En la inmensa mayoría de los pueblos, cuando agosto pasa su ecuador, desaparecen de sus plazas los escenarios; y de sus calles la vida.
Los bailes, las charangas, los festejos pasan a ser recuerdos. Se refugian las vivencias en la memoria de los que disfrutaron las noches más animadas, no solo del verano, las más animadas del año.
Se acaban los días de escribir en diarios las miradas cómplices, las caricias escondidas, el primer beso.
Se van acabando los juegos, las carreras, los gritos propios de la chiquillería, las risas nerviosas, el último paseo apurando la hora de llegada a casa.
Se terminan los paseos por alamedas; se aparcan bicicletas y triciclos; se guardan las sillas que agrupaban vecinos, combatiendo el calor en noches de estrellas y cantos nupciales de grillos.
Los coches van dejando espacios vacíos; se despeja el escenario que acogerá el baile libre de las primeras hojas caídas; ellas rubricarán lo que todos saben: el verano acaba.
Los abuelos vuelven a sentir las ausencias y los silencios.
La rutina se impone en comidas y cenas, en la mayoría de los casos, por compañía, televisiones vomitando noticias.
Vecinos de diminutos pueblos saben que se acercan los días donde las estrechas calles se convierten en amplias avenidas.
Difícil ofrecer un saludo.
Pueblos de montaña donde, en pocos días, se agradecerá sentarse al carasol a la espera del vecino con quien compartir una charla, amigable la mayoría de las veces.
Pueblos con ríos que volverán a dejar correr libres sus aguas, ahora remansadas. Cuando los nietos se vayan, vayan, se llevarán con ellos las tardes de baños, meriendas y alegrías.
Los pontones volverán a dejar de ser el lugar elegido para salvar los ríos saltando y cantando.
Pueblos que se van vaciando y, al mismo tiempo, con la misma intensidad, vuelve a ellos la nostalgia, la tristeza y la espera. Estos sentimientos se adhieren al adobe y la piedra de sus caseríos.
Banderines colgados, testigos mudos de noches de fiestas en plazas y calles que unos días estuvieron llenas.
Pueblos.
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