lunes, 4 de agosto de 2025

Flotaba

 

 

Flotaba. La luminosidad del cielo lograba traspasar mi piel. Evidenciaba su poderío. Por momentos, en ese azul velado, se dejaban ver unos trazos negros, como brochazos de Tàpies. Se quedaban orillados, permitiendo que el cielo siguiera marcando la intensidad de la luz.

Y seguía flotando. Abrí los ojos y allí estaban los árboles garabateando el horizonte. Me mantenía tumbada. Flotando. Ningún ruido me llegaba de fuera. Nada. Si acaso, en la lejanía, una sinfonía de sonidos que tenían como protagonista el agua. Imaginé que estaba en medio de una bahía, junto a un palafito. Me pregunté: ¿Cómo sonaría allí el baile continuo de una mar serena? Quizás, ¿entretejerían las olas una partitura abierta, disarmónica?

Los trazos del arte povero de Tàpies volvieron al lienzo que conformaban mis párpados. Ahora más marcados. Negros, gruesos, desdibujando su final. El sol seguía traspasando mi piel. Allí estaba el cielo, azul claro, sin una nube. Lo sentía, lo imaginaba sin verlo. Estaba aprendiendo. Flotaba, ajena a lo que pasaba fuera. Tan solo el cielo. El ardor describía la claridad sobre una mirada hermética. Mientras, la oscuridad reivindicaba su lugar con trazos negros. Dejé de flotar; me daba miedo el piélago alejado de la bahía serena. Nadé, ahora sí, buscando la orilla.

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