Allí estaba ella, en una mañana muy fría, esperando, de forma paciente, a que el semáforo la invitase a cruzar la calle, su calle.
Es una mujer menuda, demasiado delgada para su edad; tiene una apariencia frágil y pasa desapercibida. Desde hace unos meses, se ayuda de un bastón. Un bastón que bien hubiese podido pertenecer a la colección del Sr. Gala. Camina con elegancia, como si aquel apoyo fuese solo un elemento de distinción.
Hasta hace unos meses, quizás menos de seis, se la veía llegar cada día a su cita con el desayuno más castizo de Madrid, esto es, «una mediana con churros». Entraba sonriendo, siempre con un periódico bajo el brazo. Y desde la barra del bar El Zamorano, el camarero, con acento gallego, cada día le brindaba la misma frase:
—¡Buenos días, señora Juana! ¿Lo de siempre, verdad? ¡Marchando una de churros! Y el café en mediana y bien caliente.
—Gracias, Diego. Esa era su escueta respuesta. Mientras, tomaba asiento en la mesa de siempre, un rincón que, a esas horas, nunca ocupaba nadie; todo el mundo sabía que era el lugar de ella.
El bar era un bar de barrio; se conocían todos, quizás ese era su mayor atractivo. Bueno, y también era de resaltar su enorme cristalera; a través de ella se podía ver el ajetreo de cada mañana. Se veía a los repartidores buscando un hueco donde aparcar camiones y furgonetas de reparto; si era necesario, se subían a las aceras; a las mamás corriendo al llegar tarde al
Trabajo, tras dejar a los niños en el colegio; a la estación de metro tragando gente continuamente... A la hora en que desayunaba la señora Juana, los cierres de persianas avisaban de que comenzaba la actividad; su alzada daba el pistoletazo de salida a la rutina de un día laborable.
Y a esa misma hora, en el Zamorano, como aislada de todo y de todos, solía encontrarse a la señora Juana leyendo el periódico, consumiendo la mañana. Haciendo de la hora del desayuno un momento de avaricioso individualismo. De vez en cuando, dejaba de leer para observar la vida del vecindario, emitida por aquel enorme ventanal, y anotaba, anotaba lo que seguro, en unos días, sería su columna en el diario en que colaboraba.
En los últimos meses, la señora Juana sale más tarde de casa, camina de forma lenta, con la tristeza dibujada en su cara, y va directa al mercado. Esa es ya su única rutina.
Cuando pasa por El Zamorano, mira aquella cristalera, ahora oscura, apagada. ¿Qué pensará al ver, día a día, el cierre bajado?
En los puestos del mercado todo el mundo la conoce y saluda.
—¡Buenos días, señora Juana! Le dice la panadera, atareada en colocar las barras de pan que aún, a esa hora de la mañana, siguen estando en la canasta. Hasta unos minutos antes, estaba desbordada despachando bollería a los chavales del instituto.
El pescadero que, como el resto de vendedores, la conoce desde siempre, le dice con una sonrisa:
—Hoy hemos madrugado.
—Cuando acabe en la carnicería, venga a saludarnos —añade, Encarna, sin parar de trocear el pollo que tiene entre manos.
—¡Buenos días, señora Juana! —¿Qué ponemos hoy? —interroga Antonio, el carnicero, mientras se sujeta, con una lazada, en la parte delantera, un delantal de un blanco inmaculado.
—Poca cosa. Un arreglo para cocido y unos filetes que sean buenos.
—¡Muy bien! Le pongo también unos huesos, ¿verdad?
—Sí, sí, pero el de espinazo que sea pequeño, que luego mi hija dice que la comida está añejada.
—Bueno, pues aquí tiene los avíos del cocido y los filetes.
Juana abre su monedero y pregunta:
—¿Cuánto te debo, hijo? Pero, ¡qué cabeza tengo! Que no metí el dinero. ¿Qué hacemos ahora?
—Nada. No se preocupe. Ya está solucionado.
—¡Esta hija mía! Está en todo. ¡Claro! Me oiría ayer decir que hoy haríamos puchero y se adelantó a pagar. Con todo lo que ella tiene y aún le queda tiempo para preocuparse de estas cosas. ¡Cuánta guerra le doy!
Mientras la señora Juana se preocupaba por la faena que daba a su hija, el carnicero hace un guiño muy disimulado, tanto que si estuviera jugando al mus, bien podría estar avisando que llevaba 31 y no quisiera que le viera nadie. Fue un guiño que pasó desapercibido para aquella anciana; iba dirigido a un joven que acababa de entrar en el mercado. Era alto, guapo y lucía un traje que le sentaba muy bien. Un hombre que esperó a que aquella mujer estuviese lejos del mostrador para acercarse él. Entonces dijo:
—¡Buenos días! ¿Cuánto ha sido esta vez? —preguntó el trajeado Didier al carnicero.
—Tome la nota. ¿No sería más fácil que usted o alguien de su confianza hiciera la compra?
—Más fácil, seguro. Pero mejor para ella, no.
—¿Usted cree? —preguntó el carnicero que, esta mañana, parecía que tenía ganas de conversación.
—Ella piensa que sigue viva su hija, que ella le ayuda viniendo a comprar y eso es suficiente. —El tono del joven ponía punto y final a las explicaciones que estaba dispuesto a dar.
—¡Ya! Pero todo el mundo en el barrio sabe que su hija murió hace unos meses.
—Usted cobra cada venta, ¿verdad? Pues, déjese de peros. Sí, todos saben que su hija murió; ya es suficiente. ¿No lo cree usted así?
