Hoy escribí:
En 1955,
José María Arguedas publicó la traducción al español de la
“Elegía Apu Inca Atawallpaman”. En ella se describe el caos y el
dolor producidos por la muerte del inca Atahualpa, el último
emperador de un imperio que hizo frente a la llegada de los
españoles, al mando de Francisco Pizarro, pero que finalmente fue
conquistado.
Arguedas, el antropólogo, pero también escritor y
guardián del folclore de su tierra, que además tenía al idioma
quechua interiorizado por hablarle desde niño, logra con la
traducción de ese poema transmitir la memoria colectiva de todo un
pueblo, el inca. Esa civilización precolombina abarcaba un extenso
territorio que comprendía lugares de países actuales como
Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y, claro está, Perú.
La capital de aquel imperio era Cusco.
Y hoy, siento que
hoy, me gustaría llegar a Pankula, en Apurímac, cerca de
Andahuaylas, donde nació Arguedas. Ese lugar que, cuando se han
sobrepasado los 3500 metros de altitud, nos regala un maravilloso
bosque de piedras. Desearía sentarme para admirar ese increíble
paisaje, sus enormes rocas, las que se asemejan a piedras hincadas
para defender un territorio. Y una vez allí, cuánto me gustaría
que hasta Arguedas llegasen varias preguntas:
¿Cómo rescatar a
Sayago de la indiferencia que sufre por quienes no valoran su
riqueza? ¿Cómo hacer entender que aquello que conforma su identidad
propia y también única debe ser salvado? Cuánto te necesitamos
para que en este presente escribieras un poema que hablara de Sayago,
que uniera voluntades.
Y sí, desde Pankula,
abriría “Elegía Apu Inca Atawallpaman” y leería.
"¿Qué
arco iris es este negro arco iris
que se alza? Para el enemigo
del Cuzco horrible
flecha que amanece.
Por doquier
granizada siniestra
golpea.
Mi corazón presentía
a
cada instante,
aun en mis sueños, asaltándome,
en el
letargo,
a la mosca azul anunciadora de la muerte;
dolor
inacabable."

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