domingo, 28 de diciembre de 2025

¡Malditos 15 pasos!

 

¡Malditos 15 pasos!

Ana Pose



El día había amanecido algo gris; el ambiente se podría definir de plomizo. Hilario sentía que algo le oprimía y no le dejaba respirar. Deseaba sentir una inhalación profunda, que pareciera que aspiraba aire suficiente para vivir el resto de sus días. Necesitaba sentir su pecho tan hinchado de aire que fuera la invitación perfecta para bucear la vida.

Pero no, apenas podía respirar de poco en poco, aceleradamente, como si sus pulmones estuvieran viviendo una etapa de agotamiento y con ella la lasitud se hubiera extendido por todo el cuerpo.

Como cada mañana, en los últimos meses, Hilario caminó los pocos pasos que separaban el dormitorio del cuarto de baño. Exactamente 15 pasos, que al recorrerlos se acompañaban con el crujir de la antigua madera que cubría el suelo. Cada mañana, esos 15 pasos le recordaban el cambio de vida. Ya en el baño, pensó que no estaba la mañana para duchas, si acaso, un lavado de cara. En esas estaba Hilario cuando su rostro se reflejó en el espejo, ya desplateado. Las ojeras, que le acompañaban desde joven, se habían extendido en los últimos días como una gotera bajo un grifo descuidadamente abierto. ¿Y su lengua? Su lengua no solo le sabía pastosa, la sentía como acorchada. Y allí estaba el que fuera el más apuesto reportero de guerra, sacándose la lengua a sí mismo y mirándose como si no se reconociera. Y se preguntó: «¿En qué momento me hice viejo?», para inmediatamente después volver a sacar la lengua y ladear su cara hacia un lado, hacia el otro, como si estuviese examinando un trozo de carne del que se desconfiase por el aspecto. Se decidió por fin a lavarse la cara, eso sí, con agua fría. La maldita grifería de aquella casona era de principios de siglo, pero del siglo XX. ¡Así era imposible templar el agua!

Volviendo a mirarse en el espejo, se puso la toalla sobre la cara, sin cubrir los ojos, como si ellos no necesitasen ser secados. Se sintió listo, porque su pelo ensortijado se peinaba solo. Entonces, bajó los escalones chivatos y caminó hacia la cocina. Fue derecho a abrir la nevera; mecánicamente sacó la última botella de leche que quedaba; al cogerla, necesitó examinarla con más detalle. Primero la sujetó en su mano derecha, como si estuviese adivinando su peso; después, como quien mira una piedra preciosa, la observó al trasluz. Finalmente, tras las comprobaciones, se dio por satisfecho. Quedaba leche para un café. Porque Hilario, que había desayunado en hoteles de medio mundo, que había probado una amplia variedad de desayunos, seguía prefiriendo recrearse en los sabores de su infancia, café con leche y pan migado. Con la misma parsimonia de cada mañana, cogió, de uno de los armarios altos, la lata del café. Rellenó con unos pocos granos el molinillo y lo puso a funcionar. El aroma que desprendía aquel café convertido en polvo le acompañó en el ritual de abrir la anticuada cafetera, la macchinetta. Ese fue el nombre que utilizó el vendedor en aquella tienda de Milán, donde la compró para el apartamento que había alquilado por unos meses en aquella ciudad italiana. Su primer hogar en el extranjero, de eso hacía muchos años. Cuando Hilario enroscó las dos partes de la cafetera, volvió a quedarse, una vez más, frente a sus ojos, aquella marca: Bialetti. Cuando eso pasaba, que era siempre, pensaba lo mismo: ¡Qué buen diseño! No falla nunca. Esta maldita marca siempre gana, como si fuese la mismísima banca.

Encendió el gas y colocó sobre él la cafetera. Se fue al salón en busca de sus gafas; quería leer la prensa. Estaba preocupado por los últimos acontecimientos. Y como siempre pasa, cuando uno cree que domina la situación, ¡zasca! La realidad golpea con sus propias razones, que suelen ser más contundentes que las nuestras. Al encender la tablet, comprobó que estaba sin batería. «¡Maldita sea!». Fue la frase que resonó en aquel salón, mientras la penumbra se desvanecía al mismo ritmo en que Hilario descorría las pesadas cortinas de los amplios ventanales. ¡Total! Para lo que hay que leer, pensó mientras, refunfuñando, desenchufaba el cable cargador que tenía enchufado junto a un anticuado buró. Al mismo tiempo, en la cocina, le reclamaba el resoplido de la cafetera. En ese momento se dijo: «Mira, parece que la Bialetti respira como yo, con prisas». Cuando se acercó a la cafetera, esta emitía su clásico borboteo, antes del suspiro final, ese que inundaba la cocina con un olor que le sabía a gloria. Cerró la tapa, que había abierto de forma mecánica y para cerciorarse de que el café estaba listo. Luego, vertió la leche en un cazo y lo colocó sobre el fuego. Allí se quedó, junto a la tradicional cocina de gas, a la espera, vigilando que esa mañana, como otras muchas, la leche no le desafiara. Porque eso hacía la leche: amenazar de forma traicionera, sin dar tiempo a una respuesta inmediata y entonces, entonces se desparramaba, reconvertida en espuma batida que tan solo tenía un objetivo, adherirse al quemador, como si se soldara. Luego, colocó la bandeja con el desayuno sobre una mesa de libro, de una formica que pareciera que acababa de salir del lugar donde fue fabricada. Mientras se sentaba, pensó en lo bien que se cuidaron las cosas en la casa familiar. Por fin estaba delante de su tazón de café con leche bien humeante; comenzó a migar el pan con la misma técnica que había visto hacer a su abuelo, despacio, sin desperdiciar ni una migaja. Después, hizo un alarde de contorsionismo para lograr enchufar el cargador de la tablet. Y mientras saboreaba cada cucharada de pan emborrachado en aquel café con leche, tan solo miraba por la ventana. Comenzó a ver caer los primeros copos de nieve, ligeros, como pavesas. Y regresó a su infancia en los días de nieve.

De pronto, allí quedó la tablet; ni tan siquiera la había encendido. Sobre ella, las gafas; a su lado, el tazón del desayuno vacío, todo formando un bodegón de decadencia, al menos eso pensó Hilario, que había decidido salir al jardín. Quería sentir aquellos ampos, desconocedores de su final; al tocar el suelo, ya solo serían olvido. Qué buena es la ignorancia a veces, nos hace sentir inmortales, pensó Hilario. Bien sabía él que lo que pensaba era verdad. Fue entonces cuando se encaminó al recibidor y cogió el plumas que estaba sobre un butacón, se lo puso sobre el inspirador jersey de andar por casa y se calzó las botas; en ese momento se dio cuenta de que llevaba el pantalón del pijama, pero no le importó. Al abrir la puerta, sintió el frío, también el silencio. El cielo parecía situarse más bajo, como si quisiera ayudar a que aquellos primerizos copos de nieve llegasen antes al suelo, que su final no fuese tan destructivo. De pronto, sacó sus manos de los bolsillos, las extendió con las palmas hacia arriba; quería sentir a esos copos suicidas. Por unos minutos dudó; finalmente tomó la decisión de volver a casa. El frío, mezclado con el aire que entraba en sus pulmones, le estaba atravesando.

De vuelta a casa, no dudó, fue derecho al salón y se sentó sobre un anticuado tajuelo. Se dispuso a encender la chimenea, aquella que cuando era niño le parecía gigantesca. Bien es verdad que era grande, pero en días como hoy era de agradecer que el hogar tuviese esas dimensiones. Claro que cuando su abuelo construyó aquella casa, los días de nieve eran muchos, los inviernos eran demasiado largos. Siempre le contó que había que hacer caminos entre las casas para poder transitar. La nieve podría llegar a los dos metros de altura. «¿Cuántos copos se necesitarían para conformar aquellos inmensos muros blancos?». Esto se lo preguntaba Hilario mientras intentaba prender el fuego. Intentaba, nunca mejor dicho. El mechero había decidido no encender. Y allí estaba, agitando con fuerza aquel maldito artilugio, como cuando de adolescente apuraba con su amigo Miguelillo algún mechero robado, al que ellos aún agotaban el poco gas que le quedara. Por fin, el mechero de cocina decidió escupir fuego, como si se tratase de un diminuto dragón de largo cuello plateado. Acercó la llama a un rollo de hojas sueltas, arrancadas todas de una antigua guía telefónica. Porque sí, hubo un tiempo en que todos los teléfonos de una ciudad o comarca se encontraban en aquellos volúmenes. Ahora, desde hacía unos días, Hilario había descubierto que eran un magnífico invento para encender aquella enorme chimenea. Allí quedó, sentado, inmóvil, atrapado ante el crepitar de las primeras astillas.

Fue a la cocina en busca de la tablet y sus gafas. De vuelta, se sentó en un sillón, frente al fuego. Ahora sí, se sintió preparado para leer algunos de los periódicos a los que estaba suscrito. Eso sí, se prometió que sería una lectura cómoda, sin alteraciones; al menor síntoma de estrés dejaría la prensa y retomaría la lectura del libro que tenía entre manos. Hilario últimamente estaba susceptible a todo lo que le rodeaba; su cardiólogo, un mes antes, le había aconsejado una vida tranquila. Allí estaba él, descubriendo la temida tranquilidad; esa que le alejaba de su vida, tal y como la había vivido los últimos 30 años. Sin un hogar, solo pensiones y hoteles. Con amigos repartidos por todo el planeta. Eso sí, siempre acompañado de su macchinetta.

Los titulares de uno de los periódicos ya le pusieron en alerta, le resultaron hasta ofensivos. Pensó que eran, simplemente, una falacia. Ya hacía tiempo que no colaboraba con ese medio que le había resultado tan alejado de la realidad, pero, al ser lunes, tan solo buscaba la columna de opinión de un destacado periodista, amigo suyo y compañero de guerras durante un tiempo. Una vez finalizada aquella lectura, abrió en su pantalla otro periódico y más de lo mismo. Titulares manipulados. Claro que Hilario ya lo sabía; ambos diarios pertenecían al mismo grupo de comunicación. Estaba claro, mejor dejar de lado la prensa y seguir con la lectura pendiente. En esas estaba, cuando de pronto se fijó en uno de los armarios del salón: tenía una puerta entreabierta. Le resultó raro; no estaba así la primera vez que entró en busca del cargador. Se percató de que era una caja, que le resultaba familiar, la causante de que la puerta no quedase bien cerrada. Se arrodilló junto a la caja y la abrió; allí estaban aquellas bolas, intactas: bolas rojas, doradas, azules, como diminutas lunas apagadas. Pasó los dedos sobre una mientras se preguntaba: «¿Cuánto tiempo llevan aquí? ¿Quince años? ¿Veinte?».

Colocó la caja sobre la inmensa mesa de nogal; en ella distribuyó las bolas, primero una, luego otra; de pronto, en la primera creyó ver un destello, una sombra que cruzaba detrás de él. No se giró. Tan solo pensó: No seas idiota, Hilario. Estás solo.

Entonces, un impulso le llevó hacia el altillo de la casa. Recordó que allí guardaba su madre un árbol de Navidad. Subió los escalones rápidamente, de dos en dos, como cuando era niño; ni cuenta se dio de su ahogamiento. Al encontrar el árbol, sintió un aluvión de sensaciones. Ya de vuelta al salón, extendió las ramas del viejo abeto, colgó una bola, otra... No recordaba en qué momento decidió colocarlas todas. Cuando levantó la vista, el árbol estaba completo, iluminado por una luz que no venía de ninguna lámpara.

Se quedó quieto, sintiendo su respiración acelerada. El ambiente navideño, los villancicos que cantaban en su familia, el olor al guiso de aquella cena especial, todos esos recuerdos le envolvieron, como si le acunasen.

No se asustó. Sonrió. No había prisa por entenderlo. Siguió sentado frente al árbol y miró cómo la luz temblaba, como si alguien respirara dentro de cada esfera. Afuera seguía nevando, como aquellos años de su infancia.

«¡Tantos viajes! ¡Tantos aeropuertos! Y nunca volví a casa por Navidad. He tardado demasiado en regresar», pensó. Y por primera vez en muchos años, no quiso estar en ninguna otra parte. Era Nochebuena y estaba en casa. Cerró los ojos; tan solo necesitaba dormir un poco.

 Publicado en el Diario de Ávila el 28 de diciembre 2025

 

 

 

domingo, 21 de diciembre de 2025

La abuela Ángeles

 

Ángeles, entró en el centro comercial; lo hizo con la ilusión de quien por vez primera va a un estreno de teatro.
Todo estaba iluminado; le había costado llegar, había perdido uno de los autobuses que le acercaban hasta el centro de la ciudad, pero allí estaba, dispuesta a cumplir el deseo de su única nieta.
Sobre la acera, una alfombra roja, desgastada. La inmensa cristalera de entrada la custodiaban dos enormes macetones; en cada uno de ellos, unas pequeñas coníferas adornadas con lazos.
Ángeles, de forma instintiva, tocó el bolso que llevaba colgado en bandolera, comprobó, una vez más, que la apertura estaba hacia dentro. Al acercase a la puerta, esta se abrió sola.
Dentro, la temperatura cambió drásticamente; desapareció el frío helador de esa tarde.
Las dependientas vestían sin chaqueta, solo con camisa; eso sí, bien metida por la cintura de las estrechas faldas.
Ángeles miró a uno y otro lado; eran muchas las luces, mucha la cantidad de carteles, mucha la oferta de regalo perfecto.
Sin dudarlo, y como si ese fuese un lugar que ella recorriera a diario, avanzó por el pasillo central, se acercó a las escaleras y, muy decidida, subió el primer tramo. Luego de subir cuatro tramos más, estaba en la sección que buscaba. Leyó:
Quinta planta, juguetería.
Se encontraba en el lugar perfecto. Casi no sentía la artrosis de sus rodillas.
Avanzó y pasó por el primer pasillo. Las cajas de puzzles pareciera que eran gremlins, gremlins desobedeciendo reglas, que hubiesen bebido agua por la noche y se hubieran reproducido de forma incontrolada. Puzzles de 100 piezas, de 500, de 5000, de castillos, de playas, de coches, infantiles, de adultos.
Pero no, allí no estaba el regalo que buscaba; aún tenía que seguir un poco más.
Llegó donde las estanterías estaban llenas de juegos educativos, de juegos de mesa, de magia y, justo enfrente, el pasillo que buscaba.
Sacó del bolsillo de su abrigo, el abrigo de paño que estaba guardado para las ocasiones especiales; esta lo era, un papel donde alguien había escrito con letras muy grandes y casi ilegibles: “Muñeco reborn y carrito”.
Se alzó, se agachó, miró detenidamente los letreros de las cajas que contenían muñecos y ¡nada! No leía en ninguna que pusiera lo que buscaba. Con cierto apuro, preguntó a una de las trabajadoras del establecimiento.
—¡Por favor! Señorita. ¿Podría ayudarme? Estoy buscando esta muñeca —mientras lo decía, le enseñó el papel—. No la encuentro. Es para mi nieta. ¿Sabe? Le hace mucha ilusión.
—Vamos, señora, acompáñeme; acompáñeme a encontrar esa muñeca.
Ambas caminaron entre peluches; muñecas vestidas de bebé; muñecas delgadas con vestido de última moda; muñecas de trapo y, ¡allí estaban ellas! Las muñecas reborn, ocupando un lugar casi privilegiado.
—Señora, estas son las muñecas que busca; como verá, son como bebés de verdad.
—¡Válgame el Señor! Pero, si es verdad, son como niños recién nacidos. ¡Son muy feas! Pero, en fin, si esto es lo que quiere mi nieta.
—¿Quiere que le baje alguna en concreto? Así se hace mejor a la idea.
—No. Entre usted y yo, son todas iguales. La que usted crea que le puede gustar. ¡Total! Ninguna es bonita.
Ambas mujeres comenzaron a reírse; la dependienta vio cómo Ángeles sentía que cumplía con el deseo de su nieta y se dispuso a bajar la que para ella era la mejor relación calidad-precio.
—Mire, yo creo que esta muñeca es perfecta. ¿Le gusta?
—Sí, señorita, me parece bien, pero, gustarme, no. Me gustan más aquellas. Mientras lo decía, señalaba unas muñecas con vestidos de colores, con trenzas, con tirabuzones.
—¿Y por qué no lleva usted alguna de esas muñecas? Al fin y al cabo es su regalo.
—No, hija, mi hijo me ha dicho que es esto lo que quiere mi nieta.
Así fue como Ángeles se decantó por "el bebé" que le había bajado la dependienta. Al escuchar el precio, casi tuvo que contener la respiración; no entraba en sus planes que un muñeco costase más de la mitad de su pequeña pensión de viudedad. Aun así, no lo pensó y la compró.  Acababa de cobrar "La extraordinaria". Eso sí, para comprar el carro no le llegaba. Tenía que apartar dinero para pagar "los muertos" y un pequeño seguro de la casa.
Según envolvía el paquete la dependienta, Ángeles recordó los reyes de su infancia, la mandarina, algunas castañas. Y, un año hasta una muñeca de trapo; la hizo su madre con la tela que le sobró de hacer un vestido.
La mujer recorrió el camino inverso y bajó las escaleras mecánicas, buscó la salida y caminó entre pasillos con estuches de colonia y cremas, bolsos muy caros y joyas...
Avanzaba poco a poco; los espacios, junto a los mostradores, comenzaban a estar muy llenos de gente; casi no podía abrirse paso con la gran bolsa de la muñeca.
Salió a la acera; la noche había ganado el pulso y la calle estaba completamente engalanada de luces. Mientras caminaba, llegó hasta la fachada de una famosa cafetería. Recordó cómo en ella merendaban ella y sus amigas cuando, alguna vez, se llegaban al centro de Madrid.  Pensó en entrar; por unos instantes lo dudó; al final siguió camino; total, se ahorraría un dinero. ¡Falta le iba a hacer apretarse el cinturón!
Era viernes, sonó el teléfono.  Ángeles no tuvo que levantarse del sillón; en la mesa camilla tenía siempre el teléfono; siempre esperaba una llamada. Mientras hablaba con su hijo, bajó el volumen de la televisión, su única compañía en las largas tardes de invierno, se recostó para lo que ella creía que iba a ser una charla, pero no, su hijo solo alcanzó a decir:
—Mañana te recojo a las seis de la tarde. ¡Por favor! No me hagas esperar. Y, madre, acuérdese del regalo de Andrea. Quiero tener una Nochebuena tranquila.
Ángeles asintió. Al colgar, levantó las faldas de la mesa camilla y sintió en su cara el calor que desprendía aquel brasero eléctrico.
Ya de noche, la pereza ganó el pulso al hambre, al frío que sentía al ir a la cocina.  Toda la casa estaba helada, salvo ese pequeño cuarto. El jornal, como ella llamaba a su pensión, no alcanzaba para muchos lujos. Solo podía encender aquel pequeño brasero unas pocas horas por la tarde. Y si hacía mucho, mucho frío, algún día cuando comía.
Al día siguiente, ella estuvo preparada a la hora pactada, incluso se había puesto el abrigo; esa tarde, como no iba a estar en casa, no había encendido el brasero y no sobraba la prenda. ¡La casa estaba helada!
Cerca de las siete de la tarde, sonó el timbre del portero automático. Escuchó a su hijo; le recriminaba que no estuviera esperando ya en la acera.
—¡Madre, con lo tarde que es y aún no está preparada! Mire que se lo dije.
Ángeles, perdonó el retraso de una hora y bajó con la ilusión de vivir una Nochebuena en familia. Sin ganas de quitar la razón a su hijo, se montó en el coche y colocó la caja de la muñeca junto a ella. Según avanzaba el coche, ella la acariciaba y pensaba que ella sí estuvo puntual a la hora pactada.
La cena transcurrió como todas las cenas en estas fechas Llegó la hora más deseada por Ángeles; quería ver la cara de su nieta al ver la muñeca.
Andrea comenzó a abrir cajas; algunas eran de sus abuelos maternos que no vivían en la ciudad. Tocó el turno de la suya.
La niña, nerviosa y con gestos decididos, quitó el papel de regalo, abrió la caja y allí estaba, la muñeca con cara de recién nacido.
Por un momento, solo alcanzó a dar gritos de alegría.  En seguida fue a dar un fuerte abrazo a Ángeles y le preguntó.
—Abuela, ¿Y el carrito? ¿Me habrás comprado el carrito? ¿Cómo quieres que lleve a la muñeca sin carrito? ¡Díselo a tu mamá! Dile que necesito el carrito. ¿Para qué quiero un bebé sin carrito?
Por un momento, Ángeles no supo qué decir, miró a su hijo y este le dijo.
—Madre, ¿no nos digas que no has comprado el carrito? Te lo dije, que tuviéramos una noche tranquila.
Mientras, Ángeles sentía cómo sus ojos se llenaban de lágrimas; vio cómo su nieta tiraba la muñeca y seguía abriendo cajas y más cajas.
Su hijo, su nuera, no dijeron nada más. Solo le dieron una caja en la que ponía: Abuela.
Ángeles la abrió con gesto de sorpresa, aun sabiendo lo que en ella se escondía; como cada año, eran el mismo modelo de zapatillas de andar por casa.
Al poco, su hijo le dijo que estaría cansada, que sería hora de llevarla a casa; Ángeles aceptó y se despidió.
El día de Navidad, alguien llamó a su puerta; como cada año llamaban las nietas de su vecina, querían felicitarla las Pascuas.
—Ángeles, que nos ha dicho mi abuela que hoy come con nosotros. ¡Comemos en familia!
—Vuestra abuela, que tiene ganas de cargar conmigo. Pero, antes, mirar lo que dejó Papá Noel anoche en casa.
Las nietas de su vecina abrieron los pequeños paquetes; lo hicieron con gestos de ilusión. En uno había un pintalabios; en el de la otra hermana, un esmalte de uñas. Las dos la abrazaron y le dieron mil y un besos de agradecimiento.
Desde siempre había habido en ambas casas un regalo para los niños de la vecina.
—¿Y a usted, señora Ángeles, qué le trajo Papá Noel?
—A mí, me ha traído la amistad que, a veces, es más importante que la familia.  Bueno, y unas zapatillas para estar por casa calentita.
Ángeles, después de comer con su vecina de toda la vida, abrió el regalo que allí le esperaba. Era una foto enmarcada de ambas amigas, merendando en una cafetería una tarde de Navidad, cuando juntas compraban regalos. Cuando sabían que los regalos se abrirían con cariño, sin reproches ni exigencias.
Ambas amigas se miraron y solo alcanzaron a decirse: GRACIAS.
 
En otra casa, la de su hijo, la discusión subía de volumen.
—¿Cómo que no está tu madre en su casa? ¿Y cómo vamos a ir a la comida? Pero, ¿tú no le dijiste que tenia que quedarse con Andrea?
—Supongo que se lo dije, pero, como no me hacías más que señas para que la llevase a su casa, ahora no lo recuerdo. Volveré a llamar…
Ana Pose

jueves, 11 de diciembre de 2025

Un cadáver escondido o la broma de una pintada

 

Aquí hay un cadáver”


 

Aquella pintada en la fachada de una casa en ruinas, para mí tenía dos lecturas; una era más sencilla que la otra. Si era verdad que allí había un difunto, deduje que este llevaría en el lugar mucho tiempo, demasiado, porque yo no pude apreciar ningún olor a muerto. Aunque, pensándolo bien, no tengo ni idea de cómo huele un cadáver, pero supongo que, pasados unos días de la muerte, el olor que desprenderá será fuerte, nauseabundo y penetrante. También supongo que con el tiempo, la persistencia del olor se esfumará. Para entonces, aquel lugar ya no anunciaría, al menos, olfativamente, que allí hubiese muerto alguno. Sería, pues, esa la causa de quien, sabiendo que allí había un muerto, escribiera la frase. Deseaba certificarlo.



Lo segundo que pensé fue que aquella frase fuese una especie de elemento disuasorio en sí misma. Alguien lo lee y decide pasar de largo y hacerlo de forma acelerada, sin reparar en nada más. ¿Entonces? Entonces se me ocurrió que sería el lugar perfecto para esconder algo valioso, algo que se quisiera ocultar con garantías. ¿Quién sería la persona que, leyendo aquello de "Aquí hay un cadáver", comenzara a escarbar para desescombrar aquel abandonado solar? Ya os digo yo que nadie.

En esas estaba cuando reparé en la apostilla que se hacía bajo el primer enunciado: "ya no está". Me fijé entonces en el color de pintura con que estaban escritas aquellas dos frases; era el mismo. Y sin ser una experta grafóloga, ni tan siquiera una simple aficionada al estudio de las particularidades de la escritura, en aquel instante me decidí por pensar que ambas frases fueron escritas por la misma persona. Una deducción que hizo que me surgieran algunas dudas:

¿La primera afirmación fue cierta en algún momento? De ser cierta, ¿a qué tipo de cadáver se refería quien escribió la frase? ¿Qué tiempo pasó entre la primera y la segunda frase? ¿Y...?



Vamos, que durante largo tiempo me quedé pensando y fue entonces cuando fotografié el escenario que tenía frente a mí; estaba segura de que alguna vez escribiría sobre la instantánea. Y aquí estoy, escribiendo sobre una imagen vista en el zamorano pueblo de Otero de Sariegos. Un pueblo vacío, abandonado, que se encuentra en la extensa Tierra de Campos, entre Villafáfila y Villarín de Campos, en plena Reserva de las Lagunas de Villafáfila.

Había ido hasta la pequeña población en busca de la Iglesia de San Martín de Tours; creía que la situación donde se encontraba el templo me iba a permitir una buena vista de la laguna de Salina Grande. ¿Y queréis creer que se me olvidó la observación de aves? Bordeé la iglesia, me adentré en

Un cementerio donde ya no hay tumbas; bueno, no, miento, parece que alguien aún permanece en el lugar. Pude saber después que allí descansaban los restos de una mujer que, muerta en 2020, quiso ser enterrada en el lugar donde había nacido 94 años antes.

¡Madre mía! Había nacido en 1926. En aquel año en España se comenzaron a emitir los primeros “diarios hablados”; se llamaban La Palabra. Y fue en el año en que nació la anciana de Otero cuando se instaló en España el primer semáforo que hubo en nuestro país; estaba en la madrileña calle de Alcalá. Fue también el año en que desapareció, por 11 días, la escritora británica Agatha Christie; el mismo en que nacía Isabel II, la reina británica, que murió en 2022, permitiendo así que su hijo Carlos al fin reinase...

El resto del pueblo son casas con tejados desplomados, vigas apoyadas sobre escombros, alguna antigua alacena completamente destrozada por el peso de paredes caídas. Y todo el pueblo me pareció una oda a la soledad y la ruina. Curioso si tiene en cuenta que los antiguos palomares que rodean sus tierras han sido rehabilitados; desde ellos, quienes visitan el lugar con la única intención de ver la fauna, pueden disfrutar de la vida animal en las lagunas de Villafafila.



Yo me quedé atrapa con el abandono; en cierta manera, gracias a la célebre frase del muerto, eso activó mi curiosidad, tanto que he llegado a saber que ya bien entrado el siglo XVI, este pueblo ya fue abandonado por sus vecinos. Años después, en 1682, se sabe que volvió a ser repoblado, tal como se puede leer en el Memorial del Consejo de Hacienda: “En 1665 se despobló del todo y sus vecinos se fueron a vivir a otros lugares y su iglesia quedó demolida y en 1681 habían ido a habitar la villa seis vecinos a instancias del Condestable de Castilla”. En Otero vuelven a instalarse vecinos; hasta se instaló un cura. Eran tiempos de pagos de diezmos y alcabalas; bueno, esto lo digo para esos que piensan que los impuestos son cosas del presente.

La ruina actual se comenzó a escribir el 21 de noviembre de 2003; aquel día se marchaba el último vecino del pueblo; lo hacía por razones de salud. Su marcha dejó al pueblo completamente solo ante aquellos que no conocen el significado de la palabra respeto. Fueron varios los irrespetuosos que llegaron a Otero para realizar actos vandálicos, rompiendo puertas y ventanas en busca de ¿¿?? También algunos encontraron en este emplazamiento el lugar perfecto para encuentros con litronas y mucho fantasmeo del tipo: “¿a qué no te atreves?”. Y claro que se atreven a destrozar.



Y ahora, mientras escribo, pienso en el destino de los cientos de pueblos que ven cómo su población envejecida se ve obligada a abandonar sus casas. No llegan los servicios y la población que habita la España rural también merece un mejor presente, aunque eso suponga la ruina de muchos Oteros. Y me quedo sin saber si hubo o no hubo muerto en aquella casa, pero lo que sí hubo fue vida en aquel pueblo, hoy silencioso.



lunes, 8 de diciembre de 2025

La ola

 

Surgió aquella inmensa ola; su fuerza le hacía alzarse sobre las montañas; era hermosa y a la vez amenazante.
De pronto alguien me preguntó:
"¿Me estás escuchando?".
Entonces di la espalda al cielo, ese que me había transportado al océano y respondí.

Seguir aprendiendo

 

Seguir aprendiendo

La curiosidad es mi mayor aliada para alcanzar plenitud y serenidad.
El saber mis propias limitaciones, el ser consciente de todo aquello que ignoro, de todo aquello que desconozco, me convierte en una persona que busca aprender, conocer, descubrir, VIVIR.
Mi ignorancia en arte, historia, humanidades, geografía, ... Es una invitación constante a la lectura.
Huyo de quienes todo lo saben.
Me alejo del que ya dio por terminado su aprendizaje.
Busco mi propio yo. Lucho sabiendo la limitación de mi propio calendario.
Y hoy, como muchos días, celebro que aprendí algo nuevo, por ejemplo:

Que el Quipus era un código secreto usado por los incas.
Era un conjunto de cuerdas y nudos; en él quedaban marcados datos de cosechas, impuestos, historia, ... En el territorio Tahuantinsuyu. Un territorio que ocupaba Ecuador, Colombia, Perú, algo de Bolivia, parte del territorio chileno y el norte de Argentina.
Quizás ese código fue el mismo que impidió a los incas buscar otros medios de transmitir conocimientos, como lo es la escritura.
Y me preguntó: "¿Quienes dominaban el sistema Quipus se sabrían dueños de todo el saber que les rodeaba?".
Es tanto el conocimiento a nuestro alcance, son tantos los libros por leer, es tan poco el tiempo que vivimos que lo mejor es intentar aprender y sonreír por cada nuevo conocimiento. Y sobre todo, lo más importante, no perder el tiempo con quien no lo merece.

Hoy, sigo recordando a Angustias.

 


En aquella calleja, oscura y solitaria, vi cómo se abría la puerta de un corral. Me quedé parada, mirando; me pudo la curiosidad. Salió una mujer y yo me retiré, salí del foco de una farola de luces amarillentas. Sentí que aquella mujer se acercaba hacia la esquina que me escondía, decidí presentarme y caminé dos pasos hacia el centro de la calleja y la vi.
Era una mujer vieja, apoyando el caminar sobre una garrota. De figura quijotesca, su vestimenta era oscura, salpicada de lo que yo creí, de forma equivocada, un medio luto. Sobre sus hombros una toquilla también de tonos negruzcos. Y sus piernas, tan delgadas como su cuerpo, lucían desnudas.
Saludé de lejos, anticipando mi presencia; ella levantó su mirada y tan solo dijo:
—Buenos días, joven.
Ya de cerca su cara, surcada por la experiencia, me transmitió serenidad. Apoyando sus dos manos sobre la cachaba, dejando descansar su espalda, que se empeñaba en seguir tumbada, me miró a los ojos y, sonriendo, sentenció:
—Aquí no hay nada que ver, ya ni puente sobre el río queda. Eso sí, siempre fuimos hospitalarios; deje que vaya a ver al marrano y, al volver, le preparo un café con pan "migaó".
—Le acompaño. —Afirmé yo con cierto entusiasmo. Miró mis pies y me preguntó burlona:
—¿Con ese calzado blanco?
Mientras sonreía, quité importancia a mancharme de barro y creerme; aquella caminata con Agustias me descubrió la vida de una mujer valiente.
Ya en su casa, una foto reafirmó lo que había pensado de vuelta de las cochiqueras.
—¿Esta es usted, Angustias?
Ella sonrió y asintió con su cabeza.
Entonces cogí la fotografía donde Angustias, joven, vestía pantalones color crema, mientras una de sus manos sujetaba un portalibros y con la otra sujetaba un cigarrillo. Sus ojos eran igual de vivos y su pelo a lo garçon, tan negro como el carbón. Me fijé en la fecha 1931; junto a ella leí París.
Me miró Angustias y me respondió a la pregunta que tan solo lanzaba la perplejidad de mi rostro:
—Sí, ahí tenía yo 18 años, ahora ya me acompañan 100.
El café con leche y pan "migaó" lo tomamos en un estudio, con centenares de títulos. Me fijé en un pasquín enmarcado. Mientras lo traducía, al leerlo, Angustias sentenció:
—En Mayo del 68 las profesoras también hicimos la revolución.
Hoy, dos años después, me acuerdo de Angustias, mientras pienso en esa juventud que anda anhelando dictaduras.

La reina doña Sancha de León y El Beato de Fernando I y doña Sancha

      La reina Sancha Alfónsez de León (1013–1067), conocida más como Sancha de León, fue fundadora de algunos monasterios, con ...