Aquel hombre permanecía inmóvil, sentado en uno de los laterales de un banco sombreado. Brazo sobre brazo, la mirada fija en un alcorque, convertido en bebedero universal, un oasis para muchos de los pájaros que tienen su lugar de descanso en los árboles del parque. El resto de bancos, a esas horas, vacíos; su momento lo marca el mediodía.
Cuando ya superaba al hombre de brazo sobre brazo, recordé:
Durante aquella mañana, en todos los que me fijé, se mantenían con la vista pegada a una pantalla, con los pulgares ejerciendo a toda velocidad un movimiento continuo, siempre hacia arriba, incansables. Observé esos pulgares hiperactivos en dos o tres terrazas, en mesas con desayunos solitarios y otras que apuraban las sillas a su alrededor. Aquellos pulgares también subían y subían, de forma incansable, en gentes que esperaban un autobús, y…
Y, sin embargo, esta mañana estaba viva fuera de las pantallas. Vi la vitalidad en unos niños correteando en una plaza, ajenos al mundo, viviendo su historia que, en ese momento, para ellos era lo más increíble que estaban viviendo. Una y otra vez se les escapaban las palomas, una y otra vez volvían a su caza. Vi a una joven embarazada, reposando la vida por unos instantes, mientras hablaba. Hablaba y se acariciaba, interactuaba con quien en nada nacería; solo hacía falta mirar la exagerada barriga. Y vi esta mañana la vejez, esa que lleva mucha vida vivida; por eso caminan despacio, saben que las cosas llegan, llegan como llegaron los años.
Y vi mochilas formando un perfecto círculo; a su alrededor, jóvenes, agachadas sus cabezas, como humillados y los pulgares atarantados, imposible verlos quietos.
Pensé entonces que me faltaba un lugar que acogiera, que meciera pensamientos, que despertara historias; pensé en aquella montaña. Ya solo caminé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario