Pasear el camino, salpicado de humildes flores, las que siempre nombré como flores amarillas; frágiles, sí, pero con un escudo de simpleza, el mismo que las protege de la avara recolección. Y su sencillez les permite colarse en una foto, rubricando la primavera.
Caminar atenta al paisaje, aunque lo tenga mil veces visto, vivir el instante. Esperar del sendero la sorpresa, la invitación a volver a disfrutar de lo conocido. Una pausa, una parada y descubrir el otro enfoque. Si la pausa en el camino se ve como una pérdida de tiempo, entonces te pierdes un cuadro único; solo existe para ti, en ese justo instante.
El lugar te invita a una foto. Al enfocar, compruebo que la distancia hacia el horizonte se hizo más grande. Esa perspectiva me borra el camino, me brinda una mirada del lugar desconocida. Lo alejado, aunque fuese lo más importante, casi pasa desapercibido. Lo inmediato, lo que se sitúa en primer plano, adquiere toda la importancia, y me cuenta, me susurra: la tierra está seca.
Disfruto del instante, sé que jamás el viento volverá a mecer así a las diminutas flores, ni al cereal crecido. El cielo nunca pintará la misma tonalidad cromática. Ese insecto que escuchaba no volverá. Esa mariposa, que hoy revoloteaba, ya no estará. El vuelo del milano ya no dibujará la misma acrobacia. Los instantes son vida; dejar que pasen sin disfrutarlos es dejar escapar los días. Hoy, mientras Arvi me sacaba la lengua, disfruté del instante único, ese que al describirle ya es pasado.

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