más allá de lo que se ve en primer plano.

Y es que ese enorme lienzo, que se midió en su época como: de 3 varas y ¼ de largo y 2 ¼ de caída, actualmente se presenta ante nuestros ojos completamente distinto a como ha sido visto desde el año 1734. Retrocedamos pues: En la Navidad de aquel año, el Alcázar de Madrid, situado donde hoy está el Palacio Real, sufrió un devastador incendio. Fue después de ese incendio cuando al cuadro se le añadieron unas tiras de lienzo a modo de cortinones rojos en los bordes, y también en su parte superior sufrió otro añadido. Así con esos añadidos llegó hasta nuestros días.

El cuadro pasaría, en el siglo XVIII, a las llamadas Colecciones Reales y es en ese momento donde se le pone un nombre obvio, Las Hilanderas. No en vano durante años y años se nos dijo que era lo que el pintor quiso reflejar, un grupo de hilanderas, en el antiguo taller de Santa Isabel. ¡Y ya está! Así de sencillo. Y a otra cosa, que hay mucho que ver en el Museo.

Pero, lo cierto es que cuando Velázquez pinta el cuadro, lo hace contándonos mucho más, al igual que lo hizo en Las Meninas, la escena no es solo una, se yuxtaponen varias realidades. El pintor en Las Hilanderas fuerza una situación que no es la cierta en aquel siglo, ni lugar. En un taller de hilatura no se tejían tapices como el que se ve en el fondo del cuadro, y que es lo verdaderamente importante en el cuadro. Las mujeres que hilan, las que dan nombre al cuadro, el pintor nos las presenta de espaldas, en primer plano sí, pero sin darles la importancia, que le dieron en su momento, quienes pusieron nombre al cuadro.

Así que si ahora nos situamos en el museo frente al lienzo de las Hilanderas, lo podremos admirar sin el añadido superior, ese que quitaba profundidad a la estancia y sin los falsos laterales;  tal y como fue pintado por Velázquez, allá por el año 1657 por encargo de don Pedro del Arce, montero del rey Felipe IV.

La escena, ahora sí, nos cuenta que lo realmente importante está sucediendo al fondo del cuadro. Y es que este cuadro tuvo otro nombre más acorde con la escena que pinta el sevillano, La fábula de Aracné. Si nos fijamos en el fondo del cuadro pareciera que Aracné y la diosa Minerva el pintor la situó en el mismo tapiz, sin embargo lo que verdaderamente es resaltable en este cuadto es que Velázquez pinta en el tapiz el llamado rapto de Europa, copiando al propio Rubens. Por cierto, ambos pintores coincidieron en la Corte de Felipe IV. Velázquez nos cuenta en las Hilanderas algo más, y es que el arte de copiar, muchas veces, es admirar. Él admiraba a Rubens, que a su vez admira a Tiziano, al que el pintor flamenco llegó a considerar un maestro y del que dijo: «Con él, la pintura ha encontrado su esencia».

Y, alguna duda que me queda ¿Por qué Velázquez pinta a Minerva y a la propia Aracné en una situación amigable cuando según la obra Ovidio son enemigas? ¿Qué nos quiso contar, con ese acercamiento, entre la diosa y la propia Aracné?

Y sí, tengo pendiente volver al Prado para, ahora sí, ver el cuadro tal y como lo pintó Diego Velázquez y observar los distintos planos con que realizó la composición. Volver a sentir el movimiento que los pinceles de Velázquez consiguieron que transmitiera la rueca.







Cosas de "vaques".

 


Estos días, dando un paseo, me fijé en dos tipos de herramientas para brindar o recibir información. La más grande y moderna, una altísima torre de antenas de comunicación, en ella la mayoría de sus elementos muy semejantes a los usados por el ejército.

Relativamente cerca, otra señal de comunicación, en este caso, la que usan algunos ganaerus del occidente asturiano. Tuve suerte y me encontré a un vaquero, fue el que me comentó que, esa trozo piel colgada de chivo, al pie del camino, "les advierte a las vacas" que no pasen, que se den la vuelta.

Un poco sorprendida le pregunté:

—¿Qué motivo tendrían las vacas para no pasar por ver una simple piel colgada de un palo?

Encogiéndose de hombros, me dijo, con cierta sorna:

—Pero, ¡mira que os gusta preguntar a las de la capital! —Según me lo decía, sonreía y de forma cordial me invitaba a escuchar sus explicaciones.

—Y, ¿sabias que a las vacas no les gustan nada las cosas colgadas? Aunque sea una simple cinta del pelo, ellas la evitaran. Tampoco les gustan las cosas que puedan ser movidas por el aire, intentaran no pasar cerca y marcharan. Y claro, es entendible. Ellas solo comen hierba pero, a su vez, pueden ser presa de alimañas, mejor evitar el peligro. Deben pensar cuando ven la piel de chivo, ¡PELIGRO! "A este chivo se le comió el lobo”. Mejor no pasar de este lugar. Esto último me lo decía sacudiendo, enérgicamente, una de sus manos que, liberó de la vara de avellano.

Yo me quedé asombrada pero, aun me quedaba por escuchar una clase magistral sobre las vacas y como entender sus señales. Aquel buen hombre decidió que yo iba a ser buena escuchante.

