domingo, 8 de marzo de 2026

La reina doña Sancha de León y El Beato de Fernando I y doña Sancha

 

 


 

La reina Sancha Alfónsez de León (1013–1067), conocida más como Sancha de León, fue fundadora de algunos monasterios, con poder femenino. Entre ellos se encuentra el de San Pelayo en Oviedo, que, además de centro religioso, fue un lugar donde las mujeres de origen noble recibían educación. Las monjas que a él acudían aprendían a leer y a escribir y lo hacían en latín. Visto en perspectiva, podemos decir que aquel monasterio fue, en cierta medida, un lugar de empoderamiento femenino. Ellas, además de recibir educación, podían gestionar las tierras y de alguna forma tener poder político.

Se han encontrado documentos de la época, donde la reina no solo firmaba junto al rey Fernando I de León, sino que también lo hacía en solitario, lo que demuestra que su opinión y su poder estaban reconocidos.

Sancha y Fernando también fueron los promotores de uno de los manuscritos más importantes e influyentes de la época, un texto clave de la literatura religiosa medieval europea: El Beato de Fernando I y doña Sancha. Este códice medieval contenía un Comentario al Apocalipsis del Beato de Liébana, un monje del siglo VIII. En el manuscrito aparecen los nombres de Sancha y Fernando inscritos, lo que demuestra que participaron activamente en su producción y que Sancha tenía interés en obras de conocimiento e imagen religiosa. Concretamente en esta obra, donde se explicaban las profecías del Apocalipsis de forma simbólica y visual, con miniaturas que representaban visiones celestiales, demonios y escenas del juicio final, doña Sancha participó activamente como mecenas, supervisando la creación de miniaturas y la preservación del texto.

En resumen, El Beato de Fernando I y doña Sancha no era solo un libro religioso, sino también un símbolo del poder, la cultura y la influencia de la reina Sancha. Ella, aunque en una época muy limitada para las mujeres, dejó su huella en tinta y oro en las páginas de aquel manuscrito.

Me permito terminar esta pincelada de historia invitándoos a ver el manuscrito en cuestión, que podáis disfrutar de sus detalladas ilustraciones donde se mezclan símbolos cristianos y visiones apocalípticas, innovadoras para la época; para ello os dejo el siguiente enlace: 

https://bnedigital.bne.es/bd/es/viewer?id=179b78f4-4377-498e-a1f9-bcbdf2d6d027 

Se me olvidaba; se dice que en el intercambio de mensajes de doña Sancha con otros miembros de la nobleza, le gustaba usar el verso y buscar la rima. Seguramente ello hacía que la correspondencia fuese, en cierta medida, más amena, como espero que amena os haya parecido esta reseña de la reina leonesa y del famoso códice.









sábado, 7 de marzo de 2026

Petróleo, ARCO 2026

 



Una vez más, un año más, Eugenio Merino lo ha vuelto a hacer. En la feria de ARCO 2026 y en el espacio de la Galería ADN, ha presentado una obra que mueve conciencias. Petróleo, así se llama la obra expuesta, en ella pone el énfasis en aquello que mueve los intereses de los Estados, el oro negro; ese combustible fósil, denso, aceitoso... Su obra es un barril de Brent, a tamaño real, donde el autor estampó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sus palabras son: “El petróleo es el motor de las guerras, lo que lo hace incompatible con la vida”.


Sigue así el autor en su línea, tal y como lo hizo en años anteriores. Por recordar algunas de sus obras, en 2017 realizó una denuncia sobre la turistificación; en aquel momento se centró en Málaga. En su obra “Aquí murió Picasso”, nos presentaba al pintor, muerto, tumbado y vestido con su típica camiseta con rayas y sus alpargatas. Una denuncia del uso de la muerte como negocio, como si de un souvenir de tratar. Denunciaba por tanto la utilización de la figura del pintor con fines turísticos y comerciales. Por cierto, obra que se expuso en ARCO 2023. 


Ese mismo año, en ARCO 2023, también estuvo presente su obra La mano acusadora, ese dedo levantado, era una escultura de bronce que reproducía fielmente la mano de Nicolás Sánchez-Albornoz, historiados y profesor universitario, pero también único superviviente vivo de los represaliados en el Valle de los Caídos (Cuelgamuros), donde fue obligado a realizar trabajos forzados. 


¿Y quién no recuerda su obra del año pasado, White Washing, Lavado de cara? Ese lavavajillas con 17 platos con los rostros de Trump, Musk, Bolsonaro, entre otros. Donde se representaba el blanqueamiento de la extrema derecha. 


