En 1917, en los tiempos del movimiento artístico DADA, del que ya he escrito en más de una ocasión, Duchamp, quizás su mejor representante, creó su obra más reconocida, La Fontaine. Obra esta que, al ser vista por el público, provocaba expresiones del tipo: "Es un puto urinario", cuando no se preguntaban si era arte lo que estaban viendo. Lo cierto es que no les faltaba razón, estaban delante de un simple urinario. A eso se reducía aquella obra que, con el paso de los años, se convirtió en un icono.
Quizás, y sin saberlo, con Duchamp se había instalado la idea de que el arte lo es si la obra se puede admirar en una sala museística, o si está a la vista de público y críticos de arte. Estos últimos vieron en La Fontaine lo que veían todos, un simple urinario, pero hicieron su trabajo y comenzaron a diseccionar la idea del artista. Dieron rienda suelta a su imaginación y enseguida buscaron similitudes entre un urinario y la decadencia de esos años; hablaron también de que era una obra revisionista...
Lo cierto es que el artista dijo refiriéndose a ellos, a la crítica y a la sociedad en general: “Les arrojé a la cabeza un urinario como provocación y ahora resulta que admiran su belleza estética…”. ¡Ojo! La Fontaine es considerada “la obra de arte más influyente del siglo XX”, algo que fue votado por profesionales del sector, y no por diez o cincuenta, no, no, fue votado por 500 representantes. Y hoy, viendo la foto que me presta mi hijo, y que realizó en la India, me pregunto si allí estaban instalados unos cuantos artistas dadaístas o bien solo yo veo arte en simples urinarios en una playa. Duchamp fue el artista que logró que lo cotidiano fuese visto como una expresión artística. Él veía arte incluso en un simple retoque. Así una obra consagrada como la Gioconda sería menos enigmática si se le pintaran unos bigotes. Admirar la mirada de la modelo Lisa Gherardini sería ya algo que pasaría a un segundo plano. ¡Donde estén unos bigotes! Duchamp creó, allá por el 1914, los Readymades; con este movimiento, los objetos más cotidianos, los menos artísticos, pasaban a ser arte; para ello bastaba con ser presentados a crítica y público fuera del contexto habitual en el que siempre se les veía. Por cierto, es fácil dibujar una línea recta, pintar un lienzo de un solo color, colgar un colchón en una pared... Lo difícil es que se te ocurra a ti considerarlo arte y tengas la posibilidad de que alguien crea en tu propuesta. Si te decides a crear e innovar, es necesario que tengas un galerista que esté dispuesto a asumir el riesgo. Por último, necesitarás que los críticos estén inspirados a la hora de describir la obra en cuestión, ya sea un urinario o un pañuelo almidonado. Sin duda, la crítica será el imán perfecto para que esa simple obra comience a cotizar al alza. Me hubiese encantado conocer a Marcel Duchamp, preguntarle sobre cómo vivió las respuestas ante su obra provocativa. ¿En qué momento sintió la necesidad de presentar aquel urinario a la Sociedad de Artistas Independientes? ¿Por qué al enviar la obra firmó con el pseudónimo R. Mutt? Él formaba parte de aquel jurado que rechazó su obra; ¿votó él en contra? Por último, ¿cuándo se le ocurrió el epitafio de su tumba que dice: «Por lo demás, siempre mueren los otros»? Me despido mientras he puesto un colador sobre un aparador del salón, y a su lado he colocado un pequeño letrero. "1000 soplos". En fin, un simple relato de Pinceladas con historia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario