domingo, 27 de julio de 2025

Speaker’s Corner

 

Si hablamos del Rincón del Orador, quizás no nos transmita lo mismo que si escuchamos decir Speaker’s Corner.

Es esta la frase que, al pronunciarla, nos sitúa en Inglaterra, concretamente en el parque londinense conocido como Hyde Park. Un lugar en el que se permite a los oradores que expresen sus ideas, sus críticas, con el único límite del respeto absoluto a la Corona inglesa, quizás porque el rey Enrique VIII lo confiscó a la Iglesia allá por el 1530, siendo desde aquella fecha propiedad real. Pero, ¿por qué surgió esa tradición? Tenemos que remontarnos al año 1855 y a los disturbios que se produjeron contra el Sunday Trading Bill. En aquellos años, tanto Hyde Park como Trafalgar Square eran los únicos espacios abiertos de considerable superficie en el centro de Londres.

Un parque, el Hyde Park, que se abrió al público en el siglo XVII, convirtiéndose en un lugar de ocio para las clases más pudientes, donde las clases más populares estaban excluidas. En el 1855, en este parque hubo un desafío a la autoridad; el desencadenante no fue otro que la Ley de Comercio Dominical de Lord Grosvenor. Se pretendía con esa ley que los domingos permanecieran cerrados los comercios. Para entender el alcance de esa ley y cómo afectaba a las clases más populares, conviene saber que los trabajadores cobraban su salario el sábado por la tarde, cuando acababan su jornada laboral. Era, por tanto, el domingo el único día en que los obreros podían comprar y distraerse tomando unas cervezas. Con anterioridad a la Ley del Comercio Domonial, se había tomado la medida Beer Bill; con ella, los lugares de entretenimiento público quedaban cerrados los domingos y solo se abrirían entre las 6 de la tarde y las 10 de la noche. Lord Robert Grosvenor, ante las acusaciones de que las leyes iban solo dirigidas contra la clase trabajadora, contestó que "la aristocracia se abstenía en gran medida de emplear a sus sirvientes y caballos los domingos". La frase no pudo ser más desafortunada y tuvo su contestación en carteles que se podían leer por todo Londres. Y decían así: “Nuevo proyecto de ley dominical que prohíbe el periódico, el afeitado, el cigarrillo, el comer y beber y toda clase de esparcimiento y alimentación, tanto corporal como espiritual, que aún disfrutan los pobres en la actualidad. El domingo por la tarde tendrá lugar en Hyde Park una reunión al aire libre de artesanos, trabajadores y las clases bajas en general de la capital para ver cuán religiosamente la aristocracia está observando el sábado y cuán ansiosa está por no emplear a sus sirvientes y caballos. En ese día, como dijo Lord Robert Grosvenor en su discurso. La reunión está convocada para las tres en la margen derecha del Serpentine, en el lado que da a los jardines de Kensington”. Ante la frase “somos tratados como esclavos”, que corría como la pólvora entre las clases populares el día de convocatoria, y a las 3 de la tarde, unas 50.000 personas se reunían en el lugar señalado de Hyde Park, una cifra que finalmente llegó a los 200.000 manifestantes que fueron llegando, desbordando cualquier previsión. Cuando uno de los presentes tomó la palabra, el inspector de policía, al mando de no más de 50 agentes que de forma amenazante movían sus porras, gritó a los asistentes que el parque pertenecía a la Corona británica y que en él no se podía celebrar ninguna reunión. La multitud hizo caso omiso a las advertencias policiales y siguió a Finlen, miembro del ejecutivo carlista, que corría hacia un árbol; allí fue rodeado por miles de manifestantes, algo que hizo imposible que la policía pudiese llegar hasta él mientras gritaba a sus compañeros: “Seis días a la semana somos tratados como esclavos y ahora el Parlamento quiere robarnos el poco de libertad que todavía tenemos el día siete”. A la vez se escucharon gritos: “¡Vamos a la carretera, a los