—Mira, las vacas ven mucho más que nosotros por las veras. Y si te colocas atrás de una vaca bajará la cabeza porque de esa forma ven aun mejor a todo su alrededor. ¿A qué no sabias eso? No me preguntes cual es el motivo por el que ven más con la cabeza "gacha". ¡Es así y siempre fue así! Cuando pases junto a un grupo de vacas y quieras saber si alguna se está fijando en ti (aunque parezca que no te mire) tu fijate en como coloca sus orejas. “Elles” las mueven con mucha facilidad hacia todos los lados. Si la dirección que toma una, o las dos orejas, es hacia donde tú estás, es que la vaca se ha fijado en que estás allí. ¡Te tiene localizada!

En ese momento, el hombre me miro y comenzó a reír, creo que me imaginaba, a partir de ese momento, mis caminatas observando las orejas de las vacas, y siguió explicando:

—Si hace viento con solo mirar a las vacas sabrás de donde sopla. Ellas, las vacas, siempre dan “el culo al aire”. Eso tampoco lo enseñan en los colegios de pago. ¿A qué no? Lo ves —Según me decía esto último guiño un ojo, como diciendo, "está si que es buena". Y siguió contandome curiosidades en torno a las vacas. Mientras, apoyaba su cuerpo sobre sus manos que descansaban sobre una buena vara de avellano, hincada firmemente en la hierba húmeda.

Después de un buen rato hablando me despedí de Víctor Manuel, así se llamaba. Me explicó que a su madre le gustaba mucho ese cantante asturiano y por eso le puso ese nombre, aunque a su padre no le hizo gracia.

Al despedirnos el ganadero se subió a su vehículo, un todo terreno que se llevaba en sus ruedas parte de un camino, antes de iniciar la marcha, bajó del todo la ventanilla para decirme:

—En dos días volveré con un hermano. Tenemos que contar las vacas, si aun andas por aquí acercate al alto, allí estaremos.

Sin dudarlo, acepte la invitación. Y sí, hoy fue el día que fuimos a contar vacas.

No os creáis, ha sido cómo hacer una ruta senderista. Estás en lo alto de un puerto de montaña recorriendo las brañas. Una vaca está aquí, la otra cien metros más adelante, otras tres en un claro inclinado del prado, en la cuesta abajo. Otras el mismo camino, hacia delante...

Y allí estaban los dos hermanos cantando lo que pone en el pendiente de cada vaca, crotal para los entendidos. Así dicho no parece nada anormal pero amigos, Victor Manuel gritaba:

—Sirga, la 0735, junto al abrevadero.

A su hermano Miguel también le escuchaba:

—Paca, "la negra", número…, por los helechos de la antena. La Morica la del griñu, junto al camino de Casa Emilio —De está nada se dijo de número. Victor Manuel me aclaró que solo Morica tenia un ojo cerrado. Con mucha sorna añadió—. Con ella no es bueno jugar al mus, te pasa las 31 aun siendo postre.

—Aquí junto a la finca de Jacinto están, la Rubia, la Torda y la Cristal, números... —se escuchaba decir a Miguel.

En ese momento yo ya no podía parar de reír y pregunté a Manuel por los nombres de las vacas, a quién se le ocurrían. 

—Pues los nombres se los pongo yo, bueno no todos, Cristal fue capricho de mi madre. Pero, vamos, no pensarás que las llevo a bautizar a Santa Cristina de Lena… En ese momento, los dos reímos y Miguel, su hermano, que había oído la explicación se unió en una risa contagiosa. Y así finamos de contar vaques.

Son las ventajas de viajar e intentar ser una más en el entorno que se visita. Hablar con los paisanos  y poner en valor su trabajo es muy gratificante, al menos, para mi, pero sobretodo es muy instructivo.
















sábado, 2 de agosto de 2025

La vaca de la saya de yute

                                Foto: Ismael S. Pose

Aquel día, como otros muchos en la India, pareciera que el dios Krishna, ese que es representado como un pastor, había dejado desatendido al rebaño. Y la vaca, protegida con una saya de yute, para salvaguardar su representación sagrada, como lo son todas las vacas indias, miraba al extranjero como queriendo decir:

"¿Por qué osas mirarme de forma tan insolente? Debes saber que yo soy la representación de la madre tierra, de su propia fertilidad; además, soy símbolo de abundancia. Por tanto, deja de molestar mi pausado viaje."

Bueno, también es verdad que lo mismo no dijo eso, pero ¿quién va a desmentir lo sentido ante aquel animal de mirada fija?


Pulgares hacia arriba

 


Aquel hombre permanecía inmóvil, sentado en uno de los laterales de un banco sombreado. Brazo sobre brazo, la mirada fija en un alcorque, convertido en bebedero universal, un oasis para muchos de los pájaros que tienen su lugar de descanso en los árboles del parque. El resto de bancos, a esas horas, vacíos; su momento lo marca el mediodía.

Cuando ya superaba al hombre de brazo sobre brazo, recordé:

Durante aquella mañana, en todos los que me fijé, se mantenían con la vista pegada a una pantalla, con los pulgares ejerciendo a toda velocidad un movimiento continuo, siempre hacia arriba, incansables. Observé esos pulgares hiperactivos en dos o tres terrazas, en mesas con desayunos solitarios y otras que apuraban las sillas a su alrededor. Aquellos pulgares también subían y subían, de forma incansable, en gentes que esperaban un autobús, y…

Y, sin embargo, esta mañana estaba viva fuera de las pantallas. Vi la vitalidad en unos niños correteando en una plaza, ajenos al mundo, viviendo su historia que, en ese momento, para ellos era lo más increíble que estaban viviendo. Una y otra vez se les escapaban las palomas, una y otra vez volvían a su caza. Vi a una joven embarazada, reposando la vida por unos instantes, mientras hablaba. Hablaba y se acariciaba, interactuaba con quien en nada nacería; solo hacía falta mirar la exagerada barriga. Y vi esta mañana la vejez, esa que lleva mucha vida vivida; por eso caminan despacio, saben que las cosas llegan, llegan como llegaron los años.