Y como no recordar aquella obra de una bolsa de basura industrial donde quedaba impresa, con las medidas reales, La Declaración de los Derechos Humanos. Todo una coincidencia, en tiempos donde los derechos se pisotean, donde se tiran a la basura… 


O remontándonos a 2012, los que seguimos al artista, pero también el publico en general, aún tiene presente su obra expuesta en ARCO, Always Franco; en ella el dictador aparecía dentro de una nevera. Una obra que indignó a muchos, pero en la que el autor tan solo transmitía una idea, que el franquismo y la extrema derecha se conservaban en nuestra sociedad; con el paso de los años se ha demostrado que el autor creó una obra muy actual.

En definitiva, que autores como él o como Santiago Sierra, entre otros, son necesarios en el arte contemporáneo.



domingo, 1 de marzo de 2026

La guerra de los pasteles. Nunca unos bizcochos salieron tan caros.




Fue el 16 de abril de 1838 cuando se desató un conflicto entre Francia y México. Pero lo cierto es que fue la primera intervención de Francia en territorio mexicano. Y el sobrenombre con que fue conocido aquel conflicto, “guerra de los pasteles”, invita a iniciar este “domingo con historia” con la típica frase de:

Hubo una vez un pastelero francés, llamado Remontel y afincado cerca de Ciudad de México, en la localidad mexicana de Tacubaya, donde regentaba su pastelería. Cuentan que en 1832, aquel hombre pidió ayuda a su gobierno porque unos militares mexicanos, después de tomar unos bizcochos, no quisieron pagarlos y además destrozaron el establecimiento.

Lo cierto es que a la reclamación del pastelero se sumaron algunas otras de franceses afincados en México, pero cuesta creer que fuesen solo aquellos, llamémosles desmanes de algunos militares, los que llevaran a un conflicto armado. Bien es cierto que en aquellos tiempos, y desde la independencia de México en 1821, el país vivía una crisis económica que se acrecentaba con las deudas a países extranjeros y con una falta de estabilidad política, por el continuo cambio de gobiernos… Además, entre los años 1824 y 1829, el que fuese presidente del gobierno mexicano se había negado a conceder al Estado francés privilegios en las rutas comerciales.

Sumemos que Francia tenía bastantes ambiciones comerciales y económicas y que, un año antes de la guerra en cuestión, el país galo había bloqueado los puertos de Montevideo y Buenos Aires; la intención era, infligir castigos ejemplares y por tanto que Francia fuese respetada por los estados americanos.

Situándonos otra vez en el año 1838, el gobierno galo seguía sin haber podido firmar un tratado comercial con México y, además, los franceses a través del barón Antoine-Louis Deffaudis mostraron su disconformidad con los acuerdos que habían firmado España y México; en ellos se prohibía atacar un territorio reclamado por un país amigo y se le concederían privilegios especiales. Fue entonces cuando Antonio Luis, castellanizando su nombre, abandonó la mesa de negociaciones y se largó a Francia. Seguramente durante la travesía el cabreo iría en aumento, porque lo cierto es que a la vuelta de unos meses, en su regreso a México, no lo hizo solo; aquel diplomático se hizo acompañar, nada más y nada menos que de diez barcos de guerra. Fondearon en la isla de Sacrificios, que también, vaya nombrecito, y desde allí, Antonio Luis amenazó al gobierno mexicano si este no acataba un ultimátum.

México no acató aquel ultimátum y entonces el francés ordenó el bloqueo de los puertos de Veracruz y también de Tampico; 8 meses de este no bastaron para que los mexicanos acataran los términos del ultimátum. Entonces, a los buques de guerra se sumó una fragata francesa y 20 navíos más. Ojo, que uno de aquellos navíos estaba comandado por el hijo del rey Luis Felipe I, el príncipe Joinville. Todos aquellos barcos para que México pagara; los franceses, sin retrasarse un solo día, atacaron la fortaleza de San Juan de Ulúa, situada frente al puerto de Veracruz, en una isla. Por cierto, aquel bombardeo fue pintado por Horace Vernet. En el lienzo se ve cómo en la proa, el príncipe de Joinville está recibiendo un informe, a la vez que se ven las explosiones en el fondo.

Las tropas francesas desembarcaron después en el puerto de Veracruz y las tropas mexicanas fueron derrotadas. Conclusión: México, tras meses de asedios, el 9 de marzo de 1839, aceptó pagar la indemnización solicitada de 600.000 pesos para resarcir a los ciudadanos franceses, entre ellos al pastelero Remontel, que fue el primero en exigir que se le pagasen los bizcochos y los destrozos, poniéndose fin a las hostilidades y la conocida como “la guerra de los pasteles”. Lo cierto es que no se pagó toda la cantidad solicitada, lo que sirvió para que, pasados los años, más de 20, los franceses, tras la declaración del presidente mexicano Benito Juárez de suspender el pago de deuda externa, volvieran a las andadas e iniciaran otra intervención militar, pero eso será para otro domingo con historia.





La reina doña Sancha de León y El Beato de Fernando I y doña Sancha

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