El pequeño Ricardo
había sido elegido en su familia para ser el encargado de llevar los
huevos al pie de la muralla; ese era el lugar en que el recovero del
castillo los recogía cada día. Esa tarea, de llevar los huevos, la realizaba aquel chaval, dos o
tres días a la semana. Pero su sueño, de ser el mejor arquero del
reino, siempre le acompañaba, incluso cuando cuando cargaba con el cesto de huevos.
Una
mañana, Ricardo, acompañado de Juanita, su hermana mayor, pasó
junto a la muralla, pero no pararon donde estaba el catahuevos.
Allí
estaba él, rodeado de gente que no entendía en qué se gastaban
tantos huevos en el castillo.
Él,
el recovero, miraba los huevos, uno a uno, los acercaba a uno de sus
ojos, que ya hasta lo tenía más hundido. Según lo que viera, que
solo él sabría que buscaba, compraba los huevos o los estampaba; en
el mejor de los casos, contra el suelo. Alguna vez, el blanco de su
ira, tras mirar el huevo, se dirigía hacia alguna mujer o chiquillo.
Ese día, sus víctimas volvían a casa con la cabeza llena de trozos
de cascarones, y con la yema y la clara dibujando chorretones en sus
caras. Y lo más penoso, nada en los bolsillos.
Esa
mañana, ya fría, el invierno ya asomaba; el recovero vio acercarse
a los hermanos; sin embargo, pasaban de largo y los llamó. Les
preguntó dónde iban con el cesto de huevos. Además, que hacía
días que no acudían a vender, debían llevar bastantes huevos en la
cesta.
Juanita
se adelantó a decir:
—Señor,
vamos a llevar estos huevos a las madres Clarisas. Me casaré en un
mes y es mi ofrenda.
—Jajajajaja.
Trae aquí la cesta. Ya llevarás los huevos otro día. ¡Hoy no!
Hoy, los huevos se necesitan en el castillo. —Su voz ronca,
imperativa, acompañada del gesto de querer apropiarse del cesto de
huevos, hizo que a Juanita le temblaran las manos. Antes de que el
recovero del castillo pudiera asir la cesta, esta cayó al suelo; los
huevos quedaron desparramados; algunas yemas parecían tener vida
propia, hacían equilibrio entre mimbre y cascarones, mientras se
deslizaban por las claras, que se escurrían como si fuesen lava.
De
pronto, el grupo de vecinos que esperaba a que fuera revisada la
frescura de sus huevos comenzó a lanzarlos al catahuevos del señor
feudal.
Le
lanzaban, a la cara, a la espalda, a las piernas.
—¡A
mí la guardia! —gritaba y repetía el recovero mientras corría
hacia el castillo. En su huida le acompañaron las risas de los
vecinos.
Algunas
mujeres, aun encorvadas y viejas, se agacharon buscando algún huevo
que hubiera quedado intacto. Al final, recuperaron una docena.
—Toma,
Juanita, ve hacia el convento y cumple con tu ofrenda. Le dijo una de
aquellas mujeres con lágrimas de emoción bañando sus envejecidos
ojos.
Durante
los días siguientes, ningún catahuevos vino a comprar huevos...
Hasta
que una mañana, vieron llegar al pueblo al que sería el nuevo
recovero del castillo.
Venía
avisado; en aquel pueblo los huevos también los usaba el pueblo. Fue
recibido por el recitar
de algunos vecinos que
se iban acercando a la
muralla.
Aquel
catahuevos pensó al escuchar a
la muchedumbre que eran
gentes amables aquellas que le recibían con cánticos, pero de
pronto alcanzó a escuchar con nitidez:
“… que
de cuatro en cuatro meses / le sea un miembro amputado
…”
Salió
entonces el recovero huyendo y el gentío siguió cantando el romance
del conde Pedro Vélez:
“…
Cumpliéronse
los castigos / cual el rey había mandado, /
y
al cabo de muchos meses, / por el dolor atormentado, / murió el
conde don Pedro Vélez / en el castillo encerrado. / Dicen
que la prima infanta / por él lloró su pecado, / y que desde aquel
entonces quedó el palacio encantado; / que aún se oyen por las
noches / pasos, lamentos y llanto.”