Hoy fui en busca del molino de las Juntas.
Llegar hasta él, por el antiguo camino, lleva su tiempo y permite ir pensando. Eso sí, sin perder de vista el terreno pedregoso que se pisa.
Y recordé haber leído que en torno a este día, 25 de junio, era cuando el mucho o poco cauce del río podía marcar el fin de la actividad de la molienda que, con seguridad, habría comenzado, y con mucho trabajo, a primeros de noviembre.
Conseguir llegar al molino no es fácil. El sendero está prácticamente desaparecido; solo la intuición ayuda a salvar el desnivel que permite situarse al nivel del río Adaja, que en estos días, y debido a las recientes lluvias, aún es capaz de poner la banda sonora en el lugar.
Algunas torrenteras visten como de encaje parte de la superficie del agua.
El molino, de una sola planta, está cerrado y una ventana da la pista de que su interior está en ruinas.
Imposible rodearle; la maleza ha contribuido a su actual aislamiento y no deja ver nada más que la vieja pared; en ella, como queriendo hacer justicia, el nombre de Las Juntas. El año, ya borrado, como si fuese un anticipo del propio abandono que le tocaría sufrir.
La pequeña presa, encargada de cortar el fluir del agua del río para que esta fuese represada en una balsa y llevada de forma canalizada al viejo molino, en un día como hoy, de tanto calor, invita a un refrescante baño.
Ese agua que antaño llegaba al molino para poner en funcionamiento el rodezno y, con él, todo el mecanismo necesario para moler el cereal.
Y hoy, allí, donde los berrocales quieren seguir siendo parte del paisaje y servir de posadero para los buitres, hoy, esta mañana, y de bien temprano, no se escuchaba hablar ni de fanega, ni de arroba, ni de libra, ni de marco, ni de ... Hoy, solo alguna rana, algún pájaro eran los encargados de romper el silencio.
Y allí, cobijada del calor, por el maravilloso bosque de ribera que protege la orilla del Adaja, una siente que la modernidad ha sido muy injusta con determinados gremios.
Ver los molinos cerealistas perderse, sentir que los caminos que hasta ellos llegaban desaparecen, que la historia de un pasado tan cercano queda silenciada, me entristece. Pienso que es injusto que estas construcciones se encuentren en ruinas.
Un patrimonio etnográfico de primer orden quedará borrado para futuras generaciones.
Los caminos carreteros, aquellos en que las bestias eran las auténticas protagonistas, han perdido la historia de las gentes que los transitaban.
Atrás quedan los malos años de cosecha, cuando el molino no rendía al máximo por falta de trabajo; serían tiempos duros. Tiempos que se contrarrestaban con aquellos años, donde los campos parecían bendecidos por el mejor de los climas. Años de redoblar esfuerzo, de incluso moler alumbrados por candiles.
¿Y quién contará ya esas historias, quién hablará del trueque, quién nos dirá cómo eran aquellos días, cuando el camino era un ir y venir al molino, a los molinos?
Cuando la mañana avanza, una se da cuenta de que el sendero del río atrapa. Es hora de un pequeño almuerzo y media vuelta, y es en esa vuelta cuando pienso en lo ecológicamente sostenible que era un molino. Como el agua, tras cumplir su función de molienda, vuelve al río por el cárcavo y por el socaz, que no es otra cosa que un canal, esta vez de desagüe.
Y pienso en los molineros y sus familias, en la estrecha relación con el río; sus aguas marcaban el ritmo de su vida, esas aguas fueron su motor.
Seguramente, un río del que los vecinos tendrán cientos de historias que contar. Historias reposadas que son en sí mismas la historia del propio pueblo.
Y al volver, el ascenso se hace pesado, el calor aprieta, pero el paisaje que rodea este lugar, donde los cortados del Adaja se ven prácticamente caer en vertical, ayuda a que poco a poco volvamos a presentir que el río está allí abajo.
Ya no se escucha, tampoco se ve. Solo se intuye.
Atrás ha quedado una mañana que ha sido un homenaje a los molineros. Ellos eran el último eslabón en la cadena cerealista; ellos eran los que sabían de las alegrías y también de las penas de los que tenían que recoger la siembra.
¿Qué podrían contarnos ahora aquellos molineros? ¿Qué sentirían aquellos días de mucha faena, cuando había que llenar una y otra vez la tolva?
¿Cuántas fanegas serían molidas en un día? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Muchas más?
Preguntas que hoy quedan en el aire, pero mañana ni serán.
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