sábado, 20 de septiembre de 2025

Casas en ruinas, pueblos vacios.

 

Galerías y balcones que permanecen cerrados por días y noches. Cristales de ventanas rotos que permiten el paso del viento; su sonido quizás acompañe a algún roedor atrincherado en despensas vacías. Puertas hinchadas por la humedad, la misma que ha conseguido herir a paredes que año tras año lucían pintadas. Construcciones que te llevan a otros tiempos. A imaginar a quienes en ella vivían. ¿Médico, abogado, diputado en Cortes, ganadero, agricultor, jornalero…?

Viendo casas con dos plantas, hoy ya casi en ruina, imaginas a un caballero asomado a la galería de la planta primera, un paisano vestido con traje de buen paño, queriendo saber qué pasa con tanto alboroto:

¡Malditos guajes! Uno no puede leer tranquilo con tanto ruido.

¡Cállese, gruñón! Parece que todo le molesta; deje a la chavalería disfrutar de la hora de la merienda. ¡Qué amargado ha vuelto de sus correrías por la mar el señorito!

Señora, correrías no, trabajo. Le recuerdo que he sido marino mercante.

O tal vez en esa casa, ahora en ruinas, nunca vivió nadie ilustrado; pudiera ser la casa de un indiano. Alguien que un día marchó a buscar fortuna, que salió de su tierra con “las cuatro letras”. ¡Cuánto lloró su madre aquel día de despedida! Y volvió y, al volver, quiso construir un hogar donde vivir con su amada, con la que se casó allende los mares. Una casa donde su madre también se sintiera “la señora”. Una madre ya viuda, a la que hubo que traer casi a la fuerza; no entendía ella que no la dejasen acabar sus días en la que siempre fue su casa. En la que parió a los hijos; en la que renegó de la faena en los días de nieve o lluvia; entre sus paredes lloró las ausencias y sintió el dolor de las despedidas.

Y ahora, ¿qué pintaba ella asomada a una galería? Ella era de sentarse a la puerta, en el poyo que colocó “su Manuel”. Su Manuel, al que enterró sola. Su hijo mayor muerto de fiebres, su única hija casada con un viajante de Extremadura, el muy maldito la dejó preñada; su hijo pequeño en “las Américas”, ¿y ella? Ella sola. Sentía el dolor de aquella mañana en la que vistió a su Manuel, ya muy rígido y frío, con el traje de la boda, que le valía como el primer día. Y es que, como ella decía, “el hambre sí que cuida la figura”. Eso sí, a su Manuel lo llevaron al Campo Santo a hombros los vecinos de toda la vida. Encarna nunca olvidó aquella mañana que, al volver del cementerio, cerró la puerta sabiendo que nadie más llegaría ese día, ni al siguiente, nadie más. Y hoy, hoy llora que la lleven a una casa que es fruto de años de olvido, de soledad hiriente y nunca deseada.

También pudiera ser la casa de…

La verdad, nada importa quién viviera; lo que realmente importa es que hoy la casa, esa y miles como esa, están en estado de ruina. En ruina está media España, la España de los pueblos pequeños. Esos que tienen escuelas cerradas desde hace años. Esos pueblos donde una sala del antiguo ayuntamiento sirve de dispensario médico una vez por semana. Pueblos sin transporte a la capital de su provincia; sin tienda donde comprar lo poco que con las pensiones alcanza. Abuelos que ahorran cada mes para dar el aguinaldo a nietos que llegan dos veces al año. Mujeres solas que ya han perdido a la única amiga.

Pueblos encalados de Andalucía o Extremadura donde, al barrer la calle de la fachada de la casa, ya nadie pasa para darle los buenos días. Pueblos de casas con muros de piedra de comarcas de Castilla, con campos abandonados, con mujeres que reniegan más de la soledad que del frío, donde con suerte viven más de diez vecinos y llega la fruta y el pescado una vez por semana. Fotografías de una España de interior “vaciada”, que se vacía, se vacía de servicios, de vida. Llamarla “vaciada” es lo más apropiado porque si esos pueblos siguieran teniendo carreteras decentes, médicos de familia, si hubiesen seguido llegando trenes y ayudas, entonces estaríamos hablando de pueblos con vida.

Casas vacías, que relatan el abandono que sufrieron los pueblos para buscar, los que marchaban, el bienestar y el futuro que allí no se tenía, ni se esperaba que llegara. Casas que nos cuentan que se cerraron después de morir padres que ya no tenían cerca a hijas e hijos a quienes abrazar. Cuando marchaban los jóvenes, allí quedaban padres que por vez primera ya no veían crecer a sus nietos y ya no envejecían junto a los hijos.

Casas cerradas, con puertas remendadas, con ventanas cegadas y con historias para ser contadas. Ana Pose



miércoles, 10 de septiembre de 2025

Un tambor de hojalata destrozado

 

Y frente a aquella ventana creí estar viendo los restos del tambor de Oskar Matzerath, aquel niño que nos describió Günter Grass en su novela "El tambor de hojalata". Ese niño, que un día se planteó dejar de crecer y el tambor, convertido en símbolo de protesta, le acompañó, ejerciendo la resistencia, también la crítica social y la lucha contra la barbarie que creaba el nazismo. 
 
Y allí, en aquella ventana, parecían encontrarse los restos de aquel tambor de hojalata; roto, con su utilidad perdida. Destrozado, tanto como lo está actualmente la convivencia. 
 
Cuánta falta nos hace en estos tiempos, cuando al adversario político se le trata como al enemigo, un tambor que suene más fuerte que los insultos; más intensamente que las palabras que hieren por rebuscadas para ser advertencia y amenaza. 
 

Ventana vista en Hoyos del Espino. 09/25

martes, 9 de septiembre de 2025

Pararse y contemplar

 


 

Pasear el camino, salpicado de humildes flores, las que siempre nombré como flores amarillas; frágiles, sí, pero con un escudo de simpleza, el mismo que las protege de la avara recolección. Y su sencillez les permite colarse en una foto, rubricando la primavera.

Caminar atenta al paisaje, aunque lo tenga mil veces visto, vivir el instante. Esperar del sendero la sorpresa, la invitación a volver a disfrutar de lo conocido. Una pausa, una parada y descubrir el otro enfoque. Si la pausa en el camino se ve como una pérdida de tiempo, entonces te pierdes un cuadro único; solo existe para ti, en ese justo instante.

El lugar te invita a una foto. Al enfocar, compruebo que la distancia hacia el horizonte se hizo más grande. Esa perspectiva me borra el camino, me brinda una mirada del lugar desconocida. Lo alejado, aunque fuese lo más importante, casi pasa desapercibido. Lo inmediato, lo que se sitúa en primer plano, adquiere toda la importancia, y me cuenta, me susurra: la tierra está seca.

Disfruto del instante, sé que jamás el viento volverá a mecer así a las diminutas flores, ni al cereal crecido. El cielo nunca pintará la misma tonalidad cromática. Ese insecto que escuchaba no volverá. Esa mariposa, que hoy revoloteaba, ya no estará. El vuelo del milano ya no dibujará la misma acrobacia. Los instantes son vida; dejar que pasen sin disfrutarlos es dejar escapar los días. Hoy, mientras Arvi me sacaba la lengua, disfruté del instante único, ese que al describirle ya es pasado.


domingo, 7 de septiembre de 2025

Autocaravanas en ruta. Disfrutando de los pueblos y sus gentes.





Ahora que comienza un nuevo curso escolar, ahora que se acaba el verano y con él las aglomeraciones, es hora de hacer balance, de poner en valor lo que tiene de excelencia nuestra forma de viajar en autocaravana. Una fórmula de viaje que nos permite acercarnos a vivir con los lugareños en esos pueblos que carecen de servicios hosteleros. Lugares en los que conocer a gentes pegadas a su tierra que siguen transmitiendo, de generación en generación, sus tradiciones.

Lugares donde son los abuelos, con ilusión, quienes adecentan y limpian de malas hierbas las orillas del arroyo cercano para que sus nietos disfruten del baño en verano, como ellos lo hicieron cuando eran niños. Pueblos casi perdidos donde descubrir cómo un vecino talla la madera y, junto al trabajo que siempre hizo de aperos de labranza, da forma a unos pequeños bolos para un juego popular en su comarca.

Mujeres que guardan las recetas de sus madres, como ellas lo hicieron de las suyas. Cocineras de sabrosos platos que no tienen firma de chef, ¡pero para sí quisieran ellos los ingredientes que ellas usan!

Así que es hora de dejar en la cuneta del olvido a aquellos políticos que abusan del titular fácil, que no buscan soluciones, tan solo ponen señales ilegales; a aquellos empresarios para los que la palabra evolución no existe o desconocen su significado; a aquellos seudo periodistas que manipulan la información y escriben al dictado. 

Es momento de plasmar sentimientos. De expresar las sensaciones vividas en carreteras bacheadas, esas que nosotros recorremos por gusto y los vecinos que viven en esos lugares sufren todo el año. Hora de ponerse a escribir de aquello que nos transmitieron vecinos de algunos de esos pueblos. Que nos dijeron: “contar que carecemos de cualquier tipo de transporte, que las vías de tren, que un día fueron progreso, ahora prácticamente están escondidas entre maleza, ahora son la certeza del abandono. Hace años que algunas de esas estaciones, donde había hasta cantina, hoy no solo están cerradas, ahora están en estado de ruina. Los autobuses ya no pasan por estas carreteras sin arcén, ni tan siquiera los dedicados a transporte escolar, ¿para qué? Deben pensar los políticos. Ya no viven niños en estos pueblos, tan solo quedan viejos”.

Pueblos donde el médico se comparte, como se comparte el cartero o la tienda que "viste de furgoneta", con otros pueblos.

Pueblos donde ni la iglesia sirve para cantar misa, donde el campanario ya no cumple su función porque nadie recogió el testigo al morir el último campanero.

Pueblos sin ayuntamiento que ahora se llaman, en el mejor de los casos, pedanías o anejos.

Pero en esos pueblos que las administraciones olvidan viven auténticos filósofos de la vida, grandes mujeres y hombres que han trabajado de sol a sol, en el campo, en una cantera, para el señor de la dehesa o de la finca. Abuelos que guardan sus recuerdos para contarlos a quien quiera escucharlos. Y, ¿qué mejor que hacer, cuando viajas en autocaravana y sin prisas, que escucharle a él a ella? Y al escucharles, te muestran sus manos que aún siguen agrietadas, te describirán el frío y la lluvia de los años de mili o guerra; te enseñará esos lugares escondidos, te hablará de los pocos días de fiesta que se tenían al año, de cómo se ponían un lazo negro en la camisa blanca para avisar del luto, de las partidas de brisca… Abuelas sin juventud, que durante años, sus ropas solo eran de color negro por un luto constante; abuelas que se levantaban al alba para encender una cocina de leña donde calentar la leche recién ordeñada; abuelas a las que los sabañones, fruto del agua fría, no les impedían seguir lavando la ropa en el río y en pleno invierno; abuelas acostumbradas al zurcido y a dar la vuelta a los cuellos de las camisas y hasta quitarlos cuando ya no había remedio. Abuelas que un día fueron mozas y les susurraron al oído palabras de amor; abuelas de partos en casa con palangana, abuelas de zapatillas todo el año y zapatos para visitar al doctor o bajar a la patrona en fiestas.

Familias trabajadoras que lograron con esfuerzo que los hijos tuvieran estudios, porque salir del pueblo era salir de la pobreza…

En definitiva, esos pueblos donde los vecinos siguen sacando sus sillas al fresco en la noches veraniegas. ¿Sabrán ellos que están acampados? No, no deben saberlo porque cuando sales de la autocaravana a dar un paseo, alguien te dice: ¿Les saco unas sillas y se sientan al fresco, que hace calor para estar dentro?

Pueblos de la llanura castellana, esa de la que escribía Unamuno: “...Castilla es una tierra con historia antigua, de gentes muy trabajadoras que levantan una tierra difícil de trabajar, agreste y dura...”

Pueblos de las costas donde el atractivo son sus bravas mareas desgastando sus acantilados y donde las noches se engalanan con el abecedario que usan sus faros.

Pueblos de valles pirenaicos con un paisaje que no te cansas de patear.

Pueblos marineros, pero donde no atracan grandes yates y donde sus puertos, sin pantalanes, acogen pequeñas embarcaciones de pesca de bajura.

Pueblos donde descubrir que los ríos eran medios de transporte para la madera de sus bosques.

Pueblos que atesoran donde el románico nos recibe para enseñarnos la vida de un cambio de milenio, allá por el siglo XI.

Pueblos cuyos castillos y casas blasonadas nos hablan de su historia ahora olvidada.

Pueblos sin etiquetas turísticas, porque no las necesitan.

Pueblos donde viajo con la única certeza de que en mi recorrido encontraré a gentes auténticas y un paisaje en que perderme.

Así que, señores que se dedican a difamar y a poner falsas etiquetas, de forma maliciosa, a los viajeros en autocaravana, ustedes sabrán a quiénes sirven.

Yo viajo todo el año, y como yo, muchos compañeros, y a nuestro paso, vivimos con aquellos a quienes las administraciones, con su dejación, han vaciado sus pueblos de vida y ahora llevan la coletilla de "España vaciada". Y ahora, cuando entra el otoño, algunos de esos pueblos terminarán vaciándose por completo.

Los causantes de esa España que se vacía llevan firma. Abandono de las administraciones, permisos concedidos para macrogranjas con gran impacto medioambiental. Sobreexplotación de los acuíferos, para una agricultura de regadío en lugares de secano, que está desertizando nuestra geografía. Construcción de parques eólicos que matan al año miles y miles de aves, aves que permiten regular el ecosistema y con ello la agricultura. Instalación de grandes aerogeneradores que generan contaminación visual y acústica, que destrozan entornos para poner erguidos esos molinos. Ahora si, querido Alonso Quijano, Quijote para la mayoría, ahora son verdaderos gigantes, tan gigantes como los beneficios de las empresas, muchas extranjeras, que son capaces hasta de instalar sus proyectos en zonas protegidas. ¡Qué intereses no habrá!

Se me olvidaba en el balance; quiero suponer que muchos campings que nos ven como su amenaza en verano, ahora que ya se acaba este periodo vacacional, y a diferencia de otros años, sí van a permanecer abiertos para ofrecer sus servicios a un colectivo que viaja todo el año. Quiero suponer que en caso de cierre será para acometer las obras necesarias para que los vehículos voluminosos puedan circular por sus viales; para ofrecer servicio de vaciado y llenado de depósitos; que van a preparar plazas de aparcamiento que se destinarán a viajeros que llegan de madrugada o comienzan la marcha antes del amanecer; que van a poner al día, si hiciese falta, el alcantarillado y depurado de sus aguas residuales; que van a desmantelar algunos bungalows u otras instalaciones “fijas” para tener más plazas libres para itinerantes; que van a comenzar a negociar con ayuntamientos el desmantelamiento del “negocio” si este se encuentra en terrenos inundables, son muchos los que lo están, o incumpliendo la Ley de Costas. Por cierto, una ley que es un poco como el chicle: se estira o encoge a discreción; tan pronto se hace pequeña y no ve grandes infracciones, tipo vertidos ilegales, construcciones sin licencia... Como explota como un globo contra determinados vehículos aparcados. 

Bueno, y si deciden tomar vacaciones hasta la próxima primavera, bien podrían aprovechar para visitar algún camping fuera de España y pedir las tarifas y ver lo que ofrecen; a lo mejor algo aprenden. Ana Pose @subetealpaisaje


La reina doña Sancha de León y El Beato de Fernando I y doña Sancha

      La reina Sancha Alfónsez de León (1013–1067), conocida más como Sancha de León, fue fundadora de algunos monasterios, con ...