¡Malditos 15 pasos!
Ana Pose
El día había amanecido algo gris; el ambiente se podría definir de plomizo. Hilario sentía que algo le oprimía y no le dejaba respirar. Deseaba sentir una inhalación profunda, que pareciera que aspiraba aire suficiente para vivir el resto de sus días. Necesitaba sentir su pecho tan hinchado de aire que fuera la invitación perfecta para bucear la vida.
Pero no, apenas podía respirar de poco en poco, aceleradamente, como si sus pulmones estuvieran viviendo una etapa de agotamiento y con ella la lasitud se hubiera extendido por todo el cuerpo.
Como cada mañana, en los últimos meses, Hilario caminó los pocos pasos que separaban el dormitorio del cuarto de baño. Exactamente 15 pasos, que al recorrerlos se acompañaban con el crujir de la antigua madera que cubría el suelo. Cada mañana, esos 15 pasos le recordaban el cambio de vida. Ya en el baño, pensó que no estaba la mañana para duchas, si acaso, un lavado de cara. En esas estaba Hilario cuando su rostro se reflejó en el espejo, ya desplateado. Las ojeras, que le acompañaban desde joven, se habían extendido en los últimos días como una gotera bajo un grifo descuidadamente abierto. ¿Y su lengua? Su lengua no solo le sabía pastosa, la sentía como acorchada. Y allí estaba el que fuera el más apuesto reportero de guerra, sacándose la lengua a sí mismo y mirándose como si no se reconociera. Y se preguntó: «¿En qué momento me hice viejo?», para inmediatamente después volver a sacar la lengua y ladear su cara hacia un lado, hacia el otro, como si estuviese examinando un trozo de carne del que se desconfiase por el aspecto. Se decidió por fin a lavarse la cara, eso sí, con agua fría. La maldita grifería de aquella casona era de principios de siglo, pero del siglo XX. ¡Así era imposible templar el agua!
Volviendo a mirarse en el espejo, se puso la toalla sobre la cara, sin cubrir los ojos, como si ellos no necesitasen ser secados. Se sintió listo, porque su pelo ensortijado se peinaba solo. Entonces, bajó los escalones chivatos y caminó hacia la cocina. Fue derecho a abrir la nevera; mecánicamente sacó la última botella de leche que quedaba; al cogerla, necesitó examinarla con más detalle. Primero la sujetó en su mano derecha, como si estuviese adivinando su peso; después, como quien mira una piedra preciosa, la observó al trasluz. Finalmente, tras las comprobaciones, se dio por satisfecho. Quedaba leche para un café. Porque Hilario, que había desayunado en hoteles de medio mundo, que había probado una amplia variedad de desayunos, seguía prefiriendo recrearse en los sabores de su infancia, café con leche y pan migado. Con la misma parsimonia de cada mañana, cogió, de uno de los armarios altos, la lata del café. Rellenó con unos pocos granos el molinillo y lo puso a funcionar. El aroma que desprendía aquel café convertido en polvo le acompañó en el ritual de abrir la anticuada cafetera, la macchinetta. Ese fue el nombre que utilizó el vendedor en aquella tienda de Milán, donde la compró para el apartamento que había alquilado por unos meses en aquella ciudad italiana. Su primer hogar en el extranjero, de eso hacía muchos años. Cuando Hilario enroscó las dos partes de la cafetera, volvió a quedarse, una vez más, frente a sus ojos, aquella marca: Bialetti. Cuando eso pasaba, que era siempre, pensaba lo mismo: ¡Qué buen diseño! No falla nunca. Esta maldita marca siempre gana, como si fuese la mismísima banca.