Y vi mochilas formando un perfecto círculo; a su alrededor, jóvenes, agachadas sus cabezas, como humillados y los pulgares atarantados, imposible verlos quietos.

Pensé entonces que me faltaba un lugar que acogiera, que meciera pensamientos, que despertara historias; pensé en aquella montaña. Ya solo caminé.



Vacas


 

¡Quita! Yo también quiero salir en la foto.

Y si ves a las vacas con esas caras, cómo no vas a fotografiar esa estampa.

Allí, paradas y observadoras, compartiendo un pequeño aperitivo con sus bocas.

Que no sería porque no tenían hierba para comer. Pues, se les antojó a las dos la misma pizca.

Me acerqué a fotografiar un castaño y ellas, que me ven caminar hacia la valla, se ponen tan contentas y se acercan.

Muy flamenca la primera, se acerca hacia mí, me mira con cierta indiferencia y se agacha a comer un poco de hierba. La otra vaca, que también se había aproximado, siguiendo los pasos de la primera, decide que agacharse a comer hierba no, mejor coger la hierba de la boca de la otra vaca, así no perdía ojo a lo que yo hacía.

Pensé: "¡Mira qué dos!"

¿Qué pensarán ellas de mí? Quizás nada o quizás se dirán entre ellas: "Mira qué tonta, se queda hipnotizada mirando dos vacas".

Y sí, suelo ser así; me hipnotiza lo natural. El medio rural lo disfruto y algunas escenas me gusta guardarlas para volver a vivir aquellos momentos.

Esa tarde de la foto hacía calor; al llegar a un pequeño pueblo de los Ancares leoneses, encontramos una sombra bajo un enorme castaño. Sin duda, era una invitación a estacionar la autocaravana y visitar el entorno. Y en una pradera rodeada de una cerca de piedra, allí estaban las vacas tumbadas y relajadas, satisfechas del prado que tenían por comida. Las más jóvenes, juguetonas y atrevidas, vinieron a buscar a los forasteros, a que las miren. Y claro que las miré y ahora las recuerdo con envidia, rodeadas de montañas verdes, de ríos y torrentes, rodeadas de vida.




Forasteros

 

Tiempo de forasteros.

Aquella tarde, en aquel pueblo, nada era distinto a otras tardes pasadas.

Bueno, algo sí había cambiado; aquel día la mirada de Eugenia estaba fija, miraba hacia abajo. Aquella tarde, sentada en aquel banco, frente a su casa, no miraba la esquina. Y era raro; para Eugenia aquella esquina era una ventana a otras realidades; por ella veía pasar alegrías y abrazos que compartían penas.

Por un momento, Eugenia, sin levantar la vista, comenzó a apretarse las manos, cerró los ojos y suspiró. Rompiendo su rutina, se levantó y caminó los diez pasos que la separaban de la puerta de su casa. Ladeó la cortina y, cerrando la puerta, dejó atrás la calle. Ya en la cocina, apoyó su cuerpo sobre la encimera y, por un instante, levantó la cabeza, miró la pared alicatada como si de una obra impresionista se tratara. El albar del alicatado se había teñido. Eugenia no lograba ver ese blanco inmaculado. "Rojo sobre negro en una tarde definitiva" le hubiera titulado.

Nadie más vería salir a Eugenia el resto del día.

Nadie volvió a ver a Eugenia. Nadie preguntó por ella.

Y un buen día, una joven que regresaba a su pueblo preguntó por aquella vieja, la que se sentaba frente a su casa con una sonrisa ahogada. A la que vio una noche abrir la puerta y sacar una pequeña maleta que colocaba en la acera, junto a la puerta que cerró despacio, dando todas las vueltas posibles a la llave. La joven no supo que no cerraba la casa, cerraba la historia.

Nadie en el pueblo pudo decirle a esa joven dónde estaba aquella mujer, la que durante años miraba en soledad la esquina de vida mientras permanecía sentada.

Solo escuchó a una vecina decir: "No era del pueblo. Un día llegó y ella sabrá dónde ha ido; ya sabemos cómo son los forasteros".

¿Y cómo son los forasteros? —preguntó aquella joven mientras avanzaba hacia la puerta, dándose cuenta de que, aquella noche, ella tampoco habló a la mujer que nunca fue del pueblo.

Las soledades apresan sentimientos, obligan a cogerse las propias manos y, a veces, impulsan decisiones.


El patrimonio que perdemos

 

Nuestro patrimonio. Cómo lo dejamos perder por desidia y falta de interés. Cómo se nos ha sido robado e incluso cómo se ha vendido de forma miserable.

Algún ejemplo, de los muchos que se pueden nombrar del expolio de nuestro patrimonio, es el de la portada de la iglesia fortificada de la ciudad burgalesa de Frías. Actualmente luce en la colección del Museo Metropolitano de Nueva York, en el The Cloisters. Junto a ella se puede leer:

Portal Spain, Castilla-León, antes de 1211

From the main portal of the church of San Vicente Mártir at Frías, near Burgos.

