Disparos
y olvido
Ana
Pose
La estancia
era oscura; tan solo cuando se interactuaba en el lugar, de eso hacía
ya mucho, todo el espacio se iluminaba. El resto del tiempo, solo
había oscuridad. Pero, aun así, a pesar del olvido en que se habían
sumido quienes allí estaban, había comunicación. Se intercambiaban
opiniones y hasta reproches. Aquella tarde, quizás debido al calor
—era mes
de julio— o quizás a que desde aquel espacio sin acción sí se
observaban movimientos cercanos, los ánimos comenzaron a caldearse.
—El
puente de Rialto, sin duda, es imprescindible. Bien es verdad que
había mucha gente, demasiados turistas, pero ella estaba allí;
había viajado para ver el lugar, para verme. ¿Qué la hizo cambiar
de opinión? ¿Por qué me olvidó?
—¡Hombre!
Según tengo entendido, fueron varios los disparos. Y no hubo
resultados positivos. Vamos, la prueba eres tú. Fijaos, está como
para ser enmarcado —las carcajadas no dejaron escuchar al aludido—.
Pero, tranquilo, que lo mismo alguna vez recuerda el viaje y te
busca.
—Pues
creo que te ha olvidado, y para siempre; por muy de Venecia que seas,
vamos como a mí, y eso que soy de Valencia de Alcántara —esto lo
decía un hombre sentado a la solana, con el sol remarcando las
arrugas de su rostro y un inmenso puente a sus espaldas—. No sé,
creo yo que estaría nerviosa, que la cosa no salió como esperaba.
Pero, es verdad, no llego a comprender qué les pasa por la cabeza.
Porque son capaces de recorrer mil kilómetros, aguantar a miles de
turistas y,
luego, olvido.
—¿Y
eso lo dices tú, viejo? Porque, según nos has contado otras veces,
en tu caso fue solo un disparo, pero fue tu hija quien lo hizo. ¿Me
equivoco? Y también andas por aquí, como el resto, olvidado. Ya
nadie te busca. Así pues, tiene que existir otra explicación para
tanta olvidanza.
Aquella
afirmación le dolió bastante al anciano; su semblante, que siempre
transmitía serenidad, quedó inexpresivo. Él se sabía viejo y
cansado, muy cansado y dolido. «Porque los huesos duelen», solía
decir, cuando aún vivía en su pueblo, a quien paraba a echar un
cigarro o, simplemente, a saludarle. En ese momento seguro que
pensaba que duelen los huesos y la ironía mal usada. Él bien sabía
por qué estaba allí, postergado. Quien disparó también debió
morir, entonces, ¿quién me podría recordar?
A
la conversación se sumó la voz femenina que todos esperaban; ella
era la que la mayor parte de las veces imponía cordura:
—Pienso
que hablar así a un anciano no está bien. Estar aquí ya nos
debería unir; estamos en la misma situación. Sufrimos los mismos
castigos: abandono y olvido.
—Tienes
razón. Además, tu caso es de los más crueles; estamos hablando,
nada más y nada menos, que de la Torre Eiffel. Y según nos has
dicho, más de una vez, en tu caso no fue el número de disparos,
¿verdad?
—Verdad.
En mi caso fue la luz. La maldita iluminación del cambio de siglo.
Aquel año 2000, todo el mundo quería admirar el París de noche.
Recuerdo que en Trocadero se agolpaban al atardecer cientos de
personas, o quizás eran miles. Lo único cierto es que yo solo
recuerdo un disparo, luego nada más. Quedé encerrada; nadie me
recuerda desde aquel día. ¡Nadie! —La voz sonó desgarradora.
—Venga,
venga, ya estáis como cada día. ¿Cuándo vais a terminar de asumir
que sois tan solo un número? ¡Que
algunos de nosotros ni nombre tenemos!
—quien
hablaba era un joven que siempre estaba subido a un monopatín.
La
pregunta del joven se repetía una vez más, y la respuesta, como
cada día, era siempre la misma: silencio. Todos sabían que tenía
razón. El Puente de Rialto, la Torre Eiffel, la Sagrada Familia, la
estatua de Fernando Pessoa en Lisboa… El disparo fue certero, les
dio de lleno, pero después, ¿quién era culpable de su encierro y
abandono? Bueno, no, la afirmación correcta es que las
circunstancias del disparo eran las culpables.
De
pronto, se escuchó una voz temblorosa; hablaba por otras muchas: Por
las compañeras de trabajo, por la vecina de la abuela, por los niños
de aquella obra de teatro, por el primer día de playa… Hablaba
también por la casona desvencijada, por la puerta remendada, por el
trillo desempedrado, por las calles famosas: Sierpes, Larios, Gran
Vía, Quinta Avenida…
—Me
vais a perdonar, yo, como muchas de vosotras, también fui olvidada.
Y mi pena, como la de todas aquellas a las que represento en este
momento, es doble, nos olvidaron por dejadez. En muchas ocasiones ni
recuerdan el lugar donde nos dispararon. Nadie, casi ni nosotras
mismas, recordamos ya quiénes somos, dónde estábamos el día del
disparo.
En
ese instante, un ruido inesperado impuso el silencio; la conversación
se detuvo. Y, de pronto, la luz. Una luz ya olvidada, cegadora,
acompañó a lo que parecía un movimiento sísmico; una tras otra
parecían ir tomando vida. Y se escuchó una voz fuerte, distinta,
una voz desconocida. Pero, enseguida, alguien la asoció a los
disparos y susurró su nombre; la incertidumbre se apoderó del
lugar. Era verdad, era ella, la que siempre disparaba. ¿Qué se
proponía? Hacía años que no la veían. Y si ahora pretendía hacer
desaparecer su obra. De pronto la escucharon; hablaba sola:
—Aquí
están. ¡Cuántos recuerdos! Venecia, ¡madre mía! ¿Cómo se
llamaba? Sí, ya recuerdo, era el Puente Rialto. Y aquí está la
Torre Eiffel… ¿Y esta? ¿Dónde era? ¡Ah! Sí, había un centro
que se llamaba Casa de los Lobos, por las maravillosas gárgolas, ¡un
edificio precioso! Si no recuerdo mal, del siglo XIII. Sí, ya
recuerdo el momento de esa foto y esa calle; llevaba a la Plaza del
Mercado —y tras un momento, surgió una pregunta—: ¿Por qué la
olvidé? Si ahora hasta recuerdo el inmenso crucifijo en su iglesia,
de una sola pieza de madera, casi seis metros medía, una obra de un
ruso. Y también recuerdo de qué hablaba mientras paseaba aquella
calle. La recuerdo estrecha, con la iglesia al fondo, con el farol
rompiendo la verticalidad; estábamos en Caylus, en el valle de
Bonnette. Fue el año que hicimos la ruta «Francia sin autopistas».
De
repente, aquella calle fue separada del resto de fotografías,
apartada en otra carpeta. Se le dio un nombre: Caylus2018.jpg. En
seguida se encontró a más conocidas; iban llegando, también
renombradas.
De
pronto, una sacudida se sintió en aquel rincón abarrotado de
fotografías olvidadas. Era un espacio desordenado, sin fechas, sin
nombre de lugares y una de ellas era rescatada. La incertidumbre y el
deseo de ser la siguiente se apoderaron de aquel espacio.
Ahora
sí, parecían pensar los cientos, incluso miles de fotografías que
allí se encontraban, ahora sí que nos van a sacar del olvido. Entre
unas y otras había miradas cómplices. Cada una de ellas esperaba
volver a ser la foto con nombre que la identifique. Todas, todas
querían volver a ser el recuerdo, a dejar de ser las olvidadas.
En
aquella carpeta, donde iban todas a parar, no para ser guardadas,
sino para liberar espacio, llevaban años. Pasaron de ser la captura
del momento a ser, simplemente, un estorbo que llenaba una memoria.
Y,
de pronto, en algún rincón de aquel ciberespacio, se escuchó a
quien sus conocidos llamaban Ricardo; hablaba con quienes parecían
familia:
—¡Oye!
¿Te fijaste en el decorado de la foto de boda de la abuela Jacinta?
—Como
para no fijarse, con aquel rosal en el fondo, ¡las ramas tenían más
rosas que hojas! —El grupo comenzó a reír como hacía tiempo que
no reían.
—Mira,
fíjate, la novia sentada, de forma muy recatada, las manos
recogidas, como rezando, sobre un vestido de color negro y luciendo
un pequeño pañuelo de encaje.
—El
pañuelo tan solo sería de adorno, porque apenas le cubría el
cabello que, por cierto, lo tenía recogido en un moño, un peinado
que, mira, deja ver unos zarcillos con una piedra de color ámbar
engarzada. Luego he visto yo esos pendientes a alguien más de la
familia.
—Y
fíjate en Basilio, el novio —dijo también Ricardo—. Está de
pie, muy firme, con su mano derecha reposando sobre el sillón,
vestido con pantalón y chaqueta, también de color negro, resaltando
aún más el blanco inmaculado de la camisa. El cuello se mantenía
cerrado con una corbata tan bruna que hacía pensar que el traje era
más bien gris.
—Y
en esta foto están los invitados —se escuchó decir a una voz
femenina—. Creo que es la familia del abuelo; eran de otro pueblo.
—Y,
fijaos, aquí están las fotos de los bautizos, mira, una, esta otra
y esta del más pequeño, de Luisito.
—Bueno,
y estas de los hermanos ya mayorcitos, sentados en sus pupitres con
un mapa de España a la espalda. ¡Qué fuerte! Vaya pintas, mirad
las trenzas.
—Y
¿te fijaste que junto a las fotos había también postales?
—Sí,
claro que me fijé. Había una que estaba bordada alrededor de una
escena, en la que una mujer se columpiaba en un bosque. Creo que la
envió el tío Juan desde la mili.
—Sí,
esa la recuerdo. Ahora me ha venido a la cabeza otra foto, una de la
mili del hijo mayor, de Agustín, creo que era. Se le veía en El
Aiún. En medio del desierto.
—Tienes
razón —afirmó la voz femenina—, estaba junto a algunos
compañeros; todos rodeaban una cantimplora y uno de ellos andaba
subido sobre otro que iba en busca de agua. A lo mejor era el tío,
no recuerdo. Pero se estaban divirtiendo.
En
ese preciso instante, cada una de esas fotos, todas de la familia de
la abuela Jacinta, sintieron un pinchazo y, de forma súbita, fueron
transportadas. Una a una, pasaron a ocupar un nuevo lugar; era
amplio, estaba limpio, se respiraba orden. Una vez dentro, fueron
renombradas: boda_Jacinta1928.jpg, invitados_bodaJacinta.jpg,
bautizoLuisito1942.jpg, primaAdelina.jpg…
De
improviso, sintieron que se cerraba el lugar donde habían sido
trasladadas. Volvían a quedarse a oscuras. Unas y otras preguntaron
y, sí, estaban todas; todas eran familia.
El
resto de fotografías pudo ver cómo a aquella carpeta, recién
creada, se le ponía el nombre: Abuela Jacinta.
Después
vinieron otras carpetas: Italia, Francia, Familia, Vecinos, Madrid…
Poco
a poco, aquel lugar se iba quedando vacío; tan solo quedaba un
puñado de fotos, no llegaban a cincuenta. Se habían quedado solas,
descabaladas y, de pronto, volvió la oscuridad. Por un momento, las
que allí quedaron pensaron en lo peor. ¡Nos borrarán! De pronto
todas enmudecieron ante aquella afirmación.
Tan
solo una fotografía, de un acantilado desde el que se veía una
puesta de sol, dijo: «No nos borran, seguro que mañana nos
imprimen, somos el recuerdo imprescindible, el primer beso, el viaje
de novios… ¿No os dais cuenta? Somos parte de aquella relación».
Y…
y de pronto… un mensaje:
«¿Confirma que quiere eliminar 47
archivos?».
Publicado en el Diario de Ávila el 10 de agosto 2025