Galerías y balcones que permanecen cerrados por días y noches. Cristales de ventanas rotos que permiten el paso del viento; su sonido quizás acompañe a algún roedor atrincherado en despensas vacías. Puertas hinchadas por la humedad, la misma que ha conseguido herir a paredes que año tras año lucían pintadas. Construcciones que te llevan a otros tiempos. A imaginar a quienes en ella vivían. ¿Médico, abogado, diputado en Cortes, ganadero, agricultor, jornalero…?
Viendo casas con dos plantas, hoy ya casi en ruina, imaginas a un caballero asomado a la galería de la planta primera, un paisano vestido con traje de buen paño, queriendo saber qué pasa con tanto alboroto:
—¡Malditos guajes! Uno no puede leer tranquilo con tanto ruido.
—¡Cállese, gruñón! Parece que todo le molesta; deje a la chavalería disfrutar de la hora de la merienda. ¡Qué amargado ha vuelto de sus correrías por la mar el señorito!
—Señora, correrías no, trabajo. Le recuerdo que he sido marino mercante.
O tal vez en esa casa, ahora en ruinas, nunca vivió nadie ilustrado; pudiera ser la casa de un indiano. Alguien que un día marchó a buscar fortuna, que salió de su tierra con “las cuatro letras”. ¡Cuánto lloró su madre aquel día de despedida! Y volvió y, al volver, quiso construir un hogar donde vivir con su amada, con la que se casó allende los mares. Una casa donde su madre también se sintiera “la señora”. Una madre ya viuda, a la que hubo que traer casi a la fuerza; no entendía ella que no la dejasen acabar sus días en la que siempre fue su casa. En la que parió a los hijos; en la que renegó de la faena en los días de nieve o lluvia; entre sus paredes lloró las ausencias y sintió el dolor de las despedidas.
Y ahora, ¿qué pintaba ella asomada a una galería? Ella era de sentarse a la puerta, en el poyo que colocó “su Manuel”. Su Manuel, al que enterró sola. Su hijo mayor muerto de fiebres, su única hija casada con un viajante de Extremadura, el muy maldito la dejó preñada; su hijo pequeño en “las Américas”, ¿y ella? Ella sola. Sentía el dolor de aquella mañana en la que vistió a su Manuel, ya muy rígido y frío, con el traje de la boda, que le valía como el primer día. Y es que, como ella decía, “el hambre sí que cuida la figura”. Eso sí, a su Manuel lo llevaron al Campo Santo a hombros los vecinos de toda la vida. Encarna nunca olvidó aquella mañana que, al volver del cementerio, cerró la puerta sabiendo que nadie más llegaría ese día, ni al siguiente, nadie más. Y hoy, hoy llora que la lleven a una casa que es fruto de años de olvido, de soledad hiriente y nunca deseada.
También pudiera ser la casa de…
La verdad, nada importa quién viviera; lo que realmente importa es que hoy la casa, esa y miles como esa, están en estado de ruina. En ruina está media España, la España de los pueblos pequeños. Esos que tienen escuelas cerradas desde hace años. Esos pueblos donde una sala del antiguo ayuntamiento sirve de dispensario médico una vez por semana. Pueblos sin transporte a la capital de su provincia; sin tienda donde comprar lo poco que con las pensiones alcanza. Abuelos que ahorran cada mes para dar el aguinaldo a nietos que llegan dos veces al año. Mujeres solas que ya han perdido a la única amiga.
Pueblos encalados de Andalucía o Extremadura donde, al barrer la calle de la fachada de la casa, ya nadie pasa para darle los buenos días. Pueblos de casas con muros de piedra de comarcas de Castilla, con campos abandonados, con mujeres que reniegan más de la soledad que del frío, donde con suerte viven más de diez vecinos y llega la fruta y el pescado una vez por semana. Fotografías de una España de interior “vaciada”, que se vacía, se vacía de servicios, de vida. Llamarla “vaciada” es lo más apropiado porque si esos pueblos siguieran teniendo carreteras decentes, médicos de familia, si hubiesen seguido llegando trenes y ayudas, entonces estaríamos hablando de pueblos con vida.
Casas vacías, que relatan el abandono que sufrieron los pueblos para buscar, los que marchaban, el bienestar y el futuro que allí no se tenía, ni se esperaba que llegara. Casas que nos cuentan que se cerraron después de morir padres que ya no tenían cerca a hijas e hijos a quienes abrazar. Cuando marchaban los jóvenes, allí quedaban padres que por vez primera ya no veían crecer a sus nietos y ya no envejecían junto a los hijos.
Casas cerradas, con puertas remendadas, con ventanas cegadas y con historias para ser contadas. Ana Pose


