Y frente a aquella ventana creí estar viendo los restos del tambor de Oskar Matzerath, aquel niño que nos describió Günter Grass en su novela "El tambor de hojalata". Ese niño, que un día se planteó dejar de crecer y el tambor, convertido en símbolo de protesta, le acompañó, ejerciendo la resistencia, también la crítica social y la lucha contra la barbarie que creaba el nazismo.
Y allí, en aquella ventana, parecían encontrarse los restos de aquel tambor de hojalata; roto, con su utilidad perdida. Destrozado, tanto como lo está actualmente la convivencia.
Cuánta falta nos hace en estos tiempos, cuando al adversario político se le trata como al enemigo, un tambor que suene más fuerte que los insultos; más intensamente que las palabras que hieren por rebuscadas para ser advertencia y amenaza.
Ventana vista en Hoyos del Espino. 09/25

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