El acebo macho floreció primero. Sus pequeñas flores se han ido abriendo; aún siguen algunas haciéndolo y comenzando a lucir de forma orgullosa sus estambres. Ellas no buscaban destacar; su misión era otra, más invisible, pero necesaria; su dorado polen se va liberando por el viento, o transportado, como promesas invisibles, por alguna abeja. Sea como sea, el viaje es corto, menos de un metro y medio. A esa distancia le espera mi acebo hembra; oye, que quizás sea mejor llamarle aceba. En ella sus hojas parecen ser iguales, pero solo en firmeza; la diferencia es clara, su actitud es, sobre todo, receptiva y han esperado de forma silenciosa, hasta que, como en una danza suspendida sobre el viento, donde no había promesas ni certezas, ocurrió. No fue algo que se pueda fotografiar, al menos yo no sabría, y mira que me gusta lo macro.
Mi aceba, para los más ortodoxos mi acebo hembra, una vez acabado el baile, sintió un abultamiento en el centro de sus flores. Era verde y crecía de forma enérgica. Y mi acebo, el macho, ha seguido floreciendo; no sabe aún que ya acabó el tiempo de su importante tarea; o quizás lo sabe, pero quiere seguir bailando, acompañando a su pareja de baile, que ahora muestra orgullosa lo que serán preciosas bayas rojas.
Así que sí, en estos días estoy asistiendo a un espectáculo silencioso de vida. El baile de los acebos en mi patio. Ana Pose


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