carruajes!”, carretera por la que paseaba la clase aristócrata en sus carruajes tirados por caballos y conducidos por lacayos de librea. Miles de manifestantes, donde no solo había trabajadores, también había parte de la clase media londinense, hicieron difícil el trabajo de los policías que tenían orden de salvaguardar el orden y dejar libre la vía para que circularan los carruajes. Carruajes que se veían amenazados por bastones alzados contra ellos, a la vez que se escuchaban frases que advertían que "¡esto es solo el comienzo!, ¡Ese es el primer paso!", y que dejaban claro el odio que sentían hacia una aristocracia que equiparaba el descanso de los trabajadores al de los animales. Los gritos y los insultos fueron aumentando hasta hacerse insoportables. Gritos e insultos que aumentaban casi a la misma velocidad que lo hacían los refuerzos de las fuerzas del orden que ya estaban avisadas del motín que se podía producir en Hyde Park. Y a los nuevos efectivos policiales los manifestantes les recibían con “¿Dónde están los gansos? ¡Pregúntale a la policía!”. Y es que se hacía poco que un policía de Clerkenwell había realizado un robo bastante sonado, el robo de unos gansos. Una semana después, y aunque desde algún medio de comunicación se había pedido mano dura y prohibición de las concentraciones, se llevó a cabo otra protesta en el parque donde se llegaron a congregar 150.000 manifestantes y, esta vez, hasta 800 agentes de policía estaban dispuestos para mantener el orden y proteger los carruajes de la alta sociedad londinense. Pero no hubo nada que proteger; al contrario de lo que aconteció en la primera manifestación, esta vez la aristocracia no sacó sus carruajes a pasear por los caminos de Hyde Park. Las clases populares habían alzado su voz y ganado el espacio público. Eso sí, la policía comenzó a detener a manifestantes acusándoles de carteristas, algo que era falso; los manifestantes comenzaron a protestar y la policía cargó y rompió más de una cabeza. La policía no pudo impedir que se escucharan distintos discursos tales como: “¡Hombres de la vieja Inglaterra! ¡Despierta! ¡Levántate de tu sueño, o cae para siempre! No teman exigir sus derechos y privilegios, pero quítense las cadenas de la opresión y el desgobierno oligárquico. Su señoría quiere llevarnos a la iglesia y hacernos religiosos por ley del Parlamento; pero no servirá. ¿Quiénes somos y quiénes son ellos? …”. El orador y algunos de sus oyentes estuvieron entre los más de cien manifestantes que fueron detenidos. Esa misma tarde los manifestantes que se iban de Hyde Park gritaban “Ahora a Lord Robert Grosvenor's", y en la casa del Lord se juntó una multitud que gritaba que le echasen. La policía disolvió aquella congregación. Finalmente, Lord Grosvenor retiró la Ley de Comercio Dominical. Habían ganado los trabajadores. Durante años, aquel parque de Hyde Park fue escenario de otras reivindicaciones. También del Movimiento Sufragista, mitines antifascistas en los años 30 del pasado siglo... De aquellas revueltas primeras surgió lo que se ha denominado “el derecho a hablar” en Hyde Park. En el año 1872 se publicó el decreto Royal Parks and Garden's Act, que, aunque no establecía un derecho de hablar libremente como tal, lo cierto es que permitía que se hiciese en determinadas áreas específicas. Speakers' Corner se convirtió en un lugar tradicional para discursos públicos y debates para oradores anónimos y otros más famosos como fueron. Vladimir Lenin, George Orwell o Karl Marx; este último dijo que “de aquellas manifestaciones en Hyde Park diría Karl Marx que allí, en aquellos momentos, estaba naciendo la Revolución inglesa”.

Por cierto, a los autocaravanistas nos haría falta un Hyde Park donde poder gritar alto y claro que estamos rodeados de algunos alcaldes que legislan claramente contra las propias leyes.



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