¿Te imaginas levantarte cada día con decenas de personas a tu alrededor? Personas seguirán durante toda la jornada. Pues así eran los despertares y días del Luis XIV.
El día comenzaba con el despertar de su ayuda de cámara, con el ajetreo de descorrer cortinones que no cortinas, entrada a los aposentos de médicos y cirujanos para comprobar el buen estado del monarca. Después toca entrar al ayudante de cámara, aparte de la familia. Y siguen entrando, por un lado, oficiales de la corona, el gran chambelán, el encargado del vestuario real y aquellos que desean honrar al rey. Vamos como el camarote de los hermanos Marx.
Decenas de personas acudían a los aposentos reales para ver al rey en lo que los franceses llaman el “pequeño amanecer”. Verle levantarse y elegir peluca para el día en cuestión. Así con la peluca puesta y con bata y pantuflas se sentaba en el sillón real para seguir recibiendo gente. Llegaba el “gran amanecer”. Era hora de tratar otros asuntos, allí llegaba ministros, consejeros, mariscales, maestros de todo, y claro, el gran maestro de ceremonias. Era hora de quitarse el camisón, pero no él solo, no. Eran necesarias dos personas para tal menester.
Después tocaba ponerse la camisa y los leotardos. Y ya era hora de que entrasen otras decenas de personas más; para ellas, todo un honor asistir a estas rutinas diarias. Algunos ayudarían a que el justaucorps, o sea una chaqueta con una falda añadida, se ajustara perfectamente a los hombros del rey. Y bajo esa chaqueta, donde no quedaba un trozo de terciopelo sin bordados, encajes o abotonaduras doradas, un chaleco con la misma variedad de adornos. Y rematando el atuendo las famosas casacas que rivalizaban en bordados y dorados.
Hasta seis entradas de gente acontecían cada mañana en los aposentos reales. Del rey se esperaban favores; algunos hacían lo imposible por ser los primeros en entrar, o sea, cuando el monarca estaba sentado en su retrete, que no me quiero imaginar la estampa del momento en cuestión. Pero oye, si se necesitaba un favor real, pues lo que hiciera falta.
Mira, y me viene a la memoria que muchos de esos retretes usados en aquellos siglos, o sea los chaise percée, se pueden ver en la exposición de orinales que hay en Ciudad Rodrigo.
Pero, volviendo a Versalles, no puedo dejar de imaginarme la salida del rey de su dormitorio, calzado con sus zapatos de tacón, seguido de todo su séquito recorriendo los pasillos de Versalles.
Y pienso que colocar 357 espejos en una misma galería tiene todo el sentido. No me quiero imaginar las posturitas reales para ver que la peluca estaba bien colocada, que la casaca se ajustaba a los hombros reales… ¡Oye! Que el acicalamiento no es algo baladí; seguramente esa rutina con su corte le ayudó, y mucho, a mantenerse en el trono 72 años y unos cien días.
Anda que si el rey Sol supiera que un tiempo antes de morir sus cortesanos hacían apuestas sobre la fecha de su óbito. ¡Pobre! Ese rey que puso nombre al siglo XVII, Bueno, para ser correcta, el nombre se lo puso Voltaire cuando tituló a uno de sus libros “Le Siècle de Louis XIV”. Si hubiese vivido, el rey hubiera dicho: "¡Qué menos que poner a un siglo mi nombre!".
El niño fue coronado con apenas cinco años y que murió siendo rey; ya se había encargado de que su figura quedase para la posteridad, siendo retratado por artistas como Bernini, Girardon, Cucci, Gole, Van der Meulen y Coysevox. En el Louvre podéis ver el cuadro de Hyacinthe Rigaud; en él se ve al monarca con todo su vestuario barroco, sin duda uno de sus mejores retratos. Y si no queréis o podéis ir a París, en el Prado está un retrato del rey Sol, también pintado por Rigaud. Eso sí, en este cuadro el monarca está despojado de su ropa de corte y vestido de militar. Sin duda, diciendo: "L'État, c’est moi’"
No hay comentarios:
Publicar un comentario