El verano está resultando largo. Las tardes, aún bien entrado septiembre, siguen siendo calurosas. Decido combatir la pereza y, finalmente, me subo al coche, quiero cambiar de valle, caminar entre avellanos y castaños.
La estrecha carretera me descubre un paisaje que, en algunos tramos, me ofrece una invitación a parar. Así lo hago junto a una fuente, compruebo que de allí parte el corto sendero que lleva a una pequeña aldea.
Camino unos metros, en un banco escondido bajo la sombra de un inmenso nogal, está ella. Una mujer pequeña, de pelo canoso y recogido; manos también pequeñas y piernas delgadas que, aun siendo verano, las esconde bajo unas medias.
Ante mi saludo responde cantarina. Tiene ganas de conversación y necesidad de ser escuchada.
Casi sin darme cuenta, estoy sentada junto a ella mientras comienza a relatar su vida:
Nació aquí, en esta aldea, sus padres no tuvieron más hijos, solo a ella. Se casó joven, muy joven, los padres apañaron la boda con el hijo de unos vecinos de otra aldea.
Se conocían desde niños y coincidieron en las escuelas, ella nunca pensó que lo que sentían fuese amor. Se casó por obediencia.
Añade que la boda se celebró cuando el novio volvió de la mili, fue una celebración sencilla, tanto como su propia ropa.
—¡Nada estrené! La mio prima Teresa, que casose con un viudu de «dineros», dexóme un vistíu negru, tamién un collar de pequeñes perlles. El velu yera'l qu'usara mio madre na so boda. El noviu, él si estrenó. Los sos pás teníen vaques y praos.
Ellos entamaron l'almuerzu: un caldu con «bollos preñaos», chorizu, quesu y sidra, que enxamás faltara. Fía, ¿tú entiéndesme? Que yo póngome a falar y ... estando como agora n'aldea, olvídaseme que yes foriata. ¿Te has enterado de lo que dije?
Claro está, contesto que sí, que la entiendo, algo que es verdad. Ella habla en asturiano pero, lo hace despacio, además, me resultaba fácil comprender la conversación dentro de un contexto. No en vano llevo varios años por estas tierras. Para mí, está claro que su prima le había dejado el vestido y el collar para la boda, también que el velo era el de su madre. Y ¿cómo no entender el menú? Y que fue cosa de los suegros que tenían dinero, muchas vacas y prados, vamos, que tenían posibles.
Me sigue contando sobre el día de su boda, pero no le debe resultar satisfactoria mi afirmación de que la entiendo e intenta hablar castellano:
—Aquel día, tras salir de la iglesia, solo nos dio tiempo a llegar bajo la panera donde se había preparado la comida y, entonces, se puso a llover como a veces nos llueve en esta tierra. Era una lluvia furiosa y el cielo parecía que se partía por los rayos que lo cruzaban. Los truenos se escuchaban aquí mismo. —Y se señala los oídos—. Los pocos invitados se dividieron. Unos debajo de la panera y otros bajo el hórreo de Manuel el del barcu. Le llaman así porque se fue a facer las Américas y al ver el barco en el puerto, el mieu engarroto-y les pates y allí quedó asustáu. Y así, entre sidra y sidra, se fue pasando el rato. A media tarde mis padres dijeron que iban a casa mio tía. ¡Coses de la mio prima! La que prestome el vistíu. Ella pensó que como teníamos que vivir en casa de mis padres y no íbamos a tener viaxe de novios, que al menos la noche de boda estuviéramos solos.
De pronto, su mirada no es la de una mujer que recuerda una noche como aquella. Por momentos, sus ojos se enrojecen y con voz entrecortada me pregunta, cambiando de tema:
—A ver fía, ¿tú sabes que diferencia hay entre un hórreo y una panera? Es fácil distinguir uno de otra. Mira fia, el hórreo tien solo un moño. La panera tien dos. Por eso la panera tien una viga de llau a llau de cada moño. Además, l'Horru tien cuatro pegollos ¿Sabes o no sabes qué son los pegollos? ¡Qué vas a saber! —Sin dejarme contestar continúa con su explicación—. Los pegollos son las patas. La panera tien seis pegollos y además, el teyáu está construido a cuatro aguas. Si quieres ver hórreos guapos tienes que ir a Espinaréu. De allí eran unos primos míos, su madre, mi tía Paca, casose con un paisano de allí. ¡Buen hórreo tenía su familia! ¡Esos nunca pasaron fame!
