Sin duda, uno de los personajes más controvertidos de nuestra historia. Hija de Enrique IV y su esposa, la reina Juana de Portugal, los rumores sobre su ilegitimidad sobrevolaron sobre ella desde su nacimiento. Provoca encendidos debates académicos, están los que dicen que Juana debió ser reina de España y no su tía Isabel I la Católica y los que opinan lo contrario. Fueron quizás las circunstancias históricas y políticas las que colocaron a dos mujeres de nuestra historia frente a frente.
Juana de Trastámara fue bautizada un 7 de marzo de 1462 y su madrina fue su tía Isabel, que por aquel año tan solo tenía 16 años.
La hija de Enrique IV y Juana de Portugal vino a aliviar, en cierta medida, a un rey que ya era apodado como el Impotente. Tanto era el peso que tenían las habladurías que el rey anuló su matrimonio anterior porque su mujer, Blanca de Navarra, no alumbró ningún hijo fruto de su relación marital.
Juana fue reconocida en las Cortes de Madrid como Princesa de Asturias y se convirtió en heredera legítima al trono de Castilla.
Pero en aquellos años del nacimiento de Juana, en las Cortes, el rey, con poco “carácter” para reinar y gobernar, y una vida privada poco “comedida”, por llamarla de alguna forma, de su madre la reina Juana, convirtieron la Corte en un hervidero de traiciones, poniendo en entredicho la paternidad del rey y, por tanto, quedando en entredicho la sucesión del trono. El parecido que algunos encontraron con don Beltrán de la Cueva llevó a que a la niña Juana fuese apodada como la Beltraneja.
Quizás en estas comidillas de corte tuvo algo que ver que Beltrán de la Cueva en 1461 entrase a formar parte del Consejo del rey, desplazando a don Juan Pacheco, marqués de Villena, pasando de esta forma a ser don Beltrán el hombre de confianza del propio rey.
Fue Juan Pacheco el que más énfasis puso en difamar al rey y fue él quien en 1464, acompañado de varios nobles, encabezó el llamado Manifiesto de Burgos. En ese documento se afirmaba por parte de los que se dieron cita que la hija del rey, la princesa de Asturias y heredera del trono, era una niña bastarda. . Exigían en el documento firmado que fuese declarado heredero el hermanastro del rey.
Y es que Enrique IV era hijo de Juan II y María de Aragón. Juan II había tenido otros dos hijos de su segundo matrimonio con Isabel de Portugal, Alfonso e Isabel. Estos hermanastros del rey habían perdido expectativas de algún día coronarse como reyes al nacer su sobrina Juana.
Producto de aquellos tiempos convulsos fue la llamada Farsa de Ávila, que os traeremos como video a nuestro canal en unos días. Aquel rocambolesco acontecimiento tuvo lugar un 5 de junio de 1465.
En aquel acto convocado por el marqués de Villena, se depuso de forma ficticia al rey, que era representado por un muñeco; se dio el discurso, en el que se habló no solo de que Juana era una hija bastarda y no podía estar en la línea sucesoria, sino también de que el rey era amigo de los musulmanes e incluso se dijo que era homosexual.
Fue tras el discurso que el arzobispo de Toledo le quitó a la efigie la corona, símbolo de la dignidad real. Luego el conde de Plasencia le quitó la espada, símbolo de la administración de justicia, y el conde de Benavente le quitó el bastón, símbolo del gobierno.
Se coronó entonces a una imagen que representaba a Alfonso, hermanastro del rey. Aquel día se escuchaba en la ciudad amurallada de Ávila la frase de “¡A tierra, puto!”, mientras que era derribada la imagen del rey por Diego López de Zuñiga.
Desde ese momento, la nobleza castellana se puso del lado de Alfonso y dejó clara su intención de que los derechos dinásticos no recayeran en Juana y sí lo hicieran en Alfonso.
En aquellos tiempos, la princesa de Asturias y su madre se vieron abocadas a vivir fuera de palacio y bajo la protección de algunos nobles que guardaban fidelidad al rey.
En 1468, un 19 de septiembre, se celebra cerca de la localidad del Tiemblo, en una inmensa explanada donde se conservan algunos verracos, el encuentro que se ha dado en llamar el Pacto de los Toros de Guisando. En aquel momento se elevan a públicos los acuerdos que el propio rey Enrique IV había acordado con la nobleza rebelde. El propio rey reconoce la ilegitimidad de su hija y, puesto que su hermanastro Alfonso había muerto, nombra heredera legítima del trono a su hermanastra Isabel, la que reinaría con el título de Isabel I, la Católica. Entre algunas condiciones, estaba la imposición de que Isabel se casase con quien su hermano, el rey, admitiera como esposo. Ya sabemos que fue algo que Isabel, nombrada en ese acto Princesa de Asturias, nunca cumpliría. Tan solo un año después del Pacto de Guisando, la Isabel se casaba con Fernando de Aragón. Tal matrimonio se hizo sin la debida dispensa papal, por lo que estuvieron durante tres años hasta que llegó esta, viviendo fuera de la ley católica, curioso para unos reyes que se dieron en llamar católicos.
La boda de Isabel provocó la Declaración de Valelozoya, donde se quitaba el título de Princesa de Asturias y sucesora de la Corona a Isabel; en ese momento se devolvía a Juana la legitimación de sucesora de la Corona.
El 11 de diciembre de 1474 moría Enrique IV, moría de golpe; algunos hablan de envenenamiento, ¿quién sabe? Lo cierto es que a partir de ese momento la lucha fue entre dos mujeres, Juana, hija del rey fallecido, e Isabel, hermanastra que había incumplido su palabra y se casó con su primo Fernando.
Hicieron falta solo dos días desde la muerte de Enrique IV para que su hermanastra se autoproclamase reina “legítima” de Castilla en Segovia.
En ese momento, la familia Mendoza y el rey de Portugal, Alfonso V, apoyan a doña Juana como verdadera reina de España. Fue el 12 de mayo de 1475 cuando Alfonso V entra en Extremadura para casarse con la que era su sobrina, doña Juana, aún una niña de doce años. El matrimonio, acompañado de un importante ejército portugués, se proclama rey de Castilla. Comenzaba una guerra de Sucesión en España que terminaría con Isabel I ocupando el trono y con doña Juana viviendo en Portugal el resto de sus días.
Doña Juana de Trastámara había sido abandonada por la nobleza, entre ellos sus valedores los Mendoza. Los Reyes Católicos, que se casaron sin dispensa papal, fueron también quienes denunciaron ante el Papa la boda de doña Juana por consanguinidad, y así fue como Juana quedó sola y derrotada para siempre.
Obligada a elegir entre un matrimonio o meterse a monja, doña Juana, que aún tenía 18 años, ingresó en el Convento de Clarisas de Coimbra. Allí morirá la que fue conocida como La Excelente Señora; allí sobrevivió a todos los que le negaron lo que ella siempre creyó, su herencia, la Corona de Castilla. Hasta su muerte, el 12 de abril de 1530, Juana firmó todos sus documentos como “Yo, la Reina”.
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