sábado, 22 de noviembre de 2025

Calles que inspiran, el catahuevos

 



El pequeño Ricardo había sido elegido en su familia para ser el encargado de llevar los huevos al pie de la muralla; ese era el lugar en que el recovero del castillo los recogía cada día. Esa tarea, de llevar los huevos, la realizaba aquel chaval, dos o tres días a la semana. Pero su sueño, de ser el mejor arquero del reino, siempre le acompañaba, incluso cuando cuando cargaba con el cesto de huevos.

Una mañana, Ricardo, acompañado de Juanita, su hermana mayor, pasó junto a la muralla, pero no pararon donde estaba el catahuevos.

Allí estaba él, rodeado de gente que no entendía en qué se gastaban tantos huevos en el castillo.

Él, el recovero, miraba los huevos, uno a uno, los acercaba a uno de sus ojos, que ya hasta lo tenía más hundido. Según lo que viera, que solo él sabría que buscaba, compraba los huevos o los estampaba; en el mejor de los casos, contra el suelo. Alguna vez, el blanco de su ira, tras mirar el huevo, se dirigía hacia alguna mujer o chiquillo. Ese día, sus víctimas volvían a casa con la cabeza llena de trozos de cascarones, y con la yema y la clara dibujando chorretones en sus caras. Y lo más penoso, nada en los bolsillos.

Esa mañana, ya fría, el invierno ya asomaba; el recovero vio acercarse a los hermanos; sin embargo, pasaban de largo y los llamó. Les preguntó dónde iban con el cesto de huevos. Además, que hacía días que no acudían a vender, debían llevar bastantes huevos en la cesta.

Juanita se adelantó a decir:

Señor, vamos a llevar estos huevos a las madres Clarisas. Me casaré en un mes y es mi ofrenda.

Jajajajaja. Trae aquí la cesta. Ya llevarás los huevos otro día. ¡Hoy no! Hoy, los huevos se necesitan en el castillo. —Su voz ronca, imperativa, acompañada del gesto de querer apropiarse del cesto de huevos, hizo que a Juanita le temblaran las manos. Antes de que el recovero del castillo pudiera asir la cesta, esta cayó al suelo; los huevos quedaron desparramados; algunas yemas parecían tener vida propia, hacían equilibrio entre mimbre y cascarones, mientras se deslizaban por las claras, que se escurrían como si fuesen lava.

De pronto, el grupo de vecinos que esperaba a que fuera revisada la frescura de sus huevos comenzó a lanzarlos al catahuevos del señor feudal.

Le lanzaban, a la cara, a la espalda, a las piernas.

¡A mí la guardia! —gritaba y repetía el recovero mientras corría hacia el castillo. En su huida le acompañaron las risas de los vecinos.

Algunas mujeres, aun encorvadas y viejas, se agacharon buscando algún huevo que hubiera quedado intacto. Al final, recuperaron una docena.

Toma, Juanita, ve hacia el convento y cumple con tu ofrenda. Le dijo una de aquellas mujeres con lágrimas de emoción bañando sus envejecidos ojos.

Durante los días siguientes, ningún catahuevos vino a comprar huevos...

Hasta que una mañana, vieron llegar al pueblo al que sería el nuevo recovero del castillo.

Venía avisado; en aquel pueblo los huevos también los usaba el pueblo. Fue recibido por el recitar de algunos vecinos que se iban acercando a la muralla.

Aquel catahuevos pensó al escuchar a la muchedumbre que eran gentes amables aquellas que le recibían con cánticos, pero de pronto alcanzó a escuchar con nitidez:

“… que de cuatro en cuatro meses / le sea un miembro amputado …”

Salió entonces el recovero huyendo y el gentío siguió cantando el romance del conde Pedro Vélez:

“… Cumpliéronse los castigos / cual el rey había mandado, / y al cabo de muchos meses, / por el dolor atormentado, / murió el conde don Pedro Vélez / en el castillo encerrado. / Dicen que la prima infanta / por él lloró su pecado, / y que desde aquel entonces quedó el palacio encantado; / que aún se oyen por las noches / pasos, lamentos y llanto.”










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