Traducido:

Portada de España. Castilla y León, año 1211

Portada principal de la Iglesia de San Vicente Mártir en Frías, cerca de Burgos.

Pero no, no acaba aquí, en Nueva York también se puede admirar LA REJA DEL CORO DE LA CATEDRAL DE VALLADOLID, de 15 metros de largo por 12 de alto. Fue vendida por el Cabildo a través de su tratante de arte a William Randolph Hearst.

Una auténtica vergüenza. Y hoy, también luce en el Museo Metropolitano de Nueva York, mientras los que visitan el lugar valoran la magnífica labor del herrero Rafael Amezúa; él fue quien la forjó en el año 1763.

¿Os acordáis de la película de Ciudadano Kane, que dirigió Orson Welles? Pues esa película está basada en un magnate de la prensa norteamericana; él era William Randolph Hearst. Él compró la famosa reja; lo hizo al peso; el Cabildo se la vendió como chatarra. Fue un auténtico acaparador de arte que arrasó en Europa y, en algunos países, las autoridades civiles y religiosas se lo ponían mucho, muchísimo más fácil. La famosa reja se la vendió la Iglesia por 80 céntimos el kilo, total 500 pesetas, era octubre de 1957.

William Randolph Hearst también se llevó de nuestro país TODO UN CLAUSTRO del siglo XII. Era el del monasterio cistercense de Santa María La Real de Sacramenia, en Segovia. Se le encaprichó al multimillonario americano que pagó 40.000 dólares por un lote compuesto del claustro, la sala capitular y el refectorio.

Se desmontó piedra a piedra y éstas fueron guardadas en cajas y llevadas en camiones hasta Valencia. Desde la ciudad levantina, aquellas cajas viajaron a la ciudad de Nueva York. Fueron un total de 35.784 piedras previamente numeradas las que cruzaron el Atlántico para satisfacer al multimillonario.

Las piedras habían sido embaladas entre paja y, al llegar a la aduana americana, se obligó a que las cajas permanecieran en cuarentena. Una cuarentena que se alargó por años, desde 1929 hasta 1952, año en que el lote de cajas fue comprado. Poco le había importado al avaro Randolph Hearst la Gran Depresión del 29. Tampoco le preocupó tener que tener arrinconadas en un almacén las cajas del claustro comprado. Compraba por acaparar, sin saber ni lo que tenía. Ahora, se puede volver a admirar, está reconstruido piedra a piedra, pero está en Miami Beach, Florida. Se utiliza como un salón de celebraciones y banquetes de boda. Lo bautizaron con el nombre de Monasterio de San Bernardo de Claraval. En fin…

El magnate americano compró también partes del castillo de Benavente. Otro monasterio cisterciense, esta vez el de Óvila en la provincia de Guadalajara…

También en el Museo Metropolitano de Nueva York se encuentra el ábside románico de la iglesia de San Martín de Fuentidueña. Pinturas de San Baudelio de Berlanga, en Soria. Las esculturas de la iglesia de Nuestra Señora de la Llana de Cerezo de Riotirón, en Burgos. También fue saqueado el monasterio burgalés de Arlanza; esta vez esa portada románica está más cerca, en el Museo Arqueológico de Madrid. En el museo de la Universidad de Harvard se exponen pinturas murales del monasterio. Otras de las pinturas están en el Museo de Arte de Cataluña. El sepulcro románico de Mudarra, héroe de Los siete infantes de Lara, se llevó a Burgos. Todos sus pergaminos se han evaporado; están repartidos en colecciones privadas. Quedan para la contemplación las ruinas del poderoso Monasterio de San Pedro de Arlanza, mandado construir en el siglo X por el conde Gonzalo Fernández. Allí, entre sus paredes, se firmaron documentos de la historia de nuestro país, pero parece que a nadie le importa. Los políticos y religiosos han preferido el desmantelamiento, la venta a precio de saldo de un patrimonio de un valor incalculable, todo menos invertir en restaurar.


Y si hablamos de robos, hablemos de no hace tanto, por ejemplo, en 2012 fue sonado el robo de cuatro columnas con sus bases y capiteles del pórtico de la iglesia románica de Nuestra Sra. de la Asunción de Osonilla, donde viven tan solo 3 vecinos. También en la parroquia del siglo XII de San Juan Bautista de Arganza se robó una columna y un capitel. Este pequeño pueblo está también casi deshabitado…

El ya muerto, desde el año 2020, Erik el Belga realizó en nuestro país más de 600 robos en ermitas, iglesias y monasterios. Este personaje se jactaba en las entrevistas de decir: “He robado más de 6.000 obras: retablos, tallas, tapices, cuadros, orfebrería, libros, algunas de un valor incalculable”. Pero no se nos debe olvidar que robaba porque existía y existe un mercado que compraba y sigue comprando. Él era un ladrón y los que encargaban los robos o compraban lo robado, otros ladrones. Tanto Erik como sus clientes nos robaban a todos y cada uno de los ciudadanos de este país.

En fin, que mientras los claustros de nuestro patrimonio han navegado o están en entredicho como el famoso de Palomos… Aquel que saltó a la fama en 2012. Se trataba de un claustro románico del siglo XII que estaba dentro de una finca privada de Gerona y que, según algunos expertos, pertenecía a la Catedral Vieja de Salamanca. La investigación de un historiador desvelaría que ese claustro pertenecía a Salamanca y a todos y cada uno de los ciudadanos de este país. Eso sí, nos enteramos de que antes que en Palamós estuvo en casa de una marquesa en el barrio de Ciudad Lineal en Madrid. El 23 de julio de 1958 se realizó el contrato de compraventa por un millón de pesetas, por el cual Hans Engelhorn, antepasado del actual propietario, adquiría el conjunto arquitectónico. El claustro volvió a ser numerado, desmontado y transportado en camiones desde Madrid a Palamós. Se pidió que se autentificara a principios de los años 60 a una experta de arte europeo en el Metropolitan de Nueva York que, a través de fotos, declaró que no era verdadero. Y es que donde esté una buena foto, que se quite una investigación a pie de piedra, eso lo sabe todo el mundo. Lo saben hasta en la Diócesis de Salamanca, que dicen que ellos pasaban por allí y que no saben, que para eso están los expertos.


Y así seguimos… Con una España que vacían, donde es imposible custodiar toda su riqueza patrimonial. Estoy pensando que cuando hemos visitado lugares como, por ejemplo, San Pantaleón de Losa, suelo comentar lo expuesto que está el arte en nuestro país. Poco importa su correcta conservación, que poco se intenta conservar portadas como la de la iglesia mencionada, donde en su portada sobresale su inmenso atlante.

Y es que poblaciones con menos de 20 o 10 vecinos que vivan todo el año de forma habitual, la mayoría de ellos ya muy mayores, se vacían de vida y se exponen a que el patrimonio de todos se siga perdiendo. Casas blasonadas que se derrumban, castillos a los que se les van derrumbando sus paredes, cayendo unas piedras sobre otras, amontonándose en el mejor de los casos y en otros, formando parte de muros, más o menos lejanos.


Recuerdo ahora la mayor fortaleza musulmana de Europa, que está en Gormaz y… Sobrevive el perímetro a base de parches, pero estos llegaron cuando su derrumbe era prácticamente total. Una auténtica pena ver el estado en que se encuentra.

Por no hablar de cómo se encuentra la Iglesia de Valpuesta, a día de hoy, de la que podemos decir que es el lugar donde se hallaron los Cartularios de Valpuesta del siglo IX; se está cayendo literalmente. Y es un lugar del que, ahora sí, se afirma que es donde se escribieron las primeras letras en romance y que serían la base del castellano. Con permiso de San Millán de la Cogolla. En 2020 era de vergüenza ver el estado de la iglesia. Su retablo, del mismo autor que hizo el de la catedral de Burgos y con figuras del mismo tamaño y valor, se encuentra prácticamente sepultado por el polvo de varios siglos que ahoga la pintura que cubre las fantásticas imágenes.


Viajar nos llena de alegría la mayoría de las veces; otras, por el contrario, no causa un inmenso cabreo. Aun así, somos un país con mucho patrimonio histórico y de carácter religioso y nos corresponde defenderlo no solo del robo, también del mal hacer de algunos políticos, de la avaricia de millonarios sin escrúpulos, del robo y del vandalismo de gente ignorante.

Frente a un tipo de turismo de playa y chiringuitos que intentan atraer algunas ciudades y pueblos, existe un turismo cultural que desea viajar, por ejemplo, a la Colegiata de Cervatos, en Cantabria, para admirar la que se ha dado en llamar la catedral europea del arte erótico en una construcción románica. Viajeros interesados en saber cómo funcionaban los antiguos batanes movidos por agua y que hacían que mantas y capas tuvieran la textura necesaria para combatir el frío.

Allí, en aquellos batanes, estaban los tejidos siendo, de alguna forma, apelados durante más de 30 horas. Se les daba la vuelta en más de tres ocasiones y, al final del proceso, la prenda en sí había encogido y se quedaba en una tercera parte; era ya una manta. Por cierto, en el Quijote se habla de este proceso y de cómo el hidalgo y su fiel escudero Sancho estuvieron toda una noche en vilo porque escuchaban golpes y más golpes y no sabían a qué se debía semejante ruido. Resultó que eran seis batanes trabajando. El susto se lo llevaron ellos; Cervantes nos contó a sus lectores cómo los batanes no paran de golpear las prendas ni de día ni de noche. Sin embargo, hoy pocos viajeros pueden descubrir lugares donde estos artilugios estuvieran funcionando.

Por no hablar de algo más reciente como es el Pozo Ibarra en la cuenca minera del Gordón en León. Cuando visitas el pozo minero y ves allí el antiguo castillete, oxidado; las construcciones abandonadas hace pocos años y ya derrumbadas. La maquinaria oxidada, los carriles de las vías por donde circulaban las vagonetas arrancados… Un lugar que podría generar una gran riqueza a una comarca llegada por las visitas turísticas se ha convertido en una ruina.

Una pena cómo nos castigan o nos castigamos cuando no somos capaces de decir alto y claro. ¡Cuiden de nuestro patrimonio! Legislen e impidan que la desidia acabe con siglos de historia.

NOTA:

En Madrid podemos admirar el Templo de Debod, situado en lo que antes fue el Cuartel de la Montaña. En este caso fue el Gobierno de Egipto quien regaló este templo a nuestro país, en señal de agradecimiento, por la colaboración que, junto a otros países, hicieron posible salvar los templos de Nubia. Por cierto, templos que podrían desaparecer con la construcción de la presa de Asuán.