Didier se despidió del carnicero esta vez con cierto enfado. Salió del mercado después de pasar por la frutería para pagar el encargo que había realizado Juana. La fruta se la subiría María, la frutera, al cerrar al mediodía. Esa tarde no se abriría el mercado.
Poco después de salir del mercado la señora Juana, aquel joven también caminaba por la calle en silencio, mirándola desde lejos. Seguro que iba pensando, como siempre hacía, en que no llegó a tiempo para que supiera que él siempre estaría con ella. Aquel joven entró en un portal antiguo, oscuro, situado frente al de la señora Juana. Subió al primer piso; lo hizo por unas desgastadas y chivatas escaleras de madera. Sacó la llave de un
bolsillo de su americana y abrió la puerta; en ella lucía una chapa dorada con su nombre completo y debajo, en letras más grandes: Abogado.
Se sentó frente a su mesa y miró la foto en la que se veía a la señora Juana, abrazando el retrato enmarcado de un pequeño niño. Vestía una camiseta harapienta. Lo acababa de apadrinar. En aquella foto él tenía tan solo cuatro años.
Ahora, él no puede dejar de pensar en la promesa realizada cuando dejó de caminar descalzo y tuvo su primer balón. El primero en su aldea. «Cuando sea mayor, viajaré hasta donde esté ella y la cuidaré como si fuese mi verdadera madre».
El teléfono comenzó a sonar, Didier descolgó y escuchó a Virginia, que le avisaba que doña Juana, ella siempre la llamaba así, ya estaba en su casa.
Didier aún tenía tiempo hasta que llegara su siguiente cliente; dejó el portafotos y miró por la ventana, pensando en que solo hubiese tenido que llegar a España un año antes, tiempo suficiente para volver a abrazar a aquella mujer que siempre actuó como una madre. Tanto le quería, que siempre, por años, se hizo cargo de todos los gastos de sus estudios. También de sus viajes para pasar juntos, en familia, unos días por Navidad. ¿Y ahora? Ahora ella ya no le conocía, le rechazaba, no soportaba su presencia. Solo quería estar con su hija. Y Virginia cumplía su papel a la perfección. Ese fue el acuerdo cuando Didier la contrató; ella tenía que hacerse cargo de esa mujer como si también fuese su madre.
A última hora de esa tarde, Didier salió del despacho para ultimar unos detalles con un cliente. Al volver, ya de noche, supo que le sería imposible conseguir parar un taxi; tendría que ir caminando. Eran cientos y cientos las personas que se estaban congregando en la Puerta del Sol. Algunos ya sostenían botellas de champagne o sidra y, al pasar junto a ellos, le invitaban a que tomase un sorbo; otros hacían sonar sus matasuegras a su paso. Y entre tanta alegría, Didier se abría paso con dificultad. Al alejarse de la multitud, sintió el frío de aquella noche. Se subió el cuello de su abrigo y, mientras su mano derecha se sujeta la solapa para abrigar la garganta, su otra mano buscó en el bolsillo un pequeño amuleto; se lo había regalado su madre cuando dejó la aldea para seguir con sus estudios. Ya de regreso, Didier se dispuso a preparar la cena; también colocó en un bol un racimo de uvas. Se lo había apartado esa mañana la frutera. Al dárselas le dijo sonriendo:
—¿Sabe que hay que comer una uva con cada campanada, verdad?
Sonó el teléfono:
—Dígame —contestó él.
—¿Didier? Feliz año. Aunque allí, en Madrid, aún será por la tarde, ¿verdad?
—Sí, sí, aquí aún quedan unas horas para acabar el día.
—Bueno, solo quiero saber si te has pensado la oferta; ya sabes que la hemos mantenido todo el año, pero…
Didier interrumpió la conversación para decir de forma tajante: —Sí, la pensé. Y, como ya te he dicho estos meses, la respuesta es NO. Tengo que cuidar a mi tata Juana. Me hubiera gustado el trabajo en el bufete de Singapur, pero no. No puedo ir. Ahora no puedo abandonar Madrid.
El silencio desde el otro lado dejaba escrito el desconcierto. El mejor alumno de su promoción en Harvard University renunciaba, definitivamente, a un trabajo pagado con miles y miles de dólares. Lo hacía para trabajar en un despacho de barrio, sin nombre. Y, sobre todo, la abandonaba a ella para cuidar a una mujer vieja, que ya ni siquiera le conocía, ni tampoco era su verdadera madre.
—Emma, perdona, te tengo que dejar, estoy con los preparativos de la cena. ¿Me comprendes, verdad? Gracias por llamar y te deseo lo mejor.
Cuando Didier se dispuso a cenar, se sentó frente a la ventana. Desde allí puede ver cómo Virginia acompañaba a doña Juana a la mesa. En ese momento, en un gesto elegante, se levantó hasta que ambas mujeres estuvieron sentadas.
Cuando, en la calle, comenzaron a sonar los primeros petardos anunciando el comienzo del Año Nuevo, Didier, sin apartar la vista de aquella ventana, se sirvió una copa de champagne, se abrochó la americana y llamó por teléfono.
—¡Feliz año, Virginia! Ha sido una noche perfecta. Antes de que acompañes al dormitorio a la señora Juana, quería brindar por este nuevo año y desearos feliz descanso.
Didier salió de casa para unirse a una fiesta con amigos de su país. Ya en la calle, miró la casa de Tata Juana y se sintió feliz. Metió la mano en su abrigo, sacó el amuleto y lo acercó a sus labios, lo besó y, levantando la vista al cielo, dijo muy, muy bajito, tanto que solo lo escuchaba él: «Madre, estoy cumpliendo mi promesa». Luego volvió la vista hacia su despacho; la ventana seguía con las cortinas descorridas y la luz de su mesa encendida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario