Pues sí. Pasa a veces que crecemos creyendo en una “verdad absoluta” y a la que nos descuidamos, ¡ZASCA!, la realidad nos muestra lo equivocados que estaban aquellos que nos hicieron creer su verdad. Aquellos que nunca pusieron en cuestión lo aprendido.
Y esto de revisionar el conocimiento, pasa en todos los ordenes de la vida, tanto pasa que tenemos que reaprender mucho de lo que nos enseñaron. Como ciudadanos, necesitamos actualizar aquello que aprendimos, es bueno plantearse si mucho de lo que nos dijeron que era incuestionable no es tan solo la mirada de aquellos que no se detuvieron en los detalles.
Por eso, además de estar pendiente de la actualidad es también conveniente pensar, poner en cuestión verdades heredadas.
Los que me conocéis ya sabéis de mi afición a la pintura, de mi querencia por el Museo del Prado. Y es allí donde he vistom en varias ocasiones, el famoso cuadro pintado por Velázquez y que todos conocemos por “Las Hilanderas”.
Siendo niña, una de mis primeras visitas al museo fue en una actividad con mí colegio. En aquella ocasión nos acompañaba una de las profesoras, Sara se llamaba. Era muy estricta, recuerdo que para castigarnos nos enviaba al pasillo, como decía ella, “a pensar”. Como si pensar fuese un castigo. Como bien podéis deducir, salí a pensar en muchas ocasiones, sobre todo cuando me atrevía a poner en cuestión su autoridad mal ejercida o a preguntar aquello para lo que ella no tenia respuesta organizada.
¡En fin! Hablando de Las Hilanderas, como me gustaría que hoy aquella señorita Sara, como a ella le gustaba que le llamáramos, estuviera vivita y coleando para poder escuchar que ese cuadro se presenta, por fin, cómo lo pintó el artista. Mostrando una realidad más allá de lo que se ve en primer plano.
Y es que ese enorme lienzo, que se midió en su época como: de 3 varas y ¼ de largo y 2 ¼ de caída, actualmente se presenta ante nuestros ojos completamente distinto a como ha sido visto desde el año 1734. Retrocedamos pues: En la Navidad de aquel año, el Alcázar de Madrid, situado donde hoy está el Palacio Real, sufrió un devastador incendio. Fue después de ese incendio cuando al cuadro se le añadieron unas tiras de lienzo a modo de cortinones rojos en los bordes, y también en su parte superior sufrió otro añadido. Así con esos añadidos llegó hasta nuestros días.
El cuadro pasaría, en el siglo XVIII, a las llamadas Colecciones Reales y es en ese momento donde se le pone un nombre obvio, Las Hilanderas. No en vano durante años y años se nos dijo que era lo que el pintor quiso reflejar, un grupo de hilanderas, en el antiguo taller de Santa Isabel. ¡Y ya está! Así de sencillo. Y a otra cosa, que hay mucho que ver en el Museo.
Pero, lo cierto es que cuando Velázquez pinta el cuadro, lo hace contándonos mucho más, al igual que lo hizo en Las Meninas, la escena no es solo una, se yuxtaponen varias realidades. El pintor en Las Hilanderas fuerza una situación que no es la cierta en aquel siglo, ni lugar. En un taller de hilatura no se tejían tapices como el que se ve en el fondo del cuadro, y que es lo verdaderamente importante en el cuadro. Las mujeres que hilan, las que dan nombre al cuadro, el pintor nos las presenta de espaldas, en primer plano sí, pero sin darles la importancia, que le dieron en su momento, quienes pusieron nombre al cuadro.
Así que si ahora nos situamos en el museo frente al lienzo de las Hilanderas, lo podremos admirar sin el añadido superior, ese que quitaba profundidad a la estancia y sin los falsos laterales; tal y como fue pintado por Velázquez, allá por el año 1657 por encargo de don Pedro del Arce, montero del rey Felipe IV.
La escena, ahora sí, nos cuenta que lo realmente importante está sucediendo al fondo del cuadro. Y es que este cuadro tuvo otro nombre más acorde con la escena que pinta el sevillano, La fábula de Aracné. Si nos fijamos en el fondo del cuadro pareciera que Aracné y la diosa Minerva el pintor la situó en el mismo tapiz, sin embargo lo que verdaderamente es resaltable en este cuadto es que Velázquez pinta en el tapiz el llamado rapto de Europa, copiando al propio Rubens. Por cierto, ambos pintores coincidieron en la Corte de Felipe IV. Velázquez nos cuenta en las Hilanderas algo más, y es que el arte de copiar, muchas veces, es admirar. Él admiraba a Rubens, que a su vez admira a Tiziano, al que el pintor flamenco llegó a considerar un maestro y del que dijo: «Con él, la pintura ha encontrado su esencia».
Y, alguna duda que me queda ¿Por qué Velázquez pinta a Minerva y a la propia Aracné en una situación amigable cuando según la obra Ovidio son enemigas? ¿Qué nos quiso contar, con ese acercamiento, entre la diosa y la propia Aracné?
Y sí, tengo pendiente volver al Prado para, ahora sí, ver el cuadro tal y como lo pintó Diego Velázquez y observar los distintos planos con que realizó la composición. Volver a sentir el movimiento que los pinceles de Velázquez consiguieron que transmitiera la rueca.

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