Sin saber muy bien cómo, Adelina deja de hablarme de hórreos y paneras y la conversación vuelve a su vida.
Comienza a relatar, como una historia que se ha repetido mil y una vez, que enseguida quedó embarazada. Asegura, con absoluta certeza, que debió ser casi en los primeros días de facer usu de matrimoniu.
Un día, él comenzó a faltar de casa, primero algunas tardes, luego alguna noche. Pasado el tiempo las ausencias fueron más largas. Me cuenta que al principio ponía alguna excusa pero, pasadas unas semanas, dejó de ir por la aldea.
—Mi marido ya nunca más volvió a casa. Se encamó con una mujer de una aldea vecina. Me abandonó. —La tristeza se apodera de su voz cantarina, fija su mirada en sus manos, ahora sujetas entre sus piernas—. Me quedé atrapada de por vida, casada y sin marido. Señalada por todos. Seguí viviendo en casa de mis padres. ¿Qué diba faer? Una mujer sola, con un hijo, ¿dónde iba a ir? Me quedé en aquella casa, en aquella habitación. Esa habitación se convirtió en mi cárcel.
Otra vez con la mirada perdida. Me cuenta que el marido ni tan siquiera regresó a casa cuando nació su hijo. Sí la visitaron sus suegros, lo hicieron avergonzados. Querían conocer, como ella diría, al so nietu. Ellos también perdieron al hijo y no querían perder al nieto. Por un momento, se recompone y su voz suena firme, con fuerza.
—Saqué adelante a mi hijo yo sola. Lo hice con estas manos. —Según me habla extiende hacía mí sus manos y, en ese movimiento, las coloca hacia arriba—. ¡Trabayé como una burra! Cada día, meyor dichu, cada madrugada, salía de casa a las cinco de la mañana. Tenía que estar, sirviendo el desayuno, en la casa de los «señores», a las seis y medía. Y la casa estaba en el pueblo. —Y me señala lejos—. Y no era llegar y encender el gas, como se hace ahora. Entonces no, había que encender la cocina de carbón, y se tardaba. Y eso, cada día del año. Alumbrando el camino con un farol, lloviera o nevara. Sin un solo día de descanso, tan solo las tardes del domingo tenía permiso para volver a la aldea, eso sí, después de recoger y fregar la loza de la comida. Yo rezaba para que la sobremesa no se alargara. Esa tarde era la única que yo tenía para estar con mi pequeño.
Cuando llegaba a casa aún tenía que atender a mis padres, yá vieyos; limpiar la «cama» de les vaques y preparar cena y comida del día siguiente. Ya tarde, cuando mi hijo se había dormido, abría mi corazón y lloraba. ¡Casada y ensin home! ¡Abandonada como un perru!
De pronto se hace el silencio. La mujer baja la cabeza, vuelve a sujetar sus manos entre las rodillas, era como si se hubiese ido muy, muy lejos. En un momento, nuestras miradas se cruzan y me pregunta, con una serenidad que me estremece.
—¿Tú crees que tuve vida?
No sé qué contestar. Claro que pienso que, sin duda, fue una vida dura y triste. ¿Cómo no serlo criando sola a su hijo; trabajando fuera y dentro de casa; haciéndose cargo del cuidado de los padres? Pero, no se sí le ayuda mi opinión. Callo.
Ella, ante mi silencio, me da dos cachetes cariñosos en mi hombro y me sigue contando:
—Pasados los años, un día de mercáu bajé al pueblo. Un hombre bien apuesto, al que ya había visto en otras ocasiones, me preguntó si me podía llevar las bolsas.
Ni caso le hice, ¡qué me iba a llevar él nada! Pues fíjese, cómo sería que averiguó dónde
vivía, se enteró también dónde trabajaba, ya por entonces yo trabajaba en un comercio. En la casa donde servía me enseñaron las cuentas y, cuando los señores se marcharon a la capital, me buscaron colocación. Aquel día en el mercáu, aquel hombre había comenzado con su cortejo. Y yo me dejé cortejar. —Esto último lo dice con una voz pícara—. Después de muchas tardes acompañándome del trabajo a la aldea, un día me sujetó las manos y, mirándome a los ojos, no dijo nada, solo me acercó hasta él y me besó, con un beso como jamás me habían dado. ¡Jamás me besó así el padre del mio fíu! Con ese beso sentí que estaba amando, que ante mí tenía a alguien que me quería. —Por unos instantes Adelina parece que se marcha del lugar—. Y descubrí que lo que había sentido con mi marido tenía un nombre: resignación. Nunca le amé y él nunca me amó. Me casé con quien me dijeron y me dejé hacer sin saber qué me perdía.
Según relata este giro de guion, mis ganas de saber el desenlace aumentan. Ella saca varias veces un pañuelo de su delantal, se frota los ojos ya muy pequeños, que, aunque hundidos, estaban vivos y brillantes, y no solo por las lágrimas, brillantes porque recuerdan aquellos momentos de amor. Aquellos besos robados a las tardes.
La invito a pasear, cosa que le parece una gran idea, quiere enseñarme algo. Supongo que será su casa o algún hórreo, estoy bastante equivocada. El camino elegido por Adelina es en dirección contraria a la aldea.
Mientras caminamos me fijo en los lugares que ella me señala: Un pequeño reguero, el sendero que lleva a una antigua mina, el camino que recorrió por años para ir a servir, el abrevadero, el lugar…
Se para, estamos junto a una fuente, el agua mana de una roca y los vecinos han colocado algunas piedras a modo de asientos. Adelina me invita a sentarme y ella se sienta a mi lado, mientras me pregunta:
—¿Ye o nun ye guapu esti sitio?
Y claro que es guapo el lugar. El espectáculo desde allí es único. Frente a nosotros, todo el horizonte dibujado por montañas, unas detrás de otras, algunas altas, otras más bajas, cubiertas de vegetación las más cercanas y, a lo lejos, las que más sobresalen, pura roca. Al fondo, bien abajo, el valle y hasta llegar a él, salpicando las pendientes, aldeas y prados. No sabía qué decir, pero sin duda era de esos lugares que una vez que se ven ya no se olvidan.
Cuándo Adelina me invita a seguir el camino, supongo que me va a contar cómo terminó aquel cortejo que comenzó un día de mercado. La sonrisa que me ofrece la tomo como el anticipo de un final feliz.
Me cuenta que había sentido el abandono de su marido, pero que también vivió un amor secreto. Nunca pudo casarse con su amado. Ella jamás quiso faltar a su voto de «hasta que la muerte os separe» y cuando murió su marido, cuando por fin quedó viuda, su amado ya no estaba, él también había muerto dos años antes.
Me cuenta esto mientras nos paramos frente a la cancela de un prado. La abre y me invita a entrar. Comienza a caminar por una alfombra de hierba y se acerca a un muro medianero, en él remueve unas piedras y saca una pequeña y vieja caja de metal.
—Mira esta es la foto que nos hicimos en un día de mercado, meses después de conocernos, la guardo aquí porque aquí veníamos a merendar algún domingo. —En la foto se ve a una Adelina muy guapa, con una melena suelta y con un vestido blanco con pequeñas flores azules, junto a ella Manuel, un hombre apuesto y vestido con un traje impecable—. Aquí la guardo porque aquí nos quisimos y aquí yo supe que estaba aprendiendo a amar.
De regreso, Adelina me cuenta algunas anécdotas de aquellos encuentros secretos. Como aquel día, en que las vacas de un vecino entraron en el prado porque ellos, al entrar, no habían cerrado en condiciones la cancela. Allí quedaron tumbados, en silencio, escondidos entre vacas, hasta que el paisano decidió dejarlas dentro y cerrar la cancela. Debió pensar que ya volvería a por ellas al día siguiente. Entre risas, nos imaginamos cómo habría acabado aquel día si una de las vacas hubiera aliviado sus intestinos sobre ellos.
Ya en la aldea, y antes de despedirnos, Adelina me da las gracias por la tarde que hemos pasado juntas. Cuando ya voy hacia el coche escucho una voz ronca.
—¡Madre! ¿Otra vez? Que le he dicho que no puede alejarse del nogal, que tiene usted la cabeza muy mal. Mire que nos va a dar un disgusto. Algún día no sabrá volver y quedará perdida en el bosque. ¿Qué será lo que le atrae de ese camino?
Antes de abandonar definitivamente el lugar, vuelvo a mirar hacia atrás y allí está Adelina, quieta, guiñándome un ojo. Después, mientras me mira, toca su sien con el dedo índice, lo gira como si atornillara su cabeza. Queda claro, para ella quien está totalmente perdido es el so fíu.
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