—Hija. ¡Hija mía! Soy tu madre. ¿Cómo te encuentras?…
La conversación continuó unos minutos más; hubo tiempo de saludar a Luis Manuel y también de que hablasen los nietos con la abuela.
***
Cuando fue la hora de cenar, los hijos se encargaron de poner y decorar la mesa. Pusieron la mantelería de fiestas, la había bordado María para su ajuar. Días antes, los dos hermanos habían recogido y pintado, con purpurina dorada, unas piñas; ahora las habían colocado sobre el mantel, alrededor de un candelabro con dos velas. Y, sobre cada plato, encima de las servilletas bordadas, una nota personal:
El mejor papá. La mamá más bonita. La futura doctora. El chico más simpático.
Se sentaron a cenar, y cuando hubieron terminado con los entrantes y también con los langostinos, María fue a la cocina para llevar a la mesa una picana de cordero.
Los ojos de Luis Manuel se humedecieron. Ese era el plato típico en Navidad en su Bolivia natal.
—No llores, papá, deja algo para los buñuelos con chocolate. Camila no pudo callarse el secreto del postre.
—Ahora entiendo que no me dejarais entrar en la cocina en toda la tarde. Pero vamos, que sí la cosa va de secretos. También es hora de que se desvele uno más. ¡Toma!
María cogió el sobre que le ofrecía su marido. Lo abrió y dentro había un billete de avión, con destino al Internacional El Alto en La Paz. Bolivia. Por fin podría abrazar a los suyos después de diez años. Ese era el tiempo que ella llevaba en nuestro país; ellos, su marido y sus hijos, tan solo llevaban cuatro años en el país. Se habían acogido al reagrupamiento familiar.
Cuando a la mañana siguiente se levantaron, los cuatro fueron a un albergue cercano. Solían colaborar de voluntarios. Estaban en Navidad; eran días especiales, donde un simple guiso de pollo era ya un banquete para muchas personas sin hogar, ni recursos. Ellos se sabían afortunados y deseaban contribuir a poner una sonrisa en quienes nada tenían.
El día de la partida a Bolivia, María solo pudo decir gracias.
Durante el vuelo, cerró los ojos imaginándose que ya estaba en Santiago de Chiquitos, donde había nacido. Se vio disfrutando del paisaje en los miradores del cercano valle de Tucavaca. O sintiendo el agua en el riachuelo de El Banquete. Diez años se notan, sobre todo en el corazón que se resiente de tanto sufrir por la distancia.
Raúl, el hijo menor, esa mañana no remoloneó en la cama, como sí hacía el resto de días en que no había colegio. Se levantó rápidamente y fue corriendo a la cocina. Allí estaba su madre preparando el desayuno para él y para Camila, su hermana, que aún estaba en el dormitorio. Raúl, mientras su madre terminaba el desayuno, recogió la cama turca, que cada noche se extendía en el comedor y en la que él dormía.
La cocina de la casa era minúscula, muy pequeña. Apenas quedaba sitio para manejarse una sola persona. Al fondo, un reducido y acristalado tendedero permitía algo de desahogo, y además dejaba pasar la luz de un patio interior. María apartó, de uno de los fuegos de la cocina de gas, el cazo donde se estaba calentando la leche. Abrió el microondas, que hacía meses solo servía para guardar el pan, y sacó media barra que, después de abrirla por la mitad, puso a tostar al fuego sobre una plancha.
—Camila, apúrate en el baño que el desayuno va a estar listo. Raúl, por favor, ve poniendo tú el mantel.
María, la madre, se acercó a la mesa de libro del comedor, que ya estaba abierta, y dejó allí la bandeja, con las tazas del desayuno y unos cubiertos. Volvió a la cocina; la cafetera italiana ya estaba avisando que el café estaba listo. Cuando las tostadas también lo estuvieron, María se cercioró de que todos los fuegos estuvieran cerrados.
Mientras desayunaban, Raúl sorprendió a su madre y su hermana con una pregunta.
—Mamá, ¿nosotros teníamos lotería de Navidad?
—Sí. Una participación del AMPA. Pero, hijo, la lotería nunca toca.
—Entonces, ¿por qué la compramos? Papá y tú siempre decís que hay que mirar muy bien dónde gastar el dinero. Pero, mamá, ¿imagínate que nos hubiese tocado? Podrías comprarme la mochila que necesito y mi hermana podría salir con sus amigas. Ahora dice que, como no tiene ropa, prefiere quedarse en casa estudiando. —Su hermana le dio un cachete en la pierna—. Y nos podríamos duchar con el calefactor encendido. Y calentar pizzas en el microondas. Y tomar refrescos. Y…
—¿Y? ¿No vas a parar? Venga, desayuna. Y no, no malgastamos el dinero. Compramos la lotería por colaborar. Por ayudar. Con los horarios de nuestros trabajos, poco más podemos hacer. Y, de alguna manera, tenemos que corresponder por la ayuda que nos prestan desde la asociación. Ayer, sin ir más lejos, a tu hermana le dieron fotocopias de los temas del siguiente trimestre. ¿Te parece que eso no es gastar bien el dinero? Aun sabiendo que no nos tocaría.
—¡Visto así! Pero si nos hubiera tocado, ¿cuánto sería?
—Eres muy pesado. Dijo Camila, harta ya de su hermano, que siempre soñaba con un cambio de vida.
En ese momento abría la puerta Luis Manuel y, como cada vez que entraba, lo primero que dijo fue:
—¿Quién me espera en casa?
—¡Hola, papá Contestaron al unísono ambos hermanos.
—Pero, qué buen desayuno, espero que yo también tenga un buen café esperándome.
—Cariño, claro que sí. Mira, tómate el mío, está recién hecho. Yo preparo otro. —María se fue a la cocina y desde allí preguntó a su marido—. ¿Qué tal el trabajo?
Luis Manuel, al escuchar a María, fue a la cocina donde ella se encontraba de espalda, terminando de prepararse el café y, cogiéndola por la cintura, le dijo al oído:
—Cariño, como te adelanté por teléfono, nos pagaron. Los dos sueldos atrasados y la paga extra. Ingresaron la nómina ayer y ya pasé por el cajero automático.
María se volvió hacia él y le dio un fuerte abrazo. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. ¡Cuánto necesitaban aquel dinero! No se podrían hacer excesos en las compras; pero al menos esos días disfrutarían la Navidad.
Hacía mucho tiempo que la familia Vargas no compartía una salida y menos aún una comida fuera de casa. Era un día especial y Luis Manuel y María iban a celebrarlo con sus hijos. Además, el día anterior había sido el cumpleaños de María.
Cogieron el autobús que les dejaría en el centro comercial y, antes de entrar a una pizzería célebre, Camila quiso darse una vuelta por las tiendas de ropa.
—Vamos, mamá. ¡Por favor! Aunque no compremos nada, entremos aquí, mira qué ropa más chula.
—Papá, tú y yo mejor hacemos cosas menos cursis. Mira, allí hay una tienda de teléfonos e informática.
—¡Vamos, pues! Ahora, que también te digo, que lo que tú quieres que hagamos es, cuanto menos, una extravagancia. ¿De verdad piensas que ver teléfonos móviles que cuestan 1.000 euros o más, cuando hay millones de niños que no tienen qué comer, o detenerse en mirar gafas que te sitúan en otro lugar, sin moverte del sofá, es algo normal? —Mientras Raúl tiraba del brazo de su padre, sin atender a sus razonamientos, este planificaba con su mujer y su hija un lugar de encuentro—. Nos vemos en una hora en la pizzería. María, Camila, ¿escucharon?
Ambas mujeres asintieron y entraron en la tienda de ropa. Esa mañana, Camila recibió su regalo de Navidad por adelantado. Se pudo comprar un pantalón y una chaqueta. ¡Iba a estrenar ropa! No se lo esperaba en absoluto. Igual que Raúl no esperaba salir de un comercio con una mochila colgada de sus hombros. Era la mochila más bonita que nunca había tenido.
Estaba siendo una mañana diferente y la comida resultó muy agradable. Hacía mucho que no comían fuera de casa, aunque fuese una modesta pizza. Ellos no se podían permitir esos lujos. El sueldo de María, en la residencia de ancianos, servía para pagar el alquiler; con el sueldo de Luis Manuel tenían que vivir los cuatro y enviar dinero a la familia.
Después de la comida, entraron al supermercado. Era enorme. Con muchos pasillos y todos muy iluminados. Fueron llenando el carro con lo que María llevaba escrito en la lista. Ella se acercó a la pescadería. Tras el enorme expositor, despachaban cuatro empleadas. Había toda clase de pescado, la mayoría desconocido y también inasequible para su presupuesto. Se situó al lado contrario de donde estaba colocado el marisco, ¡total! No podría comprarlo con esos precios.
Junto a la pescadería, y cerca de donde estaba María, había dos mujeres que hablaban en voz alta, realmente querían ser escuchadas:
—Pues, en mi casa, esta noche se cena como cualquier otra noche.
—Nosotros igual. Anda que no se puede cenar bien cualquier otro día del año. Esta noche en casa unas sopas de ajo y unos huevos fritos con patatas. Será que no hay noche en el año para tomar unos exquisitos carabineros y un sabroso besugo.
—Es que la gente parece que solo come en estas fechas. ¡Qué horror! ¡Cuánta vulgaridad!
María, al escucharlas, no dejaba de pensar que, si Luis Manuel no hubiera cobrado ese día, ni huevos hubiese podido ofrecer a su familia. Y que sí, que gracias a la paga extra de su marido se podía cenar distinto. A ella la paga extra se la prorrateaban con el sueldo. Así lo había pedido a sus jefes, así daba su sueldo para hacer frente al alquiler.
Al otro lado del mostrador, una de las dependientas preguntó:
—El 14. ¿Quién lo lleva? —María contestó en tono bajo, como queriendo no ser escuchada. No molestar—. Quería una pescadilla. Mediana. ¡Por favor! La hace rodajas.
—Señora, ¿algo más?
—Sí, un kilo de langostinos. Y ya estaría. —Su tono seguía siendo bajo y, cuando la dependienta le ofreció su pedido, María se despidió educadamente—. Gracias y feliz noche.
Cuando ya se iba, se fijó en aquellas dos mujeres que aún seguían despreciando la necesidad y la pobreza. Y vio a Raúl que venía a toda prisa hacia ella; sintió una alegría inmensa. Esa noche cenarían en familia.
—¡Mamá! ¡Mamá! Mira, casi está lleno el carro. En el supermercado del barrio siempre nos entra la compra en una cesta. —Mientras hablaba, no terminaba de dar cuenta de lo que había en el carro—. Mira, mamá, llevamos piña y mandarinas, refrescos, turrones de dos clases. Y este paquete de la carnicería que no sé lo que es… Y, mira, también tenemos chocolate y pastas en lata, ¡de las buenas! Y una botella de vino… Papá, mamá, ¡yo quiero que siempre sea Navidad!
Mientras eso decía el niño, con su mochila luciendo en su espalda, María y su marido se miraron de forma cómplice. La paga extra, primera en tres años, y cobrar los atrasos les estaba permitiendo una cena especial, la primera en mucho tiempo. La que se merecía la familia.
Nada les importaba en ese momento. A María ni tan siquiera los comentarios impertinentes de quien considera muy falso revestirse de humildad, eso sí, una vez al año y de puertas hacia fuera.
Por la tarde, ya en casa, la familia recibió una llamada muy especial.
—Mamá, te llaman por teléfono.
—Pásamelo —contestó María a la llamada y, por un momento, su cara se convirtió en una gran expresión de felicidad. Desde el otro lado del océano, su padre le felicitaba el cumpleaños y también la Navidad—. Pero, padre, ¿cómo gastan el dinero en llamar? ¡Con lo caro que salen las llamadas!
—Pues por eso hemos llamado hoy. Así te felicitamos por tu cumpleaños, y también la Navidad. Se pone tu madre. Te envío un beso enorme, hijita. ¡Qué ganas de verte! Ana Pose
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