El Palacio de las 2.000 ventanas, así era conocido el palacio de Versalles, que por cierto se construyó en una zona pantanosa; no he logrado saber muy bien cuál fue la idea que les llevó a situar allí lo que sería la residencia real de la monarquía francesa.
Se ha calculado que en los siglos XVII y XVIII vivían en ese palacio más de 20.000 personas, entre la Familia Real, la nobleza que formaba parte de la Corte y trabajadores. Lo cierto es que no había posibilidad de que hubiese lugares destinados a retretes para toda la gente que allí vivía. Era habitual que se pidiera a algún sirviente que trajese un recipiente para tareas de alivio.
Pero claro, en la Corte había gente de paso, comerciantes, aristócratas de visita e incluso algunos mendigos. Todos ellos o bien no tenían acceso en el momento oportuno a usar un excusado, o directamente les estaba prohibido usar determinadas estancias. En conclusión, un pis en una esquina un tanto apartada era lo menos malo, que si era necesario hacer lo que algunos llaman “aguas mayores”, también se buscaba un lugar escondido, tras un cortinaje de pesadas cretonas o tras una mesa que poco se usase en ese momento. Si el aristócrata o comerciante en cuestión llamaba al servicio y no acudía nadie con el retrete a tiempo, siempre habría alguna estancia donde esconderse para menesteres tan necesarios; si luego los tapices cogían olor, eso ya era otra cosa.
En Memorias de Luis XIV, cuenta Saint-Simon que una noble francesa acostumbraba a mear según caminaba; era la princesa d'Harcourt, que venía haciendo lo mismo que los perros de la reina María Antonieta. Aquellos perros chatos, de raza carlinos, tenían permiso para cagar y mear a su voluntad por cualquier lugar del palacio.
Por cierto, ya hice un articulo, hablando de las pelucas que usaban en las cortes europeas; muchas veces tenían como función tapar las cabezas calvas que eran afeitadas para que no se alojaran piojos. En concreto, para colocar y trabajar los rizos de la peluca de María Antonieta, los peluqueros debían subirse literalmente a escaleras.
Volviendo a lo que hoy nos ocupa, hasta Voltaire dijo que se había alojado en Versalles en un agujero con olor a mierda. Y no fue el único que habló del olor de Versalles; el británico Horace Walpole dijo del palacio que era un “gran pozo negro”.
Claro que, como en todas partes cuecen habas, a mediados del siglo XVIII el viajero italiano Beretti escribió que Madrid era la “cloaca máxima, pues paseando por sus calles se está como en una letrina”.
Los madrileños de aquel siglo y de algunos siglos anteriores creían que el aire de Madrid que llegaba de la sierra era tan puro que el olor a excrementos no lo enturbiaba. Había entonces una frase que decía:
“El aire de Madrid es tan sutil que mata a hombre y no apaga un candil”.
Por aquel entonces, en la capital del Reino había solo dos sumideros; uno se encontraba en la Calle Leganitos y el otro en lo que ahora es la Plaza de Isabel II, conocida por los madrileños por Ópera. Toda la mierda y líquido que se limpiaba con agua iba a terminar en aquellos dos pozos. Es Carlos III el que, al llegar a Madrid, llama al marqués de Esquilache para que se encargue de hacer de Madrid una ciudad menos insalubre. Así es como llega a la capital el ingeniero italiano Sabatini, a quien se le nombra Director del ramo de Policía de la Limpieza de Pozos. Quiso el Rey-Alcalde acabar con la temida frase de “AGUA VA”. Frase que avisaba, a veces, con cierto retraso que te podía caer sobre la cabeza la mierda de toda una familia.
Dos ejemplos, uno palaciego, otro de ciudadanos de a pie, pero aliviarse era necesario para unos y para otros. Los primeros usaban perfumes caros para mitigar el olor a orines y excrementos, convirtiendo el palacio de las 2.000 ventanas en un lugar donde taparse la nariz era muy necesario. Pero que aun con disimulo, oler se olía.
Los segundos, dejando caer la mierda a la vía pública que ya llovería.
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