domingo, 18 de mayo de 2025

Del primer globo terráqueo a las grandes rutas

 


Estrabón podría ser considerado el primer viajero del que tenemos constancia documental del mundo que le rodeaba. Había nacido en el año 63 a.C. junto al mar Negro. Ese mar que se sitúa entre Asia y Europa. Para explicar a sus coetáneos cómo era la superficie terrestre, ideó una esfera, quizás el primer globo terráqueo tal y como ahora lo conocemos. En él entraba ya la Península Ibérica; éramos parte del mundo conocido.

Pasarían siglos hasta llegar a Marco Polo. En el libro de Las maravillas del mundo, se nos describe Asia Central y China, pero, sobre todo, se nos detalla la ruta viajera de la que aún hablamos, La ruta de la seda. Las caravanas de Marco Polo nos hablan de una ruta que ya se transitaba en el siglo I a.C. Fue en el año 1.298 cuando Rusticheo de Pisa recibió el dictado del maravilloso viaje de parte del veneciano Marco Polo. El mercader nos describe cómo había que atravesar desiertos, altas cordilleras, estepas que no tenían fin. Un paisaje que castigaba y fascinaba quizás a partes iguales.

Cristóbal Colón es otro viajero que documentó su viaje para la posteridad; nos acercó a un mundo hasta entonces desconocido. Fue capaz de contradecir las tesis de Estrabón y demostrar que tras las Torres de Hércules había más mundo. Nunca un error de cálculo resultó tan fructífero. Ir en busca de una ruta alternativa a las Indias y llegar a las costas de nuevas tierras es, sin duda, un error de cálculo que supuso abrir los ojos de todos a un nuevo continente.

Pero, si se habla de navegantes, el que más me gusta es Magallanes. El navegaba bajo bandera portuguesa, fue el primero en atravesar el estrecho que desde entonces lleva su nombre, El estrecho de Magallanes, ese lugar por el que llegar del Atlántico al Pacífico. Esa travesía que el marino que la realizaba con éxito podía lucir un aro en su oreja.

Él, Magallanes, se quedó a muy poco de ser el primero en dar la vuelta completa al mundo; fue asesinado por unos indígenas y sería después Juan Sebastián el Cano quien lo lograría.

Y hablando de viajes y de mares, cómo no mencionar al James Cook, ese viajero que navegó por los mares del Pacífico en el siglo XVIII bajo bandera británica. Fue él quien nos dio a conocer no solo Australia, sino también Nueva Zelanda. Fue él, el hijo de un granjero, quien cartografió los mares y océanos y nos descubrió las costas de Terranova y, también, fue el primero en cruzar el Círculo Polar Antártico.

Y ya en el siglo XIX nacería Charles Darwin, aquel naturalista que a bordo del bergantín Beagle viajó por el mundo y desarrolló la teoría de la evolución de las especies. Sin duda, uno de los viajes más fructíferos. Un viaje que le llevó desde las Canarias hasta la Patagonia o las maravillosas Galápagos.

Y cómo no nombrar a uno de mis viajeros favoritos, el doctor Livingstone. Él descubrió las cataratas Victoria para el mundo. Para entonces se llamaban Mosi-oa-Tunya, que quiere decir El humo que truena. Pero los descubridores tenían la manía de cambiar los nombres a todo lo que encontraban y Livingstone no era una excepción. Este médico y explorador contribuyó a cartografiar el continente africano y, sobre todo, fue un luchador en contra de la esclavitud. Quiso encontrar las fuentes del Nilo y desapareció hasta ser encontrado en 1871 por Henry Stanley. A este último fue confiada la expedición de búsqueda por el periódico norteamericano New York Herald. Y a él se le atribuye la frase:

Doctor Livingstone, supongo”.

Nos quedan los viajeros que llegaron primero a ambos polos o incluso el que sería la inspiración de Spielberg para crear al personaje de Indiana Jones. Pero habría también que hablar de viajeras, y por eso tenemos que hablar de Egeria, la joven gallega que viajó a Constantinopla y llegó a Egipto. Y ese viaje lo hizo ya cuando agonizaba el siglo IV. Sin duda, toda una adelantada a su época y que pudo realizar el viaje por su relación con la iglesia; se dice que tal vez era abadesa de algún convento.

Seguramente, durante siglos, fueron muchas las mujeres que viajaron, pero no existe mucha documentación. Pero de la aristócrata Mary Wortley Montagu sí podemos saber que allá por el año 1716 viajó hacia Constantinopla acompañando a su marido, que fue nombrado embajador. Allí en aquellas tierras sintió la necesidad de conocer lo que la rodeaba e incluso aquello que tenía prohibido. No dudó en vestirse de hombre para llegar a esos lugares en los que las mujeres no podían entrar. Entró, por ejemplo, a los harenes del sultán y todas aquellas experiencias fueron escritas en cartas que enviaba a amigos y familiares. Al final se publicaron y quizás fue la primera vez que Turquía fue deseada como destino turístico.

Si tenemos que hablar de una aventurera que lo dejó todo por viajar, debemos hablar de Hester Stanhope. En los primeros años del siglo XIX recorrió países como Siria, Líbano; después, junto a su amante, llegaría a Egipto, a Palmira… Antes de morir en la más absoluta miseria, dejó escrito el libro Viaje a Oriente.

Y cómo no hablar de May French Sheldon, que en los primeros años del siglo XX quiso demostrar que las mujeres podían realizar expediciones e incluso encabezarlas, y así fue como puso rumbo al Kilimanjaro. Aunque se habla de ella en los términos de que se hizo acompañar de su bañera, lo cierto es que fue capaz de demostrar que se podía entablar contacto con tribus africanas sin ningún tipo de violencia ni sometimiento.

También se puede hablar de Osa Johnson, que junto a su esposo tuvieron una vida nómada que fueron documentando en imágenes. Fueron quizás los primeros viajeros en filmar sus viajes.

Y cómo no hablar de las reporteras de guerra que narraron contiendas, y esta vez hablando en femenino. Porque Martha Gellhorn es quizás la más influyente reportera de conflictos bélicos del siglo XX. Estuvo en la Guerra Civil española junto a Robert Capa y Hemingway, que sería su marido y del que se separaría. Estuvo en el Desembarco de Normandía y en otros lugares claves de la Segunda Guerra Mundial.

Quedan viajeros por nombrar, seguro.

Pero ellos todos fueron intrépidos; podemos hablar de que estaban adelantados a su tiempo.

Hoy no quedan lugares por explorar, o quizás sí, pero lo que sí quedan son las ganas de viajar. De descubrir lugares desconocidos para nosotros. Sentir la necesidad de llegar un poco más lejos. De tener metas por conquistar.

Por eso se hacen rutas de renombrembre determinadas, como la famosa de Ushuaia a Alaska en el continente americano. O alcanzar el Cabo Norte en Europa. La ruta desde Zimbabwe a Nairobi en el continente africano.

Y luego está tu ruta. Aquella que tú planificas y recorres. Aquella ruta que te aleja de tu zona de confort, aquella que invita a despertarte en lugares distintos a los de cualquier día.

Sueña, investiga, planifica y vive tu ruta.




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