Hay relojes que dimitieron del tiempo.
Hay paisajes que aprendieron nuestra biografía de memoria.
Y hay dos manos que, después de cuarenta y siete años, siguen encontrándose sin necesidad de buscarse.
La vida pudo intentar dividirnos con sus cuentas imposibles. Pero el 47 es un número primo: se resiste a las particiones. Quizá por eso aprendimos el oficio de vencer. Hemos conversado con los días y negociado con las noches. Hemos cosido las grietas de la convivencia y respetado los silencios.
Y, aunque dicen que el tiempo pasa, yo sospecho que, a veces, se coloca a nuestro lado para vernos caminar juntos.
Brindemos, no por los cuarenta y siete años, sino por ese extraño milagro que consiste en seguir encontrándonos cada mañana como si el mundo acabara de ser inventado.
Han pasado 17.167 amaneceres. Ya no los contamos. Son ellos quienes nos cuentan a nosotros. Ojalá el calendario siga perdiendo hojas sin perder nuestros días.
Sigamos viajando una vida juntos. ¡Te quiero!
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