domingo, 15 de junio de 2025

Doña Juana, la reina a la que llamaron loca


Juana I de Castilla, a la que se conoce popularmente como Juana la Loca, era hija de Isabel I de Castilla y de Fernando II de Aragón. Nombrados Reyes Católicos por el Papa Alejandro VI en la bula “Si convenit” expedida el 19 de diciembre de 1496.

Juana, que no estaba llamada a reinar porque, por delante de ella, estaban su hermano y príncipe de Asturias, Juan de Aragón, y la primogénita Isabel. Al morir ambos hermanos, Juana se convirtió en la legítima heredera de los tronos de Castilla y Aragón. Se casó con el que se conoció después como Felipe el Hermoso. Se trasladó a vivir a Flandes, donde vivía su marido. Allí concibió a su primera hija Leonor, a su hijo Carlos y a su tercera hija Isabel. Felipe había dejado caer que su mujer quizás estaba algo loca; lo hace con la idea de que, al morir la reina Isabel, como Juana sería la heredera, él podría ser el regente y reinar relegando a su esposa.

Felipe y Juana, embarazada de su cuarto hijo, viajan a España. Isabel se entera de los rumores que va comentando su yerno Felipe y establece en su testamento que solo su hija será la heredera del trono de Castilla y que en su nombre solo podrá gobernar, si fuese preciso, su marido Fernando. Es entonces cuando Felipe regresa muy enojado a Flandes. La reina Isabel desaconseja a su hija realizar ese viaje hasta después del parto.

La reina, una vez que su hija ha parido a su cuarto hijo, Fernando, le pide que se quede en España, ya que ella se convertirá en la futura reina de España y la reina pretende que se encuentre en Castilla si ella muere. Ante su negativa a quedarse en Castilla, Juana es encerrada en el Castillo de la Mota, en Medina del Campo. De allí intenta escapar y no lo consigue, pero sí logra hacer que su madre le permita regresar a Flandes tras salir a la intemperie del castillo casi sin ropa. Juana lanza el mensaje a su madre: “Tú no me dejas salir, pues yo me dejo morir”. Isabel así lo entiende y, al no querer poner en peligro a la heredera de la corona de Castilla, la deja que regrese a Flandes con su esposo, del que seguía perdidamente enamorada. El matrimonio aún tendrá dos hijos más, María y Catalina.

Al regresar con su marido a Flandes, descubre que no solamente la engaña con otras mujeres, sino también que intenta desacreditarla como una mujer loca. En ese momento ella toma conciencia de que solo su padre Fernando podrá ser su aliado si ella llega a gobernar.

La muerte de su madre pilla a Juana en Flandes y ya de regreso a Castilla su marido intenta que los franceses le apoyaran en subir al trono de Castilla. Fernando, se le adelanta, pacta con los franceses el que sería su segundo matrimonio con Germana de Foix para neutralizar las artimañas de su yerno.

Los grandes de Castilla no ven con buenos ojos el segundo matrimonio de Fernando el Católico y quieren apoyar a Felipe el Hermoso como rey de Castilla. Fernando se aleja y se retira a Aragón primero y luego a Nápoles. Aquí se quedan Juana y Felipe, que a los pocos meses muere estando ambos en Burgos.

Desde ese momento se crea la leyenda de “la reina Juana llorosa que atraviesa Castilla con el cadáver de su marido, al que pretende enterrar en Granada. Y que no deja que nadie, sobre todo ninguna mujer, se acerque al féretro”.

Pero lo que demuestra Juana es una verdadera visión política. Ella quiere evitar que la obliguen a casar de nuevo, para evitar que, fruto de ese posible matrimonio impuesto, naciera un heredero que quitase de la línea de sucesión a su hijo Carlos, que sería rey de Castilla y Aragón, el sueño de su madre Isabel. (Por cierto, el rey de Inglaterra, Enrique VII, no tardó en ponerse en contacto con Fernando el Católico para ofrecerse como futuro marido de su hija viuda). En aquellos tiempos las reinas viudas o se volvían a casar o pasaban a la vida convetual, siempre acompañadas de su séquito. Ella afirma con rotundidad que solo volverá a casarse cuando su marido no esté y descanse en su sepultura “definitiva”. No encargará un funeral oficial de su marido durante años, hasta que su hijo Carlos regrese a España desde Flandes.