Encendió el gas y colocó sobre él la cafetera. Se fue al salón en busca de sus gafas; quería leer la prensa. Estaba preocupado por los últimos acontecimientos. Y como siempre pasa, cuando uno cree que domina la situación, ¡zasca! La realidad golpea con sus propias razones, que suelen ser más contundentes que las nuestras. Al encender la tablet, comprobó que estaba sin batería. «¡Maldita sea!». Fue la frase que resonó en aquel salón, mientras la penumbra se desvanecía al mismo ritmo en que Hilario descorría las pesadas cortinas de los amplios ventanales. ¡Total! Para lo que hay que leer, pensó mientras, refunfuñando, desenchufaba el cable cargador que tenía enchufado junto a un anticuado buró. Al mismo tiempo, en la cocina, le reclamaba el resoplido de la cafetera. En ese momento se dijo: «Mira, parece que la Bialetti respira como yo, con prisas». Cuando se acercó a la cafetera, esta emitía su clásico borboteo, antes del suspiro final, ese que inundaba la cocina con un olor que le sabía a gloria. Cerró la tapa, que había abierto de forma mecánica y para cerciorarse de que el café estaba listo. Luego, vertió la leche en un cazo y lo colocó sobre el fuego. Allí se quedó, junto a la tradicional cocina de gas, a la espera, vigilando que esa mañana, como otras muchas, la leche no le desafiara. Porque eso hacía la leche: amenazar de forma traicionera, sin dar tiempo a una respuesta inmediata y entonces, entonces se desparramaba, reconvertida en espuma batida que tan solo tenía un objetivo, adherirse al quemador, como si se soldara. Luego, colocó la bandeja con el desayuno sobre una mesa de libro, de una formica que pareciera que acababa de salir del lugar donde fue fabricada. Mientras se sentaba, pensó en lo bien que se cuidaron las cosas en la casa familiar. Por fin estaba delante de su tazón de café con leche bien humeante; comenzó a migar el pan con la misma técnica que había visto hacer a su abuelo, despacio, sin desperdiciar ni una migaja. Después, hizo un alarde de contorsionismo para lograr enchufar el cargador de la tablet. Y mientras saboreaba cada cucharada de pan emborrachado en aquel café con leche, tan solo miraba por la ventana. Comenzó a ver caer los primeros copos de nieve, ligeros, como pavesas. Y regresó a su infancia en los días de nieve.
De pronto, allí quedó la tablet; ni tan siquiera la había encendido. Sobre ella, las gafas; a su lado, el tazón del desayuno vacío, todo formando un bodegón de decadencia, al menos eso pensó Hilario, que había decidido salir al jardín. Quería sentir aquellos ampos, desconocedores de su final; al tocar el suelo, ya solo serían olvido. Qué buena es la ignorancia a veces, nos hace sentir inmortales, pensó Hilario. Bien sabía él que lo que pensaba era verdad. Fue entonces cuando se encaminó al recibidor y cogió el plumas que estaba sobre un butacón, se lo puso sobre el inspirador jersey de andar por casa y se calzó las botas; en ese momento se dio cuenta de que llevaba el pantalón del pijama, pero no le importó. Al abrir la puerta, sintió el frío, también el silencio. El cielo parecía situarse más bajo, como si quisiera ayudar a que aquellos primerizos copos de nieve llegasen antes al suelo, que su final no fuese tan destructivo. De pronto, sacó sus manos de los bolsillos, las extendió con las palmas hacia arriba; quería sentir a esos copos suicidas. Por unos minutos dudó; finalmente tomó la decisión de volver a casa. El frío, mezclado con el aire que entraba en sus pulmones, le estaba atravesando.
De vuelta a casa, no dudó, fue derecho al salón y se sentó sobre un anticuado tajuelo. Se dispuso a encender la chimenea, aquella que cuando era niño le parecía gigantesca. Bien es verdad que era grande, pero en días como hoy era de agradecer que el hogar tuviese esas dimensiones. Claro que cuando su abuelo construyó aquella casa, los días de nieve eran muchos, los inviernos eran demasiado largos. Siempre le contó que había que hacer caminos entre las casas para poder transitar. La nieve podría llegar a los dos metros de altura. «¿Cuántos copos se necesitarían para conformar aquellos inmensos muros blancos?». Esto se lo preguntaba Hilario mientras intentaba prender el fuego. Intentaba, nunca mejor dicho. El mechero había decidido no encender. Y allí estaba, agitando con fuerza aquel maldito artilugio, como cuando de adolescente apuraba con su amigo Miguelillo algún mechero robado, al que ellos aún agotaban el poco gas que le quedara. Por fin, el mechero de cocina decidió escupir fuego, como si se tratase de un diminuto dragón de largo cuello plateado. Acercó la llama a un rollo de hojas sueltas, arrancadas todas de una antigua guía telefónica. Porque sí, hubo un tiempo en que todos los teléfonos de una ciudad o comarca se encontraban en aquellos volúmenes. Ahora, desde hacía unos días, Hilario había descubierto que eran un magnífico invento para encender aquella enorme chimenea. Allí quedó, sentado, inmóvil, atrapado ante el crepitar de las primeras astillas.
Fue a la cocina en busca de la tablet y sus gafas. De vuelta, se sentó en un sillón, frente al fuego. Ahora sí, se sintió preparado para leer algunos de los periódicos a los que estaba suscrito. Eso sí, se prometió que sería una lectura cómoda, sin alteraciones; al menor síntoma de estrés dejaría la prensa y retomaría la lectura del libro que tenía entre manos. Hilario últimamente estaba susceptible a todo lo que le rodeaba; su cardiólogo, un mes antes, le había aconsejado una vida tranquila. Allí estaba él, descubriendo la temida tranquilidad; esa que le alejaba de su vida, tal y como la había vivido los últimos 30 años. Sin un hogar, solo pensiones y hoteles. Con amigos repartidos por todo el planeta. Eso sí, siempre acompañado de su macchinetta.
Los titulares de uno de los periódicos ya le pusieron en alerta, le resultaron hasta ofensivos. Pensó que eran, simplemente, una falacia. Ya hacía tiempo que no colaboraba con ese medio que le había resultado tan alejado de la realidad, pero, al ser lunes, tan solo buscaba la columna de opinión de un destacado periodista, amigo suyo y compañero de guerras durante un tiempo. Una vez finalizada aquella lectura, abrió en su pantalla otro periódico y más de lo mismo. Titulares manipulados. Claro que Hilario ya lo sabía; ambos diarios pertenecían al mismo grupo de comunicación. Estaba claro, mejor dejar de lado la prensa y seguir con la lectura pendiente. En esas estaba, cuando de pronto se fijó en uno de los armarios del salón: tenía una puerta entreabierta. Le resultó raro; no estaba así la primera vez que entró en busca del cargador. Se percató de que era una caja, que le resultaba familiar, la causante de que la puerta no quedase bien cerrada. Se arrodilló junto a la caja y la abrió; allí estaban aquellas bolas, intactas: bolas rojas, doradas, azules, como diminutas lunas apagadas. Pasó los dedos sobre una mientras se preguntaba: «¿Cuánto tiempo llevan aquí? ¿Quince años? ¿Veinte?».
Colocó la caja sobre la inmensa mesa de nogal; en ella distribuyó las bolas, primero una, luego otra; de pronto, en la primera creyó ver un destello, una sombra que cruzaba detrás de él. No se giró. Tan solo pensó: No seas idiota, Hilario. Estás solo.
Entonces, un impulso le llevó hacia el altillo de la casa. Recordó que allí guardaba su madre un árbol de Navidad. Subió los escalones rápidamente, de dos en dos, como cuando era niño; ni cuenta se dio de su ahogamiento. Al encontrar el árbol, sintió un aluvión de sensaciones. Ya de vuelta al salón, extendió las ramas del viejo abeto, colgó una bola, otra... No recordaba en qué momento decidió colocarlas todas. Cuando levantó la vista, el árbol estaba completo, iluminado por una luz que no venía de ninguna lámpara.
Se quedó quieto, sintiendo su respiración acelerada. El ambiente navideño, los villancicos que cantaban en su familia, el olor al guiso de aquella cena especial, todos esos recuerdos le envolvieron, como si le acunasen.
No se asustó. Sonrió. No había prisa por entenderlo. Siguió sentado frente al árbol y miró cómo la luz temblaba, como si alguien respirara dentro de cada esfera. Afuera seguía nevando, como aquellos años de su infancia.
«¡Tantos viajes! ¡Tantos aeropuertos! Y nunca volví a casa por Navidad. He tardado demasiado en regresar», pensó. Y por primera vez en muchos años, no quiso estar en ninguna otra parte. Era Nochebuena y estaba en casa. Cerró los ojos; tan solo necesitaba dormir un poco.
Publicado en el Diario de Ávila el 28 de diciembre 2025


