Hoy quise atrapar el sol y brindar con él, pedirle un baile en una noche larga, cuando el verano se estrena en la piel.
Que soñáramos juntos la felicidad y la dejáramos reposar en la copa ya rebosada por el horizonte.
Pero el sol, en su descanso, no es buen compañero de baile; se despide con prisas antes de dejarse mecer por el mar, como quien no promete nada para poderlo ser todo.
Y es que la felicidad no se atrapa: se roza. Se derrama por la piel, se queda a vivir en los bordes de lo cotidiano y, a veces, se descubre en un paisaje.
Y me quedé bailando sola, pero no del todo; algo del sol se había quedado conmigo, atrapado en una copa, mientras brindaba por la vida.

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