Cuando una ruta termina, los momentos se acumulan sin orden cierto; lo hacen como bombones de tiempo. Dulces que se deshacen antes de explicarse. Entonces, para describir las sensaciones vividas, surgen las palabras: mar, gentes sencillas, pesca, ausencias, miedos...
Solo queda un resumen: necesitaba estos días para empapar la mirada de color, para dejarme acariciar por lo mínimo y sencillo, para perderme en paisajes infinitos y buscar esos lugares donde el día se deshace lentamente y es tragado por la mar.
Quería vivir la magia de ese sol que se recubre de colores en su despedida: el naranja, similar a brasas que se van enfriando y que dan la mano a un rosa suave, como polvo esparcido; de repente surgen los violetas y la paleta de colores se mezcla. En un suspiro acaba la magia. Pero antes deja una luminosidad especial y esa tarde, antes del ocaso, quise atraparla agarrada a una de esas barcas de la Xávega.

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