Cuando se visita Sayago se descubre una comarca moldeada por la piedra y el tiempo.
Cortinas y Cortinos han dado forma a un paisaje que no es solo geografía, sino una auténtica creación cultural, un territorio con identidad propia. Recorriendo sus caminos se comprende que el trabajo en piedra seca es una partitura interpretada durante siglos, donde los silencios se rompen con el estruendo del Duero al abrirse paso entre las paredes verticales de los Arribes.
Una tierra que abrazó la modernidad con el majestuoso Puente de Pino, la obra concebida por Requejo que dejaba atrás el antiguo Camino de la Barca y acercó unas orillas que durante siglos habían vivido frente a frente. Pero la modernidad no se afianzó en esta comarca, dejando que el abandono institucional avanzara como una procesionaria.
Son las tierras que inspiraron al gran Justo Alejo, capaz de traducir en palabras el alma de una comarca y la dignidad de sus gentes. Y también las que emocionaron al escritor peruano José María Arguedas, quien reconoció en la vida campesina de Sayago, en su estrecha relación con la tierra y en el carácter comunitario de sus pueblos, ecos del mundo indígena de los Andes que tan profundamente marcaría su obra.
En Sayago, las piedras escribieron su historia y el agua conserva la memoria de quienes tuvieron que abandonar sus casas y mode de vida. Porque Argusino, aun sumergido, sigue siendo Sayago.
Mientras permanezcan sus paisajes, sus muros de piedra seca, sus palabras y sus recuerdos, Sayago seguirá latiendo con la misma fuerza que lo ha hecho durante siglos.
Una comarca Sayago que siento como mía.

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