En su pretendido viaje hacia Granada, ella no sale de Castilla, donde se sabe querida y respetada, y además solo visitará pequeñas poblaciones donde ningún noble pueda controlarla. Está impidiendo que su padre la pueda casar porque aún está velando a su marido. Enterró el cadáver de su esposo de forma temporal durante 11 años. Hasta que su hijo Carlos, ya en Castilla, lleva el cadáver al panteón de Granada.

En contra de lo que cuentan aquellos que la definen como una mujer loca y desequilibrada que solo mira a su marido y llora, ella comienza a tomar decisiones políticas, como suprimir los privilegios de aquellos nobles flamencos de los que se hizo acompañar su marido cuando volvió a España. El cardenal Cisneros, viendo los movimientos políticos de Juana, pide a su padre, el rey Fernando, que regrese de Nápoles. Y Fernando vuelve; solo habían pasado 3 años desde la muerte de Felipe el Hermoso. Su padre la invita a quedarse en un palacio en Tordesillas. Y ella acepta el retiro impuesto de buen grado, al menos eso cuentan. Ella no sentía la necesidad de reinar; no había sido educada para ello. Luis Ferrer es el encargado de que no pueda tomar decisiones que afecten a su padre.

Al morir su padre, el rey Fernando de Aragón, Juana se convierte en la reina de los dos reinos. Es la reina de Castilla y Aragón, el sueño de su madre. Pero ella no sabrá de la muerte de su padre; el cardenal Cisneros decide que no se lo hagan saber. Ella está aislada en Tordesillas.

Carlos I regresa a Castilla con 16 años rodeado de una corte de flamencos que no es del agrado de los nobles de Castilla. Su madre sigue en Tordesillas de alguna forma custodiada y pensando que su padre Fernando aún vive. Las ciudades castellanas, excepto la de Burgos, se levantan en contra de los nobles de los que se hizo acompañar Carlos I; es la revuelta de los Comuneros de Castilla, que quieren que reine Juana y no quieren que lo haga su hijo Carlos. Se presentan en Tordesillas y le cuentan a la reina del fallecimiento de su padre cuatro años antes y que quien realmente gobierna es su hijo rodeado de una corte de nobles extranjeros. Ella toma dos decisiones:

Primera, quitar los privilegios a los flamencos que acompañaron a su hijo. Decisión que ya había tomado anteriormente con la corte de su marido. Hace suyas las palabras de su madre: Castilla la gobiernan los castellanos.

Segunda, garantiza el gobierno de Castilla en su hijo Carlos I, en contra de lo que le pedían los comuneros, que era que reinase ella o dejase reinar a su hijo Fernando, que había nacido en Castilla y se había criado con ella. Ella defiende que reina el primogénito.

Las tropas de Carlos I recuperan Tordesillas y ponen como vigilante de la reina Juana al marqués de Denia. Ella continuará reinando hasta su muerte, encerrada en el palacio de Tordesillas durante 35 años, y será la que firme cada uno de los documentos necesarios para que su hijo reine. Estuvo continuamente vigilada porque, si ella hubiese querido salir de Tordesillas y convocar Cortes, no hubiese podido. Se lo habrían impedido. Su hijo era consciente que su madre le podia quitar la corona.

Carlos I, que se siente al final de sus años muy enfermo, no puede abdicar en su hijo porque él no es el titular de la Corona. Solo puede abdicar en su hijo Felipe cuando la reina Juana I de Castilla muere.

En definitiva, la reina Juana I de Castilla reina hasta su muerte, durante todos los años. Su hijo, Carlos I de España y V de Alemania, llamado el emperador, solo reinó durante UN AÑO, de 1555 a 1556, año en el que abdica y se retira al monasterio de Yuste. El resto de su mandato lo hizo bajo la firma de su madre, a la que se ha dado en llamar Juana la Loca.

Quizás fue una mujer beligerante, tanto como su madre; quizás fue una mujer enamorada y también celosa. Celos provocados por su marido, que la mantenía encerrada y aislada mientras él tenía amoríos y fiestas.

Nadie puede negar que fue la reina y que reinó durante 51 años. Aunque algunos historiadores lo pasen por alto. La historia está para ser contada. Cuando se mira con perspectiva la historia, aún se nos muestra más clara.

¿A quién no le suena la tipica frase: esta mujer está loca?







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