En París, en la plaza de la Concordia, luce el Obelisco traído también desde Egipto y que pertenecía al Templo de Luxor. Por cierto, el presidente francés Mitterrand devolvió a Egipto un segundo obelisco durante su primer mandato.

En fin…



viernes, 1 de agosto de 2025

La tata Juana



Allí estaba ella, en una mañana muy fría, esperando, de forma paciente, a que el semáforo la invitase a cruzar la calle, su calle.

Es una mujer menuda, demasiado delgada para su edad; tiene una apariencia frágil y pasa desapercibida. Desde hace unos meses, se ayuda de un bastón. Un bastón que bien hubiese podido pertenecer a la colección del Sr. Gala. Camina con elegancia, como si aquel apoyo fuese solo un elemento de distinción.

Hasta hace unos meses, quizás menos de seis, se la veía llegar cada día a su cita con el desayuno más castizo de Madrid, esto es, «una mediana con churros». Entraba sonriendo, siempre con un periódico bajo el brazo. Y desde la barra del bar El Zamorano, el camarero, con acento gallego, cada día le brindaba la misma frase:

—¡Buenos días, señora Juana! ¿Lo de siempre, verdad? ¡Marchando una de churros! Y el café en mediana y bien caliente.

—Gracias, Diego. Esa era su escueta respuesta. Mientras, tomaba asiento en la mesa de siempre, un rincón que, a esas horas, nunca ocupaba nadie; todo el mundo sabía que era el lugar de ella.

El bar era un bar de barrio; se conocían todos, quizás ese era su mayor atractivo. Bueno, y también era de resaltar su enorme cristalera; a través de ella se podía ver el ajetreo de cada mañana. Se veía a los repartidores buscando un hueco donde aparcar camiones y furgonetas de reparto; si era necesario, se subían a las aceras; a las mamás corriendo al llegar tarde al

Trabajo, tras dejar a los niños en el colegio; a la estación de metro tragando gente continuamente... A la hora en que desayunaba la señora Juana, los cierres de persianas avisaban de que comenzaba la actividad; su alzada daba el pistoletazo de salida a la rutina de un día laborable.

Y a esa misma hora, en el Zamorano, como aislada de todo y de todos, solía encontrarse a la señora Juana leyendo el periódico, consumiendo la mañana. Haciendo de la hora del desayuno un momento de avaricioso individualismo. De vez en cuando, dejaba de leer para observar la vida del vecindario, emitida por aquel enorme ventanal, y anotaba, anotaba lo que seguro, en unos días, sería su columna en el diario en que colaboraba.

En los últimos meses, la señora Juana sale más tarde de casa, camina de forma lenta, con la tristeza dibujada en su cara, y va directa al mercado. Esa es ya su única rutina.

Cuando pasa por El Zamorano, mira aquella cristalera, ahora oscura, apagada. ¿Qué pensará al ver, día a día, el cierre bajado?

En los puestos del mercado todo el mundo la conoce y saluda.

—¡Buenos días, señora Juana! Le dice la panadera, atareada en colocar las barras de pan que aún, a esa hora de la mañana, siguen estando en la canasta. Hasta unos minutos antes, estaba desbordada despachando bollería a los chavales del instituto.

El pescadero que, como el resto de vendedores, la conoce desde siempre, le dice con una sonrisa:

—Hoy hemos madrugado.

—Cuando acabe en la carnicería, venga a saludarnos —añade, Encarna, sin parar de trocear el pollo que tiene entre manos.

—¡Buenos días, señora Juana! —¿Qué ponemos hoy? —interroga Antonio, el carnicero, mientras se sujeta, con una lazada, en la parte delantera, un delantal de un blanco inmaculado.

—Poca cosa. Un arreglo para cocido y unos filetes que sean buenos.

—¡Muy bien! Le pongo también unos huesos, ¿verdad?

—Sí, sí, pero el de espinazo que sea pequeño, que luego mi hija dice que la comida está añejada.

—Bueno, pues aquí tiene los avíos del cocido y los filetes.

Juana abre su monedero y pregunta:

—¿Cuánto te debo, hijo? Pero, ¡qué cabeza tengo! Que no metí el dinero. ¿Qué hacemos ahora?

—Nada. No se preocupe. Ya está solucionado.

—¡Esta hija mía! Está en todo. ¡Claro! Me oiría ayer decir que hoy haríamos puchero y se adelantó a pagar. Con todo lo que ella tiene y aún le queda tiempo para preocuparse de estas cosas. ¡Cuánta guerra le doy!

Mientras la señora Juana se preocupaba por la faena que daba a su hija, el carnicero hace un guiño muy disimulado, tanto que si estuviera jugando al mus, bien podría estar avisando que llevaba 31 y no quisiera que le viera nadie. Fue un guiño que pasó desapercibido para aquella anciana; iba dirigido a un joven que acababa de entrar en el mercado. Era alto, guapo y lucía un traje que le sentaba muy bien. Un hombre que esperó a que aquella mujer estuviese lejos del mostrador para acercarse él. Entonces dijo:

—¡Buenos días! ¿Cuánto ha sido esta vez? —preguntó el trajeado Didier al carnicero.

—Tome la nota. ¿No sería más fácil que usted o alguien de su confianza hiciera la compra?

—Más fácil, seguro. Pero mejor para ella, no.

—¿Usted cree? —preguntó el carnicero que, esta mañana, parecía que tenía ganas de conversación.

—Ella piensa que sigue viva su hija, que ella le ayuda viniendo a comprar y eso es suficiente. —El tono del joven ponía punto y final a las explicaciones que estaba dispuesto a dar.

—¡Ya! Pero todo el mundo en el barrio sabe que su hija murió hace unos meses.

—Usted cobra cada venta, ¿verdad? Pues, déjese de peros. Sí, todos saben que su hija murió; ya es suficiente. ¿No lo cree usted así?

Didier se despidió del carnicero esta vez con cierto enfado. Salió del mercado después de pasar por la frutería para pagar el encargo que había realizado Juana. La fruta se la subiría María, la frutera, al cerrar al mediodía. Esa tarde no se abriría el mercado.

Poco después de salir del mercado la señora Juana, aquel joven también caminaba por la calle en silencio, mirándola desde lejos. Seguro que iba pensando, como siempre hacía, en que no llegó a tiempo para que supiera que él siempre estaría con ella. Aquel joven entró en un portal antiguo, oscuro, situado frente al de la señora Juana. Subió al primer piso; lo hizo por unas desgastadas y chivatas escaleras de madera. Sacó la llave de un

bolsillo de su americana y abrió la puerta; en ella lucía una chapa dorada con su nombre completo y debajo, en letras más grandes: Abogado.

Se sentó frente a su mesa y miró la foto en la que se veía a la señora Juana, abrazando el retrato enmarcado de un pequeño niño. Vestía una camiseta harapienta. Lo acababa de apadrinar. En aquella foto él tenía tan solo cuatro años.

Ahora, él no puede dejar de pensar en la promesa realizada cuando dejó de caminar descalzo y tuvo su primer balón. El primero en su aldea. «Cuando sea mayor, viajaré hasta donde esté ella y la cuidaré como si fuese mi verdadera madre».

El teléfono comenzó a sonar, Didier descolgó y escuchó a Virginia, que le avisaba que doña Juana, ella siempre la llamaba así, ya estaba en su casa.

Didier aún tenía tiempo hasta que llegara su siguiente cliente; dejó el portafotos y miró por la ventana, pensando en que solo hubiese tenido que llegar a España un año antes, tiempo suficiente para volver a abrazar a aquella mujer que siempre actuó como una madre. Tanto le quería, que siempre, por años, se hizo cargo de todos los gastos de sus estudios. También de sus viajes para pasar juntos, en familia, unos días por Navidad. ¿Y ahora? Ahora ella ya no le conocía, le rechazaba, no soportaba su presencia. Solo quería estar con su hija. Y Virginia cumplía su papel a la perfección. Ese fue el acuerdo cuando Didier la contrató; ella tenía que hacerse cargo de esa mujer como si también fuese su madre.



A última hora de esa tarde, Didier salió del despacho para ultimar unos detalles con un cliente. Al volver, ya de noche, supo que le sería imposible conseguir parar un taxi; tendría que ir caminando. Eran cientos y cientos las personas que se estaban congregando en la Puerta del Sol. Algunos ya sostenían botellas de champagne o sidra y, al pasar junto a ellos, le invitaban a que tomase un sorbo; otros hacían sonar sus matasuegras a su paso. Y entre tanta alegría, Didier se abría paso con dificultad. Al alejarse de la multitud, sintió el frío de aquella noche. Se subió el cuello de su abrigo y, mientras su mano derecha se sujeta la solapa para abrigar la garganta, su otra mano buscó en el bolsillo un pequeño amuleto; se lo había regalado su madre cuando dejó la aldea para seguir con sus estudios. Ya de regreso, Didier se dispuso a preparar la cena; también colocó en un bol un racimo de uvas. Se lo había apartado esa mañana la frutera. Al dárselas le dijo sonriendo:

—¿Sabe que hay que comer una uva con cada campanada, verdad?

Sonó el teléfono:

—Dígame —contestó él.

—¿Didier? Feliz año. Aunque allí, en Madrid, aún será por la tarde, ¿verdad?

—Sí, sí, aquí aún quedan unas horas para acabar el día.

—Bueno, solo quiero saber si te has pensado la oferta; ya sabes que la hemos mantenido todo el año, pero…

Didier interrumpió la conversación para decir de forma tajante: —Sí, la pensé. Y, como ya te he dicho estos meses, la respuesta es NO. Tengo que cuidar a mi tata Juana. Me hubiera gustado el trabajo en el bufete de Singapur, pero no. No puedo ir. Ahora no puedo abandonar Madrid.

El silencio desde el otro lado dejaba escrito el desconcierto. El mejor alumno de su promoción en Harvard University renunciaba, definitivamente, a un trabajo pagado con miles y miles de dólares. Lo hacía para trabajar en un despacho de barrio, sin nombre. Y, sobre todo, la abandonaba a ella para cuidar a una mujer vieja, que ya ni siquiera le conocía, ni tampoco era su verdadera madre.

—Emma, perdona, te tengo que dejar, estoy con los preparativos de la cena. ¿Me comprendes, verdad? Gracias por llamar y te deseo lo mejor.

Cuando Didier se dispuso a cenar, se sentó frente a la ventana. Desde allí puede ver cómo Virginia acompañaba a doña Juana a la mesa. En ese momento, en un gesto elegante, se levantó hasta que ambas mujeres estuvieron sentadas.

Cuando, en la calle, comenzaron a sonar los primeros petardos anunciando el comienzo del Año Nuevo, Didier, sin apartar la vista de aquella ventana, se sirvió una copa de champagne, se abrochó la americana y llamó por teléfono.

—¡Feliz año, Virginia! Ha sido una noche perfecta. Antes de que acompañes al dormitorio a la señora Juana, quería brindar por este nuevo año y desearos feliz descanso.

Didier salió de casa para unirse a una fiesta con amigos de su país. Ya en la calle, miró la casa de Tata Juana y se sintió feliz. Metió la mano en su abrigo, sacó el amuleto y lo acercó a sus labios, lo besó y, levantando la vista al cielo, dijo muy, muy bajito, tanto que solo lo escuchaba él: «Madre, estoy cumpliendo mi promesa». Luego volvió la vista hacia su despacho; la ventana seguía con las cortinas descorridas y la luz de su mesa encendida.



Antiguos molinos

 

Hoy fui en busca del molino de las Juntas. 

Llegar hasta él, por el antiguo camino, lleva su tiempo y permite ir pensando. Eso sí, sin perder de vista el terreno pedregoso que se pisa. 

Y recordé haber leído que en torno a este día, 25 de junio, era cuando el mucho o poco cauce del río podía marcar el fin de la actividad de la molienda que, con seguridad, habría comenzado, y con mucho trabajo, a primeros de noviembre.



Conseguir llegar al molino no es fácil. El sendero está prácticamente desaparecido; solo la intuición ayuda a salvar el desnivel que permite situarse al nivel del río Adaja, que en estos días, y debido a las recientes lluvias, aún es capaz de poner la banda sonora en el lugar. 

Algunas torrenteras visten como de encaje parte de la superficie del agua. 



El molino, de una sola planta, está cerrado y una ventana da la pista de que su interior está en ruinas. 

Imposible rodearle; la maleza ha contribuido a su actual aislamiento y no deja ver nada más que la vieja pared; en ella, como queriendo hacer justicia, el nombre de Las Juntas. El año, ya borrado, como si fuese un anticipo del propio abandono que le tocaría sufrir. 



La pequeña presa, encargada de cortar el fluir del agua del río para que esta fuese represada en una balsa y llevada de forma canalizada al viejo molino, en un día como hoy, de tanto calor, invita a un refrescante baño. 



Ese agua que antaño llegaba al molino para poner en funcionamiento el rodezno y, con él, todo el mecanismo necesario para moler el cereal. 

Y hoy, allí, donde los berrocales quieren seguir siendo parte del paisaje y servir de posadero para los buitres, hoy, esta mañana, y de bien temprano, no se escuchaba hablar ni de fanega, ni de arroba, ni de libra, ni de marco, ni de ... Hoy, solo alguna rana, algún pájaro eran los encargados de romper el silencio. 

Y allí, cobijada del calor, por el maravilloso bosque de ribera que protege la orilla del Adaja, una siente que la modernidad ha sido muy injusta con determinados gremios. 

Ver los molinos cerealistas perderse, sentir que los caminos que hasta ellos llegaban desaparecen, que la historia de un pasado tan cercano queda silenciada, me entristece. Pienso que es injusto que estas construcciones se encuentren en ruinas. 

Un patrimonio etnográfico de primer orden quedará borrado para futuras generaciones. 



Los caminos carreteros, aquellos en que las bestias eran las auténticas protagonistas, han perdido la historia de las gentes que los transitaban. 

Atrás quedan los malos años de cosecha, cuando el molino no rendía al máximo por falta de trabajo; serían tiempos duros. Tiempos que se contrarrestaban con aquellos años, donde los campos parecían bendecidos por el mejor de los climas. Años de redoblar esfuerzo, de incluso moler alumbrados por candiles. 

¿Y quién contará ya esas historias, quién hablará del trueque, quién nos dirá cómo eran aquellos días, cuando el camino era un ir y venir al molino, a los molinos?



Cuando la mañana avanza, una se da cuenta de que el sendero del río atrapa. Es hora de un pequeño almuerzo y media vuelta, y es en esa vuelta cuando pienso en lo ecológicamente sostenible que era un molino. Como el agua, tras cumplir su función de molienda, vuelve al río por el cárcavo y por el socaz, que no es otra cosa que un canal, esta vez de desagüe. 

Y pienso en los molineros y sus familias, en la estrecha relación con el río; sus aguas marcaban el ritmo de su vida, esas aguas fueron su motor.



Seguramente, un río del que los vecinos tendrán cientos de historias que contar. Historias reposadas que son en sí mismas la historia del propio pueblo.

 Y al volver, el ascenso se hace pesado, el calor aprieta, pero el paisaje que rodea este lugar, donde los cortados del Adaja se ven prácticamente caer en vertical, ayuda a que poco a poco volvamos a presentir que el río está allí abajo. 

Ya no se escucha, tampoco se ve. Solo se intuye.

Atrás ha quedado una mañana que ha sido un homenaje a los molineros. Ellos eran el último eslabón en la cadena cerealista; ellos eran los que sabían de las alegrías y también de las penas de los que tenían que recoger la siembra. 

¿Qué podrían contarnos ahora aquellos molineros? ¿Qué sentirían aquellos días de mucha faena, cuando había que llenar una y otra vez la tolva? 

¿Cuántas fanegas serían molidas en un día? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Muchas más?

Preguntas que hoy quedan en el aire, pero mañana ni serán. 








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