domingo, 27 de julio de 2025

Todo lo que sube tiende a caer.

Todo lo que sube tiende a caer.

Vender humo no es nuevo; es más, remontándonos al siglo XVII, se produjo una, llamémosla burbuja financiera, producida por la especulación; en aquel caso, la especulación de algo tan ligado a Países Bajos como son los tulipanes. En aquel año de 1630, los bulbos de tulipanes multiplicaron su valor por 100; cuatro años después, la burbuja se pinchó y su precio cayó a niveles no imaginados por aquellos que habían invertido cuantiosas sumas en bulbos.



Para ponernos en contexto, habrá que decir que en aquellos años las flores eran un signo de distinción, algo que por cierto sigue siendo. El colorido de algunos tulipanes hizo que su precio comenzara a subir y subir. Y es que si en aquellos años un bulbo de tulipán podía venderse por casi 1000 florines y teniendo en cuenta que, por ejemplo, una tonelada de mantequilla valía no más de 100 florines, podemos hacernos a la idea de la burbuja especulativa que se había creado en torno a una flor sencilla a la vez que vistosa. En el año 1635 se llegó a pagar hasta 6000 florines por un bulbo denominado Semper Augustus.

La fiebre especulativa llevó a que algunos campos dejasen de sembrarse con productos que servían para la alimentación y se cultivasen bulbos de tulipán, y aún cabía un paso más en la burbuja especulativa: los bulbos de tulipán pasaron a cotizar en una bolsa de valores.

Pero, como toda burbuja, pinchó, y aquel producto que se compraba incluso antes de la floración, sin saber cuál sería su colorido y espectacularidad, comenzó a perder enteros. Muchos holandeses habían vendido propiedades para tener liquidez y poder comprar bulbos de tulipán; lo perdieron todo, se arruinaron, y no fueron pocos.

La economía holandesa sufrió una gran quiebra y aun así se dice que algunos ni se enteraron del valor de aquellos bulbos; es el caso de un marinero que, se cuenta, cocinó con un valioso bulbo de Semper Augustus; se cuenta que lo utilizó como si fuese una cebolla. Escribe Charles Mackay en un libro, Delirios multitudinarios, que aquel bulbo que sirvió de cebolla al cocinero había costado la friolera de 3000 florines y al marino aquel guiso le supuso la cárcel por 6 meses. Por cierto, 3000 florines de aquella época serían ahora unos 50.00 euros, ¡casi nada!

Y es que las burbujas financieras como la de los tulipanes, quizás la primera burbuja financiera propiamente dicha, se alimentan del convencimiento que tienen algunos inversores en que solo cabe la escalada de precios, subir y seguir subiendo, hasta que ZASCA, la cosa se tuerce y el producto en cuestión cae, y sigue cayendo incluso a niveles más bajos que al inicio de su crecimiento desmesurado. Y así estamos, desde el siglo XVII, que se suceden las burbujas financieras.

Ahora, cuando comprar dinero ya lo es casi a coste cero, comienzan a pincharse algunas burbujas, comienzan a empobrecerse y arruinarse quienes invirtieron prácticamente en humo, también en quienes creyeron que el valor de algo es siempre ascendente.

Las crisis financieras desde aquel año en que comprarse un bulbo de tulipán era tan caro como comprarse una casa no han dejado de golpear a una sociedad que no aprende. Primero suben los precios de algo, pensando eso sí, que nunca más va a volver a bajar el precio. Qué ilusos aquellos que aún se creen tal falacia. En un momento y cuando la escalada de precios está en pleno ascenso, surge un detonante que hace que todo se tambalee. Los más informados y listos podrán salvar “los muebles”; los últimos solo verán cómo pierden todo aquello que tenían y pensaban que era para siempre.

Conclusión: Lo que valía cantidades increíbles de dinero no encuentra ya comprador; es la RUINA para aquellos que pusieron todo su dinero, incluso el que pidieron prestado en la compra de aquel producto. Y el pánico, esa sensación contagiosa que todo lo impregna, se apodera de toda la sociedad. Pasó con la burbuja de los tulipanes, con la de los mares del sur en los años veinte del siglo XVIII y con otras:

La del pánico de 1797, la del 1819, la de 1837 en EEUU.

En el Reino Unido, la burbuja estallada de 1857.

La de 1873, que afectaría a Alemania y EEUU.

El pánico de 1884 con la quiebra de 10.000 empresas cuando quebraron El Grant and Ward y el Marine National Bank de Nueva York.

Ya estrenado el siglo XX, el llamado Pánico del 1901 acabó en el crack de la bolsa de Nueva York.

Seis años más tarde, el pánico se extendió entre los bancos de Nueva York; prácticamente se quedaron sin liquidez. Es lo que se conoce como el Pánico de los banqueros del 1907.

Después llegaría el famoso crack del 29; aquello también se conoció como la Gran Depresión y se vieron afectados muchos países, no solo EEUU.

La crisis del petróleo de 1973, en la que la subida del petróleo hizo que las economías de la mayoría de países se resintieran.

El llamado Lunes Negro del año 1987, cuando todos los teletipos daban cuenta de cómo las bolsas de todos los países se desplomaban.

En el 1994, el que se conoce como efecto tequila, el año en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Un tratado firmado entre EE. UU., México y Canadá.

También en los años noventa, en 1997, la llamada crisis financiera asiática comenzaba a derrumbarse el llamado milagro económico asiático.

Ya en el año 2000 estalla la burbuja de lo que se llamaba las “puntocom”, que hacía referencia a las empresas digitales.

En el 2008, la caída de Lehman Brothers y las famosas hipotecas subprime. Era el cuarto banco de inversiones más grande de EEUU.

Y para terminar, cabe hablar del personaje que creó una burbuja que crecía y crecía hasta que estalló. Bernard Madoff había creado una burbuja fundamentada en un sistema piramidal. Lo triste es que aquella farsa financiera, que llevó a la cárcel a su creador en el 2009, llegó a valorarse por 68.000 millones de dólares americanos.

Llegados a este punto en pinceladas con historia, habrá que mantener la cabeza fría ante una inversión, por muy bonita que nos la